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Lemmy Kilmister y el Rock N’ Roll, la historia interminable

¿Qué determina lo necesario para convertirse en un Dios del Rock N’ Roll? ¿Arriesgar continuamente y no fallar? ¿Romper moldes y crear escuela? ¿Alcanzar la excelencia? Generalmente los artistas que colocaríamos en el Olimpo del Rock cumplirían por lo menos alguna de estas características. No obstante, entre todas esas deidades hay una bastante particular, y que no se ajusta a esas características o a cualquier otra norma que nosotros podamos poner. Un nombre que solo pronunciarlo ya impone respeto: Lemmy Kilmister.

Lemmy con Motörhead nunca ha querido seguir corrientes ni imponer una nueva. Su banda fue encorsetada dentro de la escena británica de Heavy Metal a pesar de no ser 100% similar a los Iron Maiden o Diamond Head de la escena. A cualquiera que le preguntes a qué suena Motörhead probablemente te responda que “Heavy Metal”. Lemmy nunca se vio como un profeta del Metal, sino como un simple rockero más tocando Rock N’ Roll a toda pastilla y con mucha mala leche. Así se concibió Motörhead desde un principio y así ha seguido hasta nuestros días.

Muchos han rechazado a la banda hace años precisamente por no cambiar ni un ápice en su sonido, diciendo que llevan más de 35 años ofreciendo el mismo disco con portada distinta y con la misma canción tocada de diferentes maneras. Y razón no les falta. Pero, ¿podemos acusar a Motörhead de estancados o sencillamente es que el oyente ha evolucionado y pide algo más? Todo apunta a lo segundo, porque Lemmy nunca fue un artista con pretensiones o ganas de romper moldes. Él solo quería tocar y vivir según las normas del Rock N’ Roll, nada más. La evolución y el concepto artístico de la música son cosas de las que pasa directamente mientras se abre su botella diaria de Jack Daniels.

No obstante, Lemmy no siempre sonó igual. Hubo un pasado antes de Motörhead. El rockero de cuero estuvo como bajista durante la época más gloriosa de Hawkwind, una de las bandas más importantes del Space Rock y lo más cercano que estuvo Lemmy de hacer algo poco convencional y seminal. Sin embargo, las fricciones y los problemas con las drogas (el bajista era más de Speed y de cocaína mientras que sus compañeros preferían sustancias más lisérgicas y estupefacientes) terminaron con la expulsión del bajista y éste pasando a crear la banda que lo catapultó a la fama.

Desde entonces, hemos visto como Motörhead han seguido quemando carreteras con su buen hacer del Rock alrededor de 21 discos, incluyendo su nuevo LP, Aftershock, que sale en estos días. Por supuesto, ya sabíamos que nos íbamos a encontrar antes de poder escucharlo: más Rock N’ Roll tocado a toda pastilla y con rabia. Ni las cardiopatías ni la diabetes son capaces de frenar a Lemmy en su propósito rockero. Habrá quien no se moleste en escucharlo, cansado de oír el mismo disco otra vez, y luego estaremos los que no le pedimos a Motörhead más de lo que saben hacer muy bien.

Precisamente Lemmy sigue haciendo discos para ese segundo grupo de gente, para los que comparten su visión del Rock. Y es que en lo suyo son muy buenos, y sus últimos discos son una buena prueba de que no se cansan de hacerlo. Discos que, sin ser maravillas, son efectivos a rabiar, eléctricos y con mucha fuerza. Cancioneros notables y con pocos fallos, suficiente para ir renovando los setlits de sus conciertos y que hagan que la gente se mantenga enchufada cuando no toquen algún clásico.

Y nadie está en posición de negar que no han hecho nada. Ya está su idolatrado Ace of Spades para cerrar la boca a todo el que se atreva a decir lo contrario. Y la cosa no queda ahí. Basta con rescatar algunos clásicos como Bomber, Overkill o Another Perfect Day para pasar un más que buen rato garantizado. Incluso varios de sus cancioneros más recientes como Killers, Motörizer o este nuevo Aftershock son más que suficientes para dejar en bragas tanto a varios novatos como a algunas viejas glorias compañeras de generación. Y sin necesidad de romperse mucho la cabeza a la hora de componer. Tocar a todo pistón y con la efectividad y con la contundencia por bandera.

Está claro que los que disfrutamos de sus últimos trabajos no vamos a quedar nada desencantados con este último nuevo disco. Todo depende de lo que uno le pida a la música. Nosotros no le pedimos más a Lemmy porque no nos lo va a conceder, porque no le interesa, porque a él sólo le gusta una cosa y porque perro viejo no aprende trucos nuevos. Y va a seguir haciendo hasta que todos sus años de follar, beber y fumar sin reparo terminen llevándolo a la fosa. Y cuando ese día llegue, todos nos entristeceremos, abriremos una botella de Jack Daniels en su honor y nos pondremos nuestro discos favorito de Motörhead. Aunque no lo enterremos todavía, que aún tiene ganas de seguir pateando culos, así que aprovechemos, que no sabemos cual puede ser su último concierto.

Motörhead en Hipersónica

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