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Ladyhawke ha tirado del baúl de las influencias a la hora de crear su segundo álbum, Anxiety. Pero por suerte para todos aquellos que se acerquen a él, los ochenta quedan muy lejos, a diferencia de lo que se está haciendo hoy en gran parte del panorama musical, incluso en el independiente. Se ha ido diez años más allá, ha encontrado el pop-rock femenino de mujeres como Sheryl Crow — con la que el parecido a muchos niveles es innegable -, Nina Persson, Mazzy Star y, de manera más lejana pero aún así latente, Alanis.

Una nueva historia, un nuevo sonido

No podemos decir que Ladyhawke se haya desviado 180 grados de su debut, pero sí es cierto que atrás ha quedado una buena parte del uso del sintetizador y del recurso al power-pop que sí eran la tónica de su primer disco. Ahora, el sonido se ha vuelto más directo, más próximo al rock de los noventa, soportado por guitarras eléctricas que rugen cuando deben y una base rítmica que no levanta el pie del acelerador en casi ningún momento del tracklist.

Tenemos así una pieza apretada, sin un instante de descanso que juega a favor del no pararse a pensar, del disfrute hedonista sin más. Pero son necesarios momentos de intensidad contenida, de apearse y aflojar el paso, de contar la historia con otro punto de vista que equilibre todo el asunto.

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Quizá no sea así debido al propio título del disco, Anxiety. La propia Pip Brown cuenta que este disco está impulsado por el estrés y el agobio que supone volver a sentarse a componer tras haber pasado dos años de gira. Para la mayoría de los músicos, ésos son los mejores meses, los de cercanía a su público, los de contagiarse de la emoción al otro lado del escenario. Pero cuando esto concluye y tienes que volver al estudio a seguir produciendo, puede ser que las musas no decidan sentarse contigo.

Brown no esperó a que llegara la inspiración. Tomó sus propias sensaciones y sentimientos y los colocó en forma de canciones en un tracklist cohesivo, difícil de desgranar canción a canción, como una trama de urdimbre difícilmente comprensible sin los hilos de la fila anterior.

Los momentos brillantes llegan y despuntan como hitos a tener en cuenta. Uno de los mejores llega inesperadamente según se abre el tracklist, en la segunda posición. ‘Sunday Drive’ es el buque insignia de Anxiety, el corte que mejor representa la línea del disco y ya ha sido elegido — sabiamente — como segundo single del trabajo.

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Los sesenta y el pop de la época también está presente como una sombra alargada pero no completamente opaca. Los mejores cortes, como éste que os acabo de mencionar y otros como ‘Black White & Blue’ o ‘The Quick & The Dead’ transpiran el sonido de la época en forma de panderetas ocasionales y, sobre todo, bases rítmicas que llevan repitiéndose y funcionando los últimos cincuenta años.

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Pequeños fuegos artificiales

En un disco como éste no esperas que haya grandes explosiones. Sí buscas un hilo conductor, buscas otras cosas muy diferentes a las que persigues cuando escuchas cualquier trabajo más comercial, eso es obvio. En este sentido, Ladyhawke consigue sus objetivos.

Cuenta sus miedos, sus historias — tiene síndrome de Asperger — y sus miedos. Sin embargo, lo hace afrontándolos. No hay baladas de lamentación, ni momentos de lágrima contenida. La emoción llega por otro lado, llega por la empatía, por la capacidad que tiene de subirte a su tren.

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La comparación con ‘Thelma & Louise’ quizá no tenga una justificación racional; su explicación se encuentra más en el campo de las sensaciones, de la época, de lo que transmite Anxiety desde el punto de vista más directo, de su sonido más liberado.

Aún así, Anxiety es un trabajo de transición, de búsqueda, una solución a un problema puntual. No podemos asegurar a ciencia cierta que éste sea el nuevo estilo de Ladyhawke, que haya dejado el pop más próximo al synthpop de su anterior disco. A pesar de lo directo que es, de la frontalidad que tiene, por momentos le falta decisión, y no tenemos un matrimonio en lo que a compromiso se refiere con esta nueva apuesta; posiblemente se quede en un coqueteo.

Ladyhawke ha salido victoriosa de esa difícil lidia que es el segundo álbum. No se ha vendido a un estilo más comercial buscando un mayor rédito que el de su primer disco, y no ha dado un giro de 180 grados que la haya vuelto irreconocible. Ha compuesto un trabajo sincero, juvenil, liberado y narrativo que te lleva de la mano.

 

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