Los Bichos y Josetxo Ezponda: un repaso a la obra del hijo bastardo de Kim Salmon y Howlin’ Wolf

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La muerte de Josetxo Ezponda que hoy conocimos a través de Twitter nos ha dejado perplejos. El líder de Los Bichos vivió al límite y se ha ido sin hacer ruido en Burlada, localidad navarra en la que residía. No busquéis su música en Spotify y para escuchar sus discos hay que dar un montón de vueltas por YouTube. Ezponda siempre fue un outsider, acaso comparable a Eduardo Benavente, pero éste dejó un bonito cadáver y un halo de estrella que todavía prevalece. De la obra de Los Bichos y de Josetxo Ezponda no esperes grandes panegíricos en medios convencionales; aquí seguimos convencidos que fue el gran grupo del rock de los noventa en este país.

Los Bichos y el rock en el filo de Josetxo Ezponda

Los Bichos nacieron en un momento incierto, ni pillaron la postmovida ni llegaron a mezclarse con el incipiente movimiento indie que comenzaba a florecer en España. Desde Navarra y arropados por una discográfica ligada al rock radical como Oihuka, eran una banda que comulgaba con los presupuestos de Ruta66 y allí fue el único medio escrito en el que se reinvindicó como es debido su propuesta.

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Josetxo Ezponda venía del punk. Su primera aventura la inició en 1978 con Tensión. Luego llegaría Neon Provos, donde ya estaban Charly (guitarra) y Asio (bajo), sus futuros compañeros. Flores Muertas fue el proyecto con el guitarrista y antesala de Los Bichos, cuya primera maqueta data del verano de 1987.

El single ‘Anita latigazo’ fue una carta de presentación tan visceral como incómoda. Y ya con su primer elepé, Color Hits (1989) ciertos medios les cubrieron de alabanzas. Los Bichos eran punk, eran glam, eran post-punk australiano y también rock en el filo. ‘Shadow Girl’, ‘Verano muerto’, todo un hit en la época, ‘Me gustaría llorar’ o ‘The One You’ll Never Catch’ siguen siendo imprescindibles.

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Pero se superaron con su segundo y último álbum Bitter Pink (1991), un doble álbum excesivo como el propio Josetxo Ezponda. En origen ya estaba previsto como doble y Josetxo tenía treinta y tres canciones preparadas. Los problemas internos del sello Oihuka tras la marcha de los hermanos Goñi provocó que el tiempo de grabación fuera drásticamente recortado.

Por esa razón las finalmente veintisiete canciones publicada tienen ese crudelísimo sonido, acaso con más pinta de maqueta que de otra cosa: el single ‘Whisin’ Shift’, ‘Fuelled by Desire’, ‘Worms’, ‘I’m Inside Her’ y sobre todo ‘Poxy, Poxy’ les retrató salvajes y ruidistas.

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Incluso osaron versionar a intocables como Serge Gainsbourg, Phil Spector y Alex Chilton. Pero Los Bichos, un cruce posible entre Kim Salmon, Suicide y Howlin’ Wolf, también tenían su lado amable, poppie, ‘The Elf Queen e ‘If you cry now she’ll be glad’ templaron un disco que el propio Ezponda reconoció haberse grabado en medio de la disolución del grupo.

Ese mismo 1991 llegó My Deaf Pink…Love, un mini LP firmado en solitario por Josetxo Ezponda, pero con todos su compañeros de batalla detrás. Sus canciones no son más que una versión corregida y aumentada del contenido más salvaje de Bitter Pink.

Basta leer la hoja promocional que Josetxo escribió para Bitter Pink para entender de qué iba su historia, algo que mayoría del público entusiasmado con el noise-pop no entendió entonces:

Los Bichos in Bitter Pink. 
Hala, ahora me toca una de hojita promocional, joder, esto no se acaba nunca. ¿Y qué hostias digo y cómo me explico yo?… Odio este tipo de chorradas. Me voy a repetir. Que si soy un fan, que si lo importante son las canciones… Siempre digo lo mismo. Y es que, te lo juro, no tengo mucho más que decir sobre lo que hacemos. Mejor dicho, no tengo nada. Pero a lo tonto, ya he rellenado unas cuantas líneas… y tengo que seguir. 
Algo se me ocurrirá. Veamos. 
Bitter Pink es un álbum doble lleno de canciones por todas partes. Pudo haber sido triple o cuádruple, y no me estoy tirando el pegote, hubo que hacer una buena criba antes de entrar al estudio en medio de un mogollón de follones de todos los tipos y especies, dentro y fuera de nuestras vidas, que no me da la gana de contar ahora, no me apetece perder el tiempo. 
Bitter Pink tienen un hermanito pequeño apunto de salir en otro sello, pero si supiera, lloraría por el que abortó y se quedó en el limbo. Tras dos años de angustiosa espera desde que saliese aquel “Color Hits” puedo asegurarte que por momentos un servidor las ha pasado más putas que Caín, como suele decirse, lo cual me vuelve muy productivo, no me deja dormir, y he ahí el porqué de semejante mogollón de canciones (casi había cuarenta) a la vez. Qué le vamos a hacer. Nada está premeditado. Los bocetos son basura. La espontaneidad vale lo que pesa en oro. Créeme o no, lo que te digo es algo casi religioso para mi. Así fue pintarrajeándose, casi por sí solo, este rosa amargo. Y que conste que no hablo en serio. Si la espontaneidad es oro, la ironía es mithrill. La regla de tres funciona, es la leche, te ríes sanamente de tus amarguras y de ti mismo –un poquito, no hay que pasarse- cada mañana delante del espejo y ya te puede caer encima un bombardeo de lo que me digas, que ni te inmutas. Sale más curtido que el chorizo de cantimpalo. Bien, pues de todo eso hay en Bitter Pink. Es la primera vez en mi vida que me siento mínimamente satisfecho con una grabación. Creo que una buena parte de nuestras tripas se ha quedado ahí para siempre, y, repitiéndome por enésima vez, nunca me cansaré de decirlo, todo sigue haciéndose desde el punto de vista de un puñetero fan que no tiene otra pretensión en la vida que seguir jodiendo y jodiendo con esta puta música que nos está volviendo cada día más locos. Qué trágico me ha quedado, ¿eh?… Una lagrimita por Charly. Espero que te vaya de la hostia, tío, tu enfermedad te puede. Creo que Asio y yo hemos hecho más de lo posible por ti, ya sabes donde estamos. Esto también es Bitter Pink. Ahora tenemos a Jesús, cojonudo batería, y estamos listos para morder y arañar. Y cambiar, claro. Si no fuese por el cambio perpetuo, sería un coñazo tocar y hacer discos. Eso también era Bitter Pink. Empiezas a jugar con un concepto y, a la que te descuidas, ese concepto te come. Todo se me ha vuelto rosa y amargo, y la verdad es que me encanta. Lo conseguí. Escribí algo, así que a otra cosa. Espero que disfrutes de toda esta aventura. 
Hasta la próxima.

Y la próxima no llegaría hasta que en 1995 Triquinoise, sello en el que limitaba Corcobado, otro outsider como él, le editThe Glitter Cobweb. Ahora Josetxo era El Bicho y es recomendable para completistas que admiren su personal manera de componer.

En 2006 Muster Records, que ya había editado el primer álbum en solitario de Josetxo, recuperó los cuatro e intensísimos años de Los Bichos. Fue un disco libro en doble CD titulado 1991–1988 con las treinta y seis canciones que el navarro eligió. Él mismo escribió la historia del grupo en primera persona y diez capítulos, una épica aventura acompañada por un centón de fotos y memorabilia que lo hacen indispensable.

Primero se fueron el bajista Asio y los baterías Fermín y Jesús, ahora Josetxo, un genio irrepetible. Descanse en paz.

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