“London 2012” src=”http://img.hipersonica.com/2012/07/Londres 2012.jpg” class=”centro” />Si bien es cierto que, por línea general, los ingleses son particularmente odiosos, hay ocasiones en las que resulta inevitable rendirse ante la evidencia. No hay una nación como Gran Bretaña que comprenda la importancia de la cultura pop. Ellos la alumbraron y ellos la guardan en una vitrina de diamante, a la misma altura que otros grandes referentes artísticos mucho más clásicos. En manos de Danny Boyle, cabía esperar referencias más que veladas a la historia de la música pop británica durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres. Y no defraudó.

El pop: una cuestión cultural

Siempre me he preguntado por qué en los medios de comunicación españoles la música pop (entendida como contemporánea en todas sus variantes, desde el hip hop hasta el metal pasando por el pop mismo) tiene un carácter residual. Las páginas de cultura se engalanan ante los grandes festivales de cine y les otorgan un tratamiento exquisito. Sucede algo parecido con el teatro, la arquitectura, la pintura o cualquier otra forma de expresión artística. Las crónicas se trazan desde el academicismo, dando a entender que son creaciones realmente relevantes.

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La música, por el contrario, aparece vestida con el traje de la informalidad. Esto no es malo, puesto que nunca en la historia una creación artística fue capaz de conectar con el corazón de la gente como el pop. Pero al mismo tiempo relega su tratamiento, su importancia como producto cultural, a un segundo plano. La música no importa. Es secundaria. No es trascendente. Y sin embargo lo es, aunque no por ello deba ser menos divertida. Es algo que los ingleses comprenden perfectamente y que mantiene viva su escena mientras que, en España, languidece ante la pasividad social.

De ahí que ayer Boyle se permitiera el lujo de adornar toda una ceremonia inaugural de unos Juegos Olímpicos, tan pomposos y pretenciosos, con Fuck Buttons, Inspiral Carpets o The Kinks. Es una cuestión cultural. El público lo esperaba. Lo deseaba. Comprende la necesidad del pop dentro de la sociedad. Imaginar algo semejante en España es imposible. Se tildaría al director en cuestión de frívolo, de no comprender la exigencia del público, de no estar a la altura de las circunstancias. Por eso, por el momento, jamás podremos realizar un espectáculo tan bello, tan fantástico y tan cercano como el que Londres presentó al mundo anoche.

Todos los nombres que importan

Aquí podéis encontrar el listado de todas las canciones que el realizador británico utilizó en la ceremonia. Es una selección de corte popular y clásico. Pero es la correcta. Todos esos nombres que pueden parecer tan evidentes tenían que aparecer. Son patrimonio de la historia cultural británica y mundial. Y les dieron lustre y presencia durante varios minutos, en una escenificación acompadasa por un medley que nos llevó desde The Jam hasta New Order, pasando por los inevitables Muse.

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La ceremonia quedó dividida en varias escenas. La primera mostró la evolución de la sociedad británica medieval, agricultores y ganaderos en la campiña, hasta la industrial-burgués. Hubo Mike Oldfield y hubo Vangelis. Nada más allá de lo paranormal, con actuaciones más o menos graciosas y coreografías a lo grande. Un recorrido lineal en el que hubo espacio para la simbología británica: la monarquía, la lucha de las sufragistas, la burguesía decimonónica, el sistema nacional de salud y la BBC. Sólo faltó la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial.

Fue a partir del segundo acto, poco antes de que comenzaran a desfilar los equipos olímpicos de cada nación, cuando una enorme coreografía en pleno estadio rindió tributo al siglo XX y a sus productos culturales, seguramente los más universales de todos los tiempos. A mí me falla el eje cronológico del artículo del Telegraph porque yo juraría que mi radar de “esto comienza a molar” se activó cuando escuché ‘Going Underground’, acaso la canción más enigmática y adictiva que Paul Weller ha compuesto jamás en cualquiera de sus reencarnaciones.

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De ahí mi memoria salta directamente a ‘My Generation’, de The Who, y en adelante todo es un festival de buenas canciones y momentos gloriosos. Incluidos los Rolling Stones con algo tan previsible y manido como ‘Satisfaction’. También los Kinks, en otro de los mini-momentos de la ceremonia, al ritmo de ‘All Day and All of the Night’. Sigo tirando de memoria: acto seguido se encadenó con ‘She Loves You’. Duró poco porque los Beatles, paragidma de la cultura pop, ya habían tenido presencia en un pequeño desfile con los trajes del Sgt. Pepper’s Lonely Club Hearts Band.

Al parecer también hubo espacio para Led Zeppelin, aunque yo no lo escuché. La aproximación al presente fue cronológica, más o menos: ‘A Message to Rudy’ de The Specials (y aquí recuerdo pensar que aquello ya estaba siendo muy grande), ‘Starman’ de Bowie, ‘Bohemian Rapsody’ de Queen y la eclosión del punk. De repente unos peluches punk gigantes saltaron al campo y se pusieron a dar botes al ritmo de ‘Pretty Vacant’, de los Sex Pistols, en la prueba definitiva de que el punk está muerto y de que los británicos son verdaderamente grandes.

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Boyle quiso bromear levemente y, creo recordar, puso los primeros acordes de ‘God Save The Queen’ antes de cortar y pinchar ‘Pretty Vacant’. Los ingleses respetan a todos sus símbolos por igual. Fue lo mismo, el momento supo a gloria bendita. También el momento ‘Blue Monday’ de New Order y la aparición estelar de esa panda adorable de drogadictos llamada Happy Mondays, justo antes de encarar la recta final con The Verve, Eurythmics, Prodigy, Born Slippy y Blur (con ‘Song 2’, seguramente su peor canción).

La noche que todos quisimos ser héroes

A partir de ahí, el desfile de los atletas. A estas alturas ya habían aparecido prácticamente todos los nombres que importan. Durante el paseo de los equipos olímpicos la banda sonora también repasó la historia del pop británica: U2, Oasis, Radiohead, Coldplay, Fuck Buttons y un montón de nombres que ya no recuerdo, porque Boyle consiguió epatar. Fue un acompañamiento espléndido del que no podríamos encontrar paralelismos en cualquier otra ceremonia inaugural.

Tres momentos durante la recta final. El primero de ellos, la actuación de Arctic Monkeys. Podrán gustar más (mi caso) o menos, pero son la sensación del momento en Gran Bretaña. La nueva banda para las masas. Decisión acertada, hit al canto (‘I Bet You Look Good on The Dancefloor’) y versión de los Beatles (‘Come Togheter’, relativamente bien tocada) mientras centenares de pájaros en bicicleta salían por todas partes.

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Momento dos: tras el desfile de todos y cada uno de los países que participan en los Juegos Olímpicos 2012 sólo restaba el equipo de Gran Bretaña. Y para la ocasión Boyle había reservado la gloria. El abanderado británico saltó al campo entre miles de confetis plateados y los acordes para la historia, inolvidables, épicos y fabulosos de ‘Heroes’. Escuchar una de las mejores canciones de Bowie en ese preciso instante hizo que todos nos sintiéramos héroes por un segundo. Que todos quisiéramos ser ellos mientras Boyle intercalaba imágenes histórica de los Juegos Olímpicos. Fue impresionante.

Momento tres, apoteosis definitiva: se enciende el precioso pebetero-múltiple y una toma aérea nos muestra el entorno del estadio olímpico entre fuegos artificiales saliendo de todas partes. En primer plano, en otro instante maravilloso, ‘Eclipse’, de Pink Floyd, los, hasta el momento, grandes ausentes de la ceremonia. Aparecieron y lo hicieron de una forma inolvidable. Toda la magia y la épica de los Juegos Olímpicos, toda la grandilocuencia de la ceremonia quedó resumida y engarzada por la antorcha olímpica mecida por Pink Floyd.

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Un día después no logro imaginar un final mejor para la ceremonia, ni una selección de canciones más acertada. Londres se vistió de gala para el mundo entero y sus atributos fueron el punk, el hard rock y el rock progresivo. Por eso, a veces, cuesta odiar a los británicos. Ellos se empeñan pero de repente se plantan ante los ojos del mundo y reivindican lo que nadie más se atreve a reivindicar: la cultura pop. Todo lo que amamos y de los que ellos parecen ser los únicos guardianes. Por eso: gracias.

Imagen | London 2012, sitio oficial

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