La brutalidad nunca estuvo reñida con la belleza. Al contrario, muchas veces se han dado de la mano, con magníficos resultados en varias ocasiones. No hay nada raro en realizar un despliegue tremebundo y atronador que a la vez suene hermoso, cautivador y arrebatador. No todo es blanco y negro, porque incluso en el retrato más deformado y retorcido puede haber pureza de igual manera que detrás de una cara a la vista inocente y risueña se puede esconder la más aterradora de las maldades.

Me suelen fascinar esa clase de grupos que llegan a la belleza mediante la vía contraria. Las moñeces y las pinceladas suaves y tenues para otros porque este tipo de bandas quieren llegar mediante un armageddon sonoro de alto calibre que abrume y a la vez atrape irremediablemente. Grupos paradigma de esta especie de concepto sonoro que etiquetaríamos como “caricias que duelen” hay varios. Del año pasado se me ocurren por ejemplo los neorleanos Thou, pero me gustaría remontarme unos años más atrás para rescatar uno de los discos más maravillosos salidos en la última década sacado por The Angelic Process.

Concretamente quisiera hablar del que fue su canto de cisne y, probablemente, su mejor obra de las tres que llegaron a crear juntos Kris Angylus y Monica Henson antes de la muerte del primero casi un año después de sacar el disco. Desgraciadamente por dicho motivo nunca veremos continuación para un disco magnífico como Weighing Souls with Sand (Profound Lore, 2007), pero sin duda como cierre, y también resumen, no tiene precio para una discografía corta pero fascinante.

En pocos discos encontraréis una conjunción tan extraordinaria y sublime como la que hicieron The Angelic Process aquí entre la belleza y la brutalidad

En pocos discos encontraréis una conjunción tan extraordinaria y sublime como la que hicieron The Angelic Process aquí entre la belleza y la brutalidad. Un poderoso y estruendoso Drone Metal vertebra unas composiciones embellecidas por el toque que aporta el Shoegaze del que también beben y consiguen revitalizar. Quizá este disco junto a la obra de Have a Nice Life hayan supuesto más para dicho género que todos esos clones de My Bloody Valentine que han salido a lo largo de estas décadas, y eso que ambos grupos están muy alejados de lo que sería un concepción pura y modélica de dicho género.

Aquí no destacan piezas en solitario o un determinado elemento porque todo se ensambla en un conjunto que envuelva y sacuda emocionalmente al oyente. Todo resulta abrumador, denso y desgarrador, pero también embelesador, arrebatador, extasiante y precioso. Por poner un simil visual, sería como estar siendo ahogado bajo el agua mientras se observa en el cielo un estupendo atardecer que tiñe toda la bóveda celeste y deslumbra nuestras retinas mientras sufrimos nuestro trágico final.

Todo resulta abrumador, denso y desgarrador, pero también embelesador, arrebatador, extasiante y precioso

Verdaderamente estamos ante un disco en el que la gran cantidad de palabras que componen nuestro diccionario se quedan cortas para describir tan magna belleza. Uno no solo escucha este disco, sino que se queda obnubilado y está obligado a contemplarlo e interiorizarlo, dejando que la inmensidad de sus guitarras o la armónica fuerza de sus voces se calen en tu interior y estimulen cada fibra nerviosa de tu cuerpo. Cada detalle es un plus que da más brillo a esta obra, similar al pintor que sólo da pinceladas que sumen al conjunto del cuadro.

En casi una hora de disco vemos a unos The Angellic Process que no dan punzada sin hilo y que cada canción resulta tan hermosamente poderosa como la anterior. Sacar una canción en concreto resulta difícil, pero de ser necesario probablemente tiraría del dorado hilo de ‘Million Year Summer’, uno de los temas más cortos pero de los que más virtudes reúne por no hablar de que es un magnífico ejemplo de lo que es el disco.

8.9/10

Pero la cosa no se queda ahí. Encontramos más maravillas como una ‘The Resonance of Goodbye’ que nos hace pensar en unos Agalloch bañados en Shoegaze, un corte preñado de guitarras inmensas como ‘We All Die Laughing’, la solemnidad de ‘Dying in A-Minor’, el impacto que produce el tema que da título al disco o la potencia salida de las entrañas que recrudece a ‘Burning in the Undertow of God’. Estamos ante un imprescindible de nuestro tiempo, un tratado para bandas venideras de Shoegaze para que vean que el género aún puede tener algo interesante que decir y, además, un álbum espléndido que debería tener aún más reverencias y repercusión de los que ahora posee.

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