Las velas al amor marchito de Julia Holter (ahora también en tiempo real)

Quizá el mejor disco del año sea de hace dos años


Había algo recargado y barroco, casi dieciochesco, en la forma en que Julia Holter rellenaba los huecos vacíos de Have You in My Wilderness (Domino, 2015). Aquel disco pulsaba los botones exactos del minimalismo pop, tan recorridos y dominados en sus anteriores trabajos, y de la condensación emocional, todo ello desde una riqueza frugal en los arreglos de cuerdas, el sonido del ocasional clavicordio-lookalike, los sintetizadores subidos de tono y las voces a mil ecos repartidas por las diez canciones.

El frágil resultado y el delicado universo creativo de Julia Holter encontró hace dos años su cima creativa, un punto entre el Pop y el Ambient que jamás había encontrado en su carrera, al menos a ese nivel de gracia y certeza, y que inevitablemente podía resultar inquietante y oscuro, a un tiempo que dulcificado, en la repetición continuada de sus escuchas. Le sucedía a Have You in My Wilderness que combinaba una soledad amarga con una ternura inherente al mundo artístico de Holter, y que el resultado, por más que fuera de una brillantez exquisita, resultara recargado en exceso.

De entre todas aquellas canciones, una servía de elemento vertebrador: ‘Lucette Stranded on The Island’, una larga balada al amor marchitado, al marinero que se escabulle en su embarcación mientras su mujer le saluda desde lo alto del acantilado fingiendo lágrimas de tristeza. Casi siete minutos de paisajes oníricos a cuyas dos estrofas iniciales le seguía un juego de llamada y respuesta final, in crescendo, que acumulaba capas y capas de ruidos y efectos sonoros hasta alcanzar el colapso emocional, el clímax. Una canción fascinante por sus arreglos y por su inteligente estructura.

Pues bien, allí estaba todo: el exceso de instrumentos en canciones cargadas de silencios, un hito de difícil consecución, las letras abigarradas de Holter, el desdoble de su voz en personaje consciente y subconsciente… Todo.

No es un directo, sino una grabación en vivo del estudio, el punto intermedio donde Have You in My Wilderness podía triunfar en su justa medida, sobria pero intensa

Era por sus características la canción que podía elevar o hundir el disco, con satisfactorio resultado. Pues bien, quién iba a decirnos dos años después que Holter, encerrada en los estudios RAK e interpretando las canciones de sus dos últimos discos con banda en vivo, iba a lograr limar las aristas de sus esquinas barrocas a través de la técnica más imperfecta y compleja de cuantas se den en las artes musicales: el directo.

El resultado es In The Same Room (Domino, 2017), una (re)interpretación de las canciones ya presentadas en Have You in My Wilderness hecha desde la obligada contención arreglística. No es un directo, sino una grabación en vivo del estudio, el punto intermedio donde Have You in My Wilderness podía triunfar en su justa medida: ni especialmente preñada de arreglos y vericuetos sonoros, como en el LP que tanto pudo echar hacia atrás a tantas mentes sobrias y paladares amargos, ni diluida entre la maraña de sonidos ambientales de un concierto llevado al disco. El cruce de ambos caminos, la fórmula ideal para un disco al que achacar tales defectos.

No es casual que la manifestación de todas las virtudes de un disco grabado en vivo se manifieste en la canción que ya hace dos años representa el Alfa y el Omega de Have You in My Wilderness, ‘Lucette Stranded on the Island’, otra vez, colgada sobre las rocas que mueren en la costa, con la mirada tendida hacia el infinito derramando lágrimas de cocodrilo. Otra vez, Holter entablando un diálogo consigo misma, solo que en esta ocasión acompañada de una instrumentación más escueta y equilibrada.

De modo que a aquellas viejas críticas atribuibles a la pomposidad dieciochesca de Holter le quedan poco recorrido en In The Same Room. Holter ha logrado, despojándose de la recargada (pero, bajo mi punto de vista, adecuada) producción de su último LP, colocar en un plano terrenal y no tan onírico a sus mejores canciones. Son más honestas, menos artificiosas, su mensaje teatral cabe mejor dentro de los tímpanos realistas no especialmente amigos de los alardes de creatividad arreglista. Le pasa ahí y en ‘Sea Calls Me Home’, una versión que roza el terreno acústico.

Es delicioso que así sea, porque es cierto que Holter resulta más orgánica aquí, más al natural, despojada de los ropajes de gala del baile aristocrático de turno y hallada en su sesión de cámara. De ahí que uno de los mejores discos de 2017 vaya a haberse publicado en 2015, compuesto de retales de otros trabajos anteriores, y de ahí que el talento de Holter como compositora no haya salido sino reforzado de una jugada arriesgada que, repentinamente y sin esperarlo, se ha instalado en mi memoria sin solución de continuidad.

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