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Kurt Vile and the Violators en directo en Madrid (Sala Penélope, 25–08–2014)

Ah, el momento acústico. Según el caso, puede ser el momento para la lagrimilla, para el lucimiento personal de quien está subido al escenario, para intentar pillar cacho o, si uno está en un concierto de Depeche Mode, para aprovechar para ir al baño e ir a comer mientras Martin Gore repasa tres o cuatro horrores. Quizá menos a menudo es el momento en que todo hace clic, encajan por fin determinados elementos que hasta entonces venían chirriando y todo empieza a fluir de manera más orgánica. Algo así ocurrió anoche cuando Kurt Vile rompió su concierto, echó a su banda del escenario y se quedó a solas con su guitarra acústica interpretando la bellísima ‘Too Hard’.

Porque en directo Vile sale acompañado de su formación más o menos estable The Violators, que forman los multiinstrumentistas (cómo viste siempre esa palabra) Jesse Trbovich y Rob Laakso y el batería Kyle Spence, y el formato banda de rock no siempre le sienta necesariamente bien a sus canciones. El concierto, por ejemplo, tuvo un improbable comienzo con el todavía más improbable single ‘Wakin’ on a Pretty Day’ (recuerden: nueve minutos y 31 segundos) y esa interpretación, que sí le sienta de maravilla a cortes más eléctricos como ‘KV Crimes’, hizo que (como ocurrió con alguna otra canción a lo largo del repertorio) perdiera muchas de las cosas que hacen especiales a Wakin on a Pretty Daze, ese toque casero, de andar por casa, casi de pereza como decía Álex en su crítica, que inevitablemente queda desvirtuado, inencontrable, debajo de alguna capa sonora de más.

Llegó entonces aquel momento y, de alguna manera, todas las dudas quedaron resueltas de golpe. Los Violators fueron regresando progresivamente al escenario e incluso cuando la banda volvió a entregarse al capa sobre capa (hasta el final del tiempo reglamentario con esa ‘Hunchback’ al límite) pareció que todo funcionaba mucho mejor. Kurt y su pelazo (esta vez sin el chándal de las grandes ocasiones) sufrieron como todos en la sauna-infierno de la Penélope y su actitud entre tímida y amable, que quizá no acabe de vestir del todo bien en un gran escenario pero sí es perfecta para lograr una conexión con el público en salas de este tamaño.

Vile se centró en sus dos últimos trabajos (lógico, considerando el salto de popularidad y de calidad que supuso Smoke Ring for My Halo), pero tampoco se olvidó de Childish Prodigy y supo encauzar las reticencias de los desconfiados que, como yo, empezaron la noche levantando la ceja. La cosa no llegó a la hora y media y, como siempre en estos casos, no faltaron comentarios a la salida que lo acusaban de haber resultado demasiado corto; será la edad o el déficit de atención, pero yo cada vez agradezco más que los artistas vayan al grano y estoy más convencido de que en 80 minutos uno puede lucirse y dejar satisfecho al público sin demasiados problemas.

Dejemos constancia también, por cierto, de que abrió la velada Mick Turner, guitarrista de los Dirty Three que el año pasado lanzó en medio de una cierta indiferencia el apreciable Don’t Tell the Driver. En formato dúo (acompañado de un batería) y ante la atenta de mirada del propio Vile espatarrado en un sofá de la sala, sacó brillo a una propuesta instrumental digamos paisajística pero que rehuye la tentación del post-rock. La disfrutamos sin pasión pero con interés. Se puede dar por satisfecho el australiano: lo bueno, a fin de cuentas, venía después.

Kurt Vile en Hipersónica

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