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La (no necesariamente) vergonzosa mixtape de mi adolescencia

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Los años en los que no te soportas ni a ti mismo. En la que absolutamente todo a tu alrededor parece estar contra ti, contra lo que quieres ser, contra lo que te apetece hacer. Esos primeros momentos de consciencia colectiva que se terminan convirtiendo en vergonzosos recuerdos de los que tomar buena nota o en material para la mochila de lo que te gusta repasar con el paso del tiempo. Pero si hay algo que todos tienen en común son la banda sonora, el hilo musical en el que refugiarse, la canción que gritas en tu habitación o la que escuchas en tu primera borrachera.

El R&B del otro lado

Internet abrió todo un mundo más allá de los Alejandros Sanz patrios que me aburrían soberanamente, y más allá del horizonte lo que había era R&B. Grandes hembras del estilo más comercial que se colaron en el Audiogalaxy sin remisión. Hay de todo, muertas prematuras, girl-bands desbandadas, alguna que otra que decayó con el tiempo sin llegar a más.

Aaliyah fue, con diferencia, la gran reina del momento. Sin que todavía le hubiera alcanzado la tragedia, y con tres discos a sus espaldas, ‘We Need a Resolution’ encabezó ese subgénero tan propio del R&B comercial del momento: el del reproche, las relaciones incomprendidas, las razones escondidas bajo la mesa. ¿Y qué adolescente no es adicto al drama?

Un año antes, otra de las que florecieron en los albores del nuevo siglo me convirtió en acólita de uno de las épocas doradas del género. Mya se sacaba de la manga en ‘Best Of Me’ toda una oda a lo que no se debe hacer por mucho que se quiera. A los dieciséis, nada que no te suene.

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Sean Paul aterrizaba en mi MP3 por primera vez en 2002, casi a la vez que la universidad me abría las puertas a frustraciones, noches en vela y los últimos brotes acnéicos. Con la recauchutadísima Blu Cantrell, aficionada a ponerse más filtros en los vídeos que Sarita Montiel, ‘Breathe’ era ese consejo que nunca escuchas, ese “levanta el pie del acelerador antes de que te estrelles”.

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El lado reivindicativo lo ponía la exuberante Kelis, esa hembra de bandera capaz de echar en cara en ‘Caught Out There’ a quien se la pusiera por delante la escasa hombría de quien tuviera los redaños suficientes como para engañarla. Y encima ser pillado in fraganti, mintiendo como un auténtico desgraciado. Una lección que tarde o temprano muchas tenemos que aprender. Y qué grande fue aquel ‘Trick Me’ de pocos años después.

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Las niñas buenas

O al menos eso parecía la hornada de girl-bands que salieron de Inglaterra en aquellos años. En una ciudad pequeña, era prácticamente imposible escuchar nada que no fuera Elvis Crespo y compañía cada vez que salías a tomar una birra — o dos. O tres.

Con una formación que se movió más que un garbanzo en la boca de un viejo, Sugababes tuvieron su mejor momento en su debut. Los cambios las alejaron de la originalidad que tenían al principio, casi indie; sin embargo no puedo dejar de quedarme con ‘Stronger’, a pesar de que la pelirroja de nombre impronunciable ya se había dado el piro.

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Pocos fans de Red Hot Chili Peppers les perdonaron a All Saints su propia interpretación de ‘Under The Bridge’. Diré en su defensa que nunca me ha parecido de lo peor que se ha hecho con un original. Pero en el 2000, tras asomar la patita con ‘Never Ever’, que creo que todavía reconoceréis a la primera más de uno aun a vuestro pesar, llegaron con ‘Black Coffee’. Una anticipación de la rutina que entonces parecía lo único constante de lo que huir. El puente me sigue pareciendo maravilloso.

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Del frío, aunque continental, llegaron a mis años de fosfatina granulada The Cardigans. todas habíamos visto ‘Romeo y Julieta’, pero recuerdo que el CD de la banda sonora no tardó en colarse en mi estantería, infinitamente mejor que la patraña de la película. Y allí aparecieron grupos que nunca me han abandonado del todo. Aunque me quedo con ‘My Favourite Game’, del discazo Gran Turismo.

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Inglaterra seguía produciendo bandas sonoras para mis decepciones, desengaños, traspiés y suspensos a todos los niveles. Texas llevaban dando la vara desde 1989, pero no llegaron a mis oídos hasta el 97, con su White On Blonde, y su ya inconfundible ‘Say What You Want’.

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El lado más ácido de todo lo puso Skunk Anansie y la divina Skin, con su ‘Hedonism’, todo un himno a las equivocaciones más egoístas de nuestras vidas, a los dolores de cabeza por querer lo que no se debe y a los reencuentros incómodos que prevés en el futuro.

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Kemopetrol aterrizaron en mi vida en el equivalente a la mixtape de los ochenta, un CD grabado que tituló “Pop Electrónico”. Con el paso de los años el disco se volvió amarillo, como todo lo que acompañó durante un par de meses, y ya no se escucha. Pero todavía recuerdo un fado, un tema de A Perfect Circle y este ‘Child Is My Name’.

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La muy necesaria educación musical

Todos tenemos un colega que nos pasa canciones. O que nos recomienda discos. No el típico varas al que no haces ni puto caso, sino a alguien que de vez en cuando, te desliza una joya por debajo de la puerta, o te dedica un tema en la radio mientras tú estás en clase.

Semisonic formó parte de mi educación sentimental-musical. Como podréis ver por mis artículos, ni la una ni la otra ha terminado resultado demasiado lucida, pero al menos siempre me quedará esta ‘Secret Smile’. Eran momentos en los que lo único que esperas es que alguien te diga eso, que te entiende y que sabe cómo eres, tras toda la fachada, muros, llanas y demás capas.

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Otro de los discos que, por recomendación externa, terminaron en mi pequeña y cuidada colección fue Bury The Hatchet, de The Cranberries. Aunque he de confesar que, a pesar de que ‘Promises’, por sí misma, siempre me pareció una maravilla, el vídeo que la acompañó me dejó aún más poso. Y eso que es cutre.

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Y por último — una salió tarde de la adolescencia -, Everlast aterrizaba con ‘White Trash Beautiful’. De los que te tocaban la fibra sensible.

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Es imposible dejados aquí todas las canciones que recuerdo, que todavía escucho con más frecuencia de la que me atrevo a confesar. Fuera se han quedado No Doubt, Matchbox Twenty, Counting Crows, Destiny’s Child, Suede… Tantos que, quién sabe, quizá vuelva a repasarlos cuando os hayáis olvidado de éstos.

 

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