Hace poco menos de un año que se reeditó el primer disco en solitario de Kevin Ayers (componente de los míticos Soft Machine), pero no ha sido hasta hace poco cuando he tenido la posibilidad de hacerme con él. A priori, la reedición es raquítica y poco atractiva para los que ya tengan el disco: apenas unas cuantas notas explicativas y ninguna canción extra, ni siquiera demos o ensayos en el estudio.

Y es una lástima, porque hubiera sido agradable comprobar cómo se forjó el sonido de un disco merecedor de mucho más prestigio del que la prensa musical de todo el mundo le ha dispensado. Kevin Ayers ha sido tratado siempre como el músico loco que derrocha su talento en discos mediocres y, aunque gran parte de su carrera vaya de eso, lo cierto es que sus cumbres brillan tan altas como las de otros que sí han tenido el reconocimiento de los medios especializados.

Joy of a Toy no es sólo un debut glorioso, sino puede que también el único momento en el que Ayers se decide a jugar con el pop. The Soft Machine hacían otra cosa y a lo largo de su carrera en solitario, Ayers casi siempre ha adoptado una pose mucho más seria, más trascendente, más artística o más vaga. Joy of a Toy, sin embargo, es un juego gozoso, un disco romántico, optimista y amable, donde Ayers crea su propia función de vodevil británico, como un reverso progresivo del mejor Ray Davies.

No hay más fijarse en el primer corte del album, ese Joy of a Toy Continued creado por una orquestina de kiosco callejero, con coros verbeneros (si es que existen las verbenas de pueblo en Gran Bretaña) y un optimismo desaforado. Como apertura al disco, como definición del mismo, no existe mejor canción.

Joy of a Toy es un disco de exhuberante psicodelia, justo antes de transformarse en rock progresivo. Como las obras de Barret, el debut de Ayers posee el encanto de los sueños de la infancia. En sus canciones, las galletas se comen a las niñas y no al revés. La calidez de los arreglos de Town Feeling, no tan lejos de las soluciones adoptados por Love para el Forever Changes, invitan a pasarse el verano jugando en la calle. Es la misma sensaación melancólica de la fabulosa Girl on a Swing, donde un mellotron, un piano acústico y un Ayers espléndido doblándose a las voces crean una de las canciones más perturbadoras de los 60.

Todo en Joy of a Toy es tan intrincado en teoría como sencillo en la práctica. No hay más que escuchar el fondo instrumental (lounge, le llamarían ahora) de Song For Insane Times, una de las canciones que más ha debido afectar a la mente de Gruff Rhys, líder de Super Furry Animals. O los acelerones rítmicos imitando a un tren de Stop This Train, saboteados por instrumentos de lo más diverso. O The Lady Rachel, con Kevin dando sopas con honda a cualquier cantautor de finales de los años 60. ¿A cualquiera? Pues sí, incluso a un Dylan al que no tiene reparo en citar en la armónica de la bellísima All This Crazy Gift of Time.

Recuerdo haber leído que, en este disco, Ayers era una mezcla entre Barret, Cohen y Nico. Y no puedo imaginarme mejores halagos. Pero tengo claro que, más allá de a lo que suene, lo que este disco te da es ganas de vivir, algo de lo que hoy, por desgracia, solemos andar necesitados. Cada vez que te preguntes por qué, déjalo en manos de Kevin:

Don’t be sad and down/Take another look around/Maybe what you’ve lost you’ve found”

Un disco de obligada escucha. Una gozada para los sentidos.

(Pd: Ahora, Ayers acaba de editar su primer disco en quince años y dicen amigos fiables que vuelve por sus mejores fueros. Habrá que echarle un oído, justo después de termianr de comprender todo el Comicopera de Robert Wyatt, compañero en The Soft Machine y batería en Joy of a Toy.)

Sitio oficial |Kevin Ayers

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