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Let It Be: el día en que The Replacements fueron mejores que The Beatles

Podría parecer una temeridad titular un disco del mismo modo que una de las composiciones más injustamente célebres de The Beatles, pero The Replacements tenían entre manos un puñado de canciones capaces de llevarse por delante incluso al siempre odioso Paul McCartney. El Let It Be que importa no es el de aquel conjunto de temas inconexos que cierra la discografía de The Beatles: el Let It Be que importa fue publicado en 1984, es el mejor disco de The Replacements y es uno de los muchos motivos por los que los ochenta fueron unos años maravillosos.

Let It Be: ahora que vuelven

The Replacements están de vuelta. Paul Westerberg, Tommy Stinson y Chris Mars acaban de publicar un nuevo EP, Songs for Slim, con el que pretenden recaudar fondos para ayudar a su antiguo guitarrista, Slim Dunlap, quien sufrió un accidente el año pasado. La buena nueva no va más allá de cuatro versiones y la nostalgia por lo vivido y que nunca volverá. Es mejor así: The Replacements no necesitan volver, siguen presentes y su influencia en el indie rock contemporáneo es más que palpable. ¿Quién querría tenerles de vuelta cuando discos como Let It Be, su catapulta a la eternidad, aún suenan tan frenéticos y juveniles? ¿Para qué necesitamos un nuevo trabajo de The Replacements cuando la voz de Westerberg aún es capaz de empujar a toda una generación?

Nadie querría que volvieran los Ramones. Yo no lo querría. Ninguno deberíamos querer el regreso de The Replacements. No hay motivo, y una de las razones es la vigencia emocional y sonora de Let It Be, que explica por sí mismo tantas y tantas cosas importantes del ungerground USA de los ochenta. ¿Por dónde empezar? Podríamos hacerlo por el hardcore, auténtico movimiento seminal que impulsó el surgimiento posterior de grupos como Sonic Youth, Dinosaur Jr., o Pixies. Desde los suburbios de Minneapolis, el mismo lugar del que surgirían al mismo tiempo Hüsker Dü, The Replacements se valieron del hardcore para dotar de poderosa energía a su fanfarria angustiosa y borrachuza.

Pero la voracidad punk era tan sólo, aunque este tan sólo ya signifique mucho, un vehículo desde el que despegar. Let It Be a ratos suena power pop, a ratos coquetea con el primigenio jangle pop y a ratos se da un paseo por el pub rock. Da igual hacia que registro sonoro se orienten: todas las canciones de Let It Be están tocadas con la misma fuerza interior que empujaba a Westerberg a descomponerse frente al micrófono. En Let It Be está guardada, en una vitrina de oro, la esencia del teen angst a la que a día de hoy aún saca brillante lustre grupos como Titus Andronicus. El no hay futuro extraído del cinismo punk y arrastrado, mal que bien, hacia el existencialismo pesimista de la terrible década de los ochenta.

El pop y el hardcore, en amor y compañía

El resultado son canciones como ‘Unsatisfied’, que hacen de la insatisfacción personal y social (“and everything is a lie (or) and liberty is a lie”) su temática predilecta. Hay más cosas que hacen de The Replacements un grupo esencial, por supuesto, partiendo desde su mismo nombre: ellos eran los sustitutos, un grupo de chavales blancos de clase media-baja que más tarde alguien definiría acertadamente como “white trash”. No había más oportunidades en el mundo para ellos más que ser los sustitutos de los demás. Y desde ahí intentar dominar o destruir el mundo, en función de lo que cada uno llevara dentro, aunque a veces fuera una mera pose artística.

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The Replacements llevaban consigo mismo todas estas ideas, pero también un montón de amor. Un cariño por el pop deshilachado y bruto que cuadraba a la perfección en canciones como ‘I Will Dare’ o ‘Favorite Thing’. Aquellas canciones eran la delicadeza tosca pero honesta de un chaval de provincias seduciendo a una pija de ciudad, pero también los tangibles estallidos de ira y furia (‘We’re Comin’ Out’) y hasta el gusto por el hard rock de los setenta (‘Black Diamond’). Pero lo más importante era el tino melódico y emocional del grupo: ‘Androgynous’, la ya citada ‘Unsatisfied’ o ‘Sixteen Blue’ surgen de la borrachera más profunda y sentimental de Westerberg. Y por eso son así de grandes, porque no hay sentimiento más sincero que el exagerado.

La desindustrialización del medio oeste, la nueva generación de blancos que habían quedado relegados a los suburbios, la construcción de herramientas identidarias (el hardcore) para todos ellos y la invención de la tradición. Todo aquello, de lo que ya se ha escrito algún libro, junto con la mejor tradición pop de Estados Unidos, se juntaba en las canciones de The Replacements. Más tarde publicarían una de las canciones más significativas de los ochenta en aquel país, ‘Bastards of Young’, pero para entonces ya habían pasado a la eternidad de la música pop. Su influencia y legado perdura. Y perdurará, porque The Replacements son más grandes que la vida misma.

The Replacements en Hipersónica

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