Éramos jóvenes, muy jóvenes, pero sería injusto achacar a la impertiencia de la edad el sonoro pero que muchos pusimos al éxito arrollador de un disco como Hybrid Theory. El cambio de siglo se acercaba y las compañías discográficas se afanaban en encontrar a la nueva máquina de hacer dinero, a los nuevos modelitos con los que conquistar la MTV y las revistas y extender sus redes sobre un público perdido entre una maraña de Power Metal, Nu Metal y Rock Alternativo, los sonidos del momento.

Linkin Park eran nuevos en la ciudad, y se presentaban como un grupo de gomelos mucho más refinado que los guarretes de Korn o los introspectivos Deftones. Limp Bizkit venían de hacer una apuesta similar un año antes con el siliconado Significant Other y la ayuda del segundo padrino en discordia del Nu Metal, don Terry Date. Los de Fred Durst habían triunfado en su clara apuesta por acercarse a dos mundos enfrentados, Linkin Park también lo harían, con mucho más pop y apostando por una cara bonita.

Y ahí es de donde provenía nuestra desconfianza, de la casualidad del fichaje de Chester Bennington, de la llegada de Warner Bros y de la explosión que significó la llegada de Hybrid Theory, todo en un lapso de tiempo tan corto que hacía imposible no pensar en Linkin Park como una banda creada ex-profeso, como una banda diseñada por señores vestidos de gris y un apetito desmedido por el verde, unos señores que querían hacer con el Rock el mismo negocio que llevaban años haciendo con el Pop.

Nuestras sospechas (si eran fundadas o no puede que nunca lo sepamos) se reforzarían con los bandazos que llegaron conforme avanzábamos en el tiempo y Linkin Park no hicieron nada por disiparlas, ni en el experimento electrónico de A Thousand Suns ni con Living Things, un disco que se quedó a medio camino de todo. Llegado 2014 los californianos pretenden volver a los dos miles como si no hubiese pasado nada, según ellos con la intención de recuperar la estima de algún desencantado. Puede que la gran mayoría les crea, pero un servidor no puede dejar de pensar que sus impulsos responden a movimientos fríamente pensados por Warner Bros, compañía con la que montaron un penoso paripé en el año 2005.

Puede sea injusto, pero no encuentro ningún argumento en este The Hunting Party que me lleve a pensar que Linkin Park no son, ni fueron, una banda de laboratorio, que no son el Rockefeller al que José Luis Moreno introduce el puño para hacer reír con chabacanería y un burdo engaño. El álbum está cuidado en lo técnico hasta el más mínimo detalle, pero en cuanto uno busca algo que tenga que ver con la inspiración, algo que nos remita a eso que muchos esperamos encontrar en un artista, que nos mueva, que nos haga sentir, que nos haga menear el cogote, la experiencia nos devuelve frialdad, nos devuelve un pastiche que pretende ser muchas cosas pero que muestra que jamás podrá llegar a ser ninguna de ellas.

Conste que el intento de Linkin Park parece encomiable y hasta me atrevería a decir que lo es, The Hunting Party es un disco en el que ponen toda la carne en el asador y eso se percibe desde el primer instante. Pero también es de justos reconocer que el problema de la banda comandada por Mike Shinoda y Chester Bennington no es de actitud sino de aptitud, ellos intentan parecer tan guerreros como lo parecían las bandas del mundillo allá por el año 1999, y a algún incauto engañarán como a muchos engañaron entonces, pero en cuanto uno escarba su sexto disco ofrece canciones inconexas, composiciones pobres y simples hasta decir basta y muy pero que muy pocos momentos memorables.

Prueba de que el problema es una cuestión de aptitud es ‘Keys to the Kingdom’ sin ir más lejos, un tema que plantea ideas interesantes pero que es tirado por la borda por un estribillo tan mal construido como mal cantado. Parecido sucede con el single de presentación ‘Guilty All the Same’, el cual inicia con un interesante olor a metal clásico pero que es destrozado por la molesta cuota Hip Hop que ni viene a cuento ni aporta lo más mínimo, quizás incluída como todo en la banda californiana, con la intención de agradar a cuanto más público mejor. Olvidables son los momentos Hardcore o Punk del ecuador del álbum y totalmente prescindibles las colaboraciones de Page Hamilton, Daron Malakian y Tom Morello, siendo la última la constatación de que esta suma de factores no ofrece un buen producto.

El disco es ágil, pasa rápido y no molesta, pero apenas ofrece argumentos para volver a él una vez entramos a analizarlo fríamente, frialdad a la que inevitablemente nos lleva el bajísimo nivel vocal mostrado por Chester Bennington (quien está cascadísimo) y desarrollos que parecen más propios de una banda de quinceañeros que de la banda de Rock que más discos ha vendido en lo que llevamos de siglo.

Comentaba Mike Shinoda en una reciente entrevista que Linkin Park no se habían visto nunca como una banda de Metal y se nota, en el momento en el que han intentado hacer un disco de Metal sin la tutela de Don Gilmore han dejado patente no ser capaces de hacerlo sin alguien que ponga orden al batiburrillo que tienen en la cabeza. El intento se agradece, pero siguen sin darme argumentos para que deje de pensar que son una banda de laboratorio. Vender han vendido, muchísimo, pero sus discos no resisten un análisis que vaya más allá de la escucha aislada y de la disección en busca del single de turno.

A algunos puede les aproveche, yo prefiero los experimentos hechos con gaseosa. Y The Hunting Party no es que tenga mucho gas, la verdad.

3.8/10

Linkin Park vuelven al Metal cuando ya nadie les esperaba allí. Lo hacen con ganas pero sin ningún argumento convincente. Aún son capaces de construir algún estribillo interesante pero ni sus riffs ni su base rítmica sostienen el conjunto, dejando a The Hunting Party como un disco excesivamente simple hasta para una banda de NuMetal, lo cual es decir mucho. Ya no venden un millón de discos en la primera semana, pero siguen siendo superventas, con todo lo que ello conlleva (lo bueno y lo malo)

Discos de Linkin Park en Hipersónica

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