En España existe un grupo de músicos con espíritu de perdedores o de malditos, pero entre todos ellos, el que quizá tenga una menor comunidad detrás sea la de José Ignacio Lapido. Tanto Nacho Vegas a un lado, como Quique González al otro, tienen una fiel parroquia detrás. Y quizá sea la de esta última la que más cercana podría estar a la de Lapido, pero su liga parece que es la de un eterno secundario, vagando con otros compañeros como Hendrik Rover. No obstante, la poca repercusión que alcanzan sus lanzamientos no desmoraliza al granadino, que, ambiciosamente, cuenta para este álbum con su alumno más aventajado (el propio Quique), y con la colaboración de dos de las grandes voces de este país: Miguel Ríos y Eva Amaral.

Vaya por delante que es un disco compensado, en el que tanto la faceta más íntima como la más rockera del compositor tienen cabida, pero quizá es esta última la que alcanza cotas más brillantes, no en virtud de su instrumentación, sino en la cohesión de los temas. Por ejemplo, ‘Algo falla’ o ‘Lo creas o no’ son unas buenas muestras de rock, al igual que la sobresaliente ‘Sueños que dejamos ir’.

http://www.youtube.com/v/cIsOmgsQ31E?fs=1&hl=es_ES

Igualmente magistral resulta ‘La hora de los lamentos’, mano a mano con Miguel Ríos, que resulta una colaboración de lo más acertada, así como el dueto con Eva Amaral de ‘Doble salto mortal’, que aportan su personalidad en unos temas que, de otra manera, se ahogarían entre la linealidad del álbum, que resulta homogéneo (en el buen y en el mal sentido de la palabra). La colaboración con Quique González (‘En medio de ningún lado’), aunque no alcance un resultado tan destacado como el de los otros temas, tiene más de simbólico, de respeto mutuo, de pacto intergeneracional. Y bueno, también instrumentalmente colabora Juan Aguirre (Amaral) en ‘Cansado’, pero su guitarra no destaca (ni, ojo, desentona) en la estupenda banda de acompañamiento del granadino.

No obstante, hay otras canciones en las que la repetición de la fórmula, o lo común de los patrones, o, simplemente, la menor inspiración frente a anteriores entregas acaban por lastrar un disco en el que da la impresión de que hay momentos en los que se va a piñón fijo, como, por ejemplo, en ‘Olvidé de decirte que te quiero’ o ‘Paredes invisibles’.

La madurez de uno de los compositores con más pedigrí del rock nacional ha supuesto que José Ignacio Lapido domine, casi como único vehículo de expresión, los medios tiempos, con deudas del blues y con mucho aroma a los singer-songwriters americanos como, yo que sé, Ron Sexsmith. Mantiene su cota de grandes canciones por álbum, y no hallo ningún tropiezo importante en su currículum, pero también se interpreta cierta previsibilidad que acaba por frustrar un álbum decente, pero que palidece ante el superior ‘Cartografía’ (2008).

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