De repente, una mañana, despiertas y ves que el mundo ha cambiado de cabo a rabo. O quizás ya había cambiado hace mucho tiempo, pero al menos tú no te has dado cuenta hasta hoy. La humanidad ha conseguido, al fin, despojarse de la capacidad de sentir. No existen ni la tristeza profunda y la alegría efervescente, tan solo derivados de las mismas, en forma tibia. Si miras a tu alrededor puedes observar la misma gama cromática de siempre, un abanico interminable de colores, que son todos el gris. Transcurren tus días con la más absoluta calma y tranquilidad, con mucha paz interior que solo se interrumpe de cuando en cuando por la angustia de saber que todo eso es mentira. Que algo cambió aquel día, y que desde entonces actuamos en una realidad paralela y descafeinada. Con una sangre perfectamente diseñada para que no padezcamos patologías letales antes de los ochenta. Ingeniada, igualmente, para que nada turbe nuestra quietud.

En ese mundo existen los sueños. Pero solo existen en lugares determinados. Más o menos como en este mismo. Acudes a un edificio destinado para tal fin, preguntas en la recepción qué habitáculo te toca y subes hasta allí. Abres la puerta, te tiras en la cama que ocupa todo el escaso espacio que ha sido destinado para ti, te pones el antifaz que garantiza que podrás soñar (pero no si será hermoso o una pesadilla), y te dispones a vivir dentro de una muerte. Si tienes suerte, y el tipo de sueño que te toca es agradable, de fondo sonará la música de Joanna Newsom. Unas melodías propias de cuentos de hadas para adultos. Con lo justo de magia naïve y muchísima ornamentación. Giros, resurrecciones, entramados exigentes y horizontes luminosos. Divers (Drag City, 2015) es su cuarto disco de estudio, encontrando en él los ingredientes ya comentados. Es decir, los de siempre. Los que la vienen haciendo grande desde su ya lejano The Milk-Eyed Mender (Drag City, 2004).

Joanna Newsom repite, también, en la autoproducción en solitario. Y le sale bien. Divers en una fábula tras otra. Sin molestas moralejas de superioridad moral. Simplemente, música hecha en un mundo que no es exactamente este, al que hay que entrar libre de las cadenas que nos aferran a la amplia gama de grises. Un trabajo riquísimo en lo melódico. Con una gama de instrumentos que se acerca a lo inabarcable, tiñendo el resultado final de ese tono amarillento que tienen las fotos de antaño. Arpas, sintetizadores, bases elegantes, clavicordios y todo lo que haga falta. El ingenio y el mundo interno de Newsom desde las iniciares ‘Anecdotes’ o ‘Sapokanikan’ (que había adelantado como primer single) es el de siempre. Cargadísimo pero lleno de orden y paz. Lleno de la energía desbordante de ‘Leaving the City’ y la intensidad de’Goose Eggs’ En una liga, ésta del folk, música de autor y avant-garde, que suma con Divers un nuevo elemento a un año de gran solvencia y dominancia claramente femenina.

Divers es, simplemente, otra muestra de la maestría de Newsom manejando los tempos de cualquier cosa que se proponga

Y dentro de ese cuento de hadas eterno que parece Divers, hay momentos muy mentirosos. Las tinieblas de ‘The Things I Say’ conquistan desde el otro lado, el más oscuro y misterioso, el que se aleja de la claridad y toque ingenuo habitual de las trabajadas composiciones de Newsom. Aunque todo ello es siempre escuchado como un discurso coherente. En todo momento. En sus versiones más domésticas y en aquellas más feroces. Divers es, simplemente, otra muestra de la maestría de Newsom manejando los tempos de cualquier cosa que se proponga. Con esa autosuficiencia que hace que muchos naveguemos entre la envidia y el odio. Casi deseando que, en algún momento, demuestre que es humana, que saque un disco horrendo y poder decirle que se venga de aquel mundo al que solo puedes llegar con el antifaz mágico.

8.5/10

Pero cuando quieres empezar a odiarla, llega lo mejor. La angustiosa intensidad de ‘A Pin-Light Bent’, creciendo invisiblemente desde la desnudez. Seguramente la canción más cercana a la trivialidad de Newsom en este disco, pero hasta la trivialidad le sale enorme. Tan enorme (bueno, no tanto) como ‘Time, as a Symptom’, el último corte de Divers. Piano y voz. Algún coro y pájaros al fondo. También ganando en capas con el paso del minutaje, hasta convertirse en una auténtica obra maestra. Una enormidad como he escuchado muy pocas este año. Divers no es el disco que eleva a Joanna Newsom a los altares, porque en ellos parecía que ya se había instalado para siempre. Pero sí otra muestra más de que estamos ante una de esas artistas que va mucho más allá de un momento puntual de inspiración.

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