Hay un momento, mediados los tres minutos de ‘El Palacio’, en el que la perfección de Gratitud (autoeditado, 2015) alcanza lo sublime. “Fui al lugar donde los muertos van”, vierte sobre el micrófono Maxi Prietto, entre percusiones tribales, guitarras wah-wah, coros espirituales, y ecos de Jim Morrison, de un Jim Morrison alejado del París convencional y sumergido en la inmensidad de la cordillera andina o de la selva amazónica, la cara embadurnada de pintura, los ropajes zurcidos con caña y piel, la mirada avizor, un arco en la mano derecha, una decena de flechas en la mano izquierda, en la búsqueda intermitente y final de la más pura planta lisérgica, de El Dorado, del encuentro definitivo con lo abstracto, con el más allá, con el arte sensorial.

Se extiende ‘El Palacio’ a lo largo de seis minutos encendidos e infinitos, en una sucesión de secciones y acordes que nunca termina de estallar, pero que tampoco se apaga del todo. Se alargan Los Espíritus a lo largo de diez canciones sin mácula a través de las que se yerguen en depositarios de todo el flow del universo, en un ejercicio, Gratitud, al que sólo cabe rendir humilde pleitesía y profunda devoción. No termina nunca ‘El Palacio’ porque es, entre otras cuestiones, un estado mental, una sucesión de emociones y aspavientos rítmicos depositados de forma cuidadosa en la esquina más cercana de tu calle, en el rincón más remoto del bosque al que, ataviado con un ligero abrigo de lana y una mochila desvencijada, te diriges con determinación, exhortado por la lectura cíclica de La llamada de lo salvaje, ahí, a ese punto de tu imaginación, del cajón donde la evocación, aunque sólo sea por segundos, toma forma de historia terrenal.

Los Espíritus tan pronto se deleitan en la cosmología tribal como en los ritmos urbanos y las historias callejeras, en un diálogo permanente sobre lo terrenal y lo espiritual

De ‘La Crecida’ a ‘Perro Viejo’: Los Espíritus tan pronto se deleitan en la cosmología tribal como en los ritmos urbanos y las historias callejeras, observadas a través de unas sempiternas gafas de sol y narradas siempre con bolígrafo y libreta, entre copas de whiskey y tabaco negro. En Gratitud la mezcla del mundo rural y urbano torna en manifiesto espiritual, en aproximación irrenunciable a la psicodelia contemporánea. ¿El Blues? Está ahí, claro, como también lo estaba en aquellos The Doors no tan preocupados por los cánones estéticos como por el viaje intersensorial. Las canciones de Los Espíritus se valen de una amalgama de ideas clásicas para desprender amor a raudales, para vaciar los bolsillos de historias propias y ajenas, de chulería noctámbula. Gratitud es un disco para sobrevivir a una resaca y para sucumbir al perverso encanto de la noche. “Hay olor a humo, hay olor a tren, hay olor a lluvia, y a pobre también”.

Sobrevuela sobre el disco, como una daga atravesando el corazón de todas y cada una de las composiciones de Maxi Prietto, un halo, un recuerdo a la psicodelia de los años sesenta que hace de canciones como ‘Mares’ y ‘Gratitud’ un arrebatado homenaje a la belleza y a aquella edulcorada época dorada, como una suerte de Grateful Dead en miniatura y cincuenta años después, pero a la argentina. Si lo necesita, no obstante, Gratitud aterriza en las aguas empantanadas de ‘Alto Valle’, típicamente lisérgicas, en uno de los cortes más convencionales, por decirlo de algún modo, del disco. Sin embargo, allí donde más brillan Los Espíritus es en ‘Negro Chico’, relato de la pobreza al trantrán, un ‘Tombstone Blues’ bonaerense — Calamaro nunca estuvo tan cerca, nunca lo entendió tan nítidamente — .

8.5/10

Se arrastran Los Espíritus a la montaña en ‘Vamos a la luna’, y desde allí el disco parece más tribal y más indiano que nunca, no sin antes volver a poner los pies en la tierra versionando a 2 Minutos en ‘Pelea Callejera’. El cierre es soberbio, primero con la preciosa balada ‘Las Cortinas’ y finalmente con el leitmotiv que abría esta crítica y que es, con toda probabilidad, la canción más brillante y más inspirada de Gratitud: ‘El Palacio’. Se repite el patrón, entra en combustión el cuerpo, cae el trance sobre el horizonte como cae el sol al atardecer, pervive una sonrisa tan sincera como tramposa, y sigue girando el mundo. Gira, gira, y gira alrededor de las canciones de Los Espíritus.

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