Es el momento favorito del año para muchos de vosotros, y qué mejor momento que Nochebuena, ese día de felicidad impostada, que nuestros sueños más húmedos ansían convertir en un momento de soledad en un bar con luz muy tenue y una copa, degustada entre un halo de derrotismo. Es decir, aquí a muchos nos fascinan las historias de perdedores, los sonidos deprimentes y depresivos, e incluso hay quien piensa que pocas cosas en el mundo son más atractivas que un momento de tristeza, depresión y nostalgia. Mucha nostalgia. Empezamos este repaso de lo triste el año pasado, y queremos seguir este año. Aunque nos planteamos cambiar el formato (ha sido un año estupendo en el folk y neoclásica, las etiquetas que copan este repaso) y elaborar un post de resumen sin orden de preferencia, para dar cabida a todo el mundo, la listitis ha vencido, y nos hemos decidido por crear un Top 10, aún a riesgo de que muchos nos echéis en cara las ausencias. Procedamos, pues.

10. Patrick Watson — Love Songs for Robots

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“Patrick Watson tiene una inmensa curiosidad por el cableado emocional que nos define y muchas ganas de entender cómo funcionan los corazones. Y Love Songs For Robots (Domino, 2015) nace de la fascinación por esas ideas, es su forma de canalizar todas esas inquietudes y, más directo y reposado que nunca, hablar sobre el amor y la sensibilidad en un mundo cada vez más inhumano. Redoblando en esta ocasión los arreglos que ya estábamos acostumbrados a escuchar en su música y buscando nuevos sonidos, consigue un envoltorio novedoso para sus canciones, unidas como nunca antes a nivel conceptual y repletas de Pop onírico y sutil”. (Maddama)

9. Mount Eerie — Sauna

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“Phil Elverum no es un predicador al uso. No utiliza la teatralidad, no abusa del histrionismo, no gesticula de forma ostentosa con la mano. Y, sin embargo, consigue entre los asistentes a los panegíricos que enuncia una sensación de creencia ciega. De confianza absoluta en que haga con nuestra estima lo que le venga en gana. Sauna (P.W. Elverum & Sun, 2015) es otro ejemplo de que el experimental, el folk algo más reconocible e incluso el indie rock de Mount Eerie en estos momentos raya cotas notabilísimas. Y en esta ocasión ha llevado nuestro estado de nervios hasta el límite. Los ha extrujado, se ha arriesgado con el formato maldito del doble LP y, seguramente, en algún momento su propuesta ha ido tan lejos que hay que estar un poco loco para seguirlo sin asomo de duda”. (Dr. Chou)

8. Benjamin Clementine — At Least for Now

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“Sus formas poco ortodoxas a la hora de interpretar sus canciones son su mejor arma. Se apega a los silencios y a las pausas, respira profundamente, gime, llora y ríe a la vez que canta desacompasado con el piano, con una voz llena de grietas que moldea a su gusto y con la que narra su pasado por el metro y las calles de París, volviéndose un poeta esperanzado. Imperfecto pero fascinante, así es Benjamin Clementine y así es este At Least For Now. Canta desde las entrañas y su instrumento más potente, su voz, es difícil de olvidar, sobre todo cuando nada se interpone entre ella y el piano, como sucede en ‘Winston Churchill’s Boy’ o en ‘Then I Heard a Bacherlor’s Cry’. Dos temas clásicos que inician este álbum de forma brillante. Tras ellos, ‘London’ es la balada pop que nos atrapa a todos. Un piano clásico sonando pop y una voz que ya se ha vuelto inconfundible para los que escuchamos”. (Maddama)

7. Joanna Newsom — Divers

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“Y dentro de ese cuento de hadas eterno que parece Divers, hay momentos muy mentirosos. Las tinieblas de ‘The Things I Say’ conquistan desde el otro lado, el más oscuro y misterioso, el que se aleja de la claridad y toque ingenuo habitual de las trabajadas composiciones de Newsom. Aunque todo ello es siempre escuchado como un discurso coherente. En todo momento. En sus versiones más domésticas y en aquellas más feroces. Divers es, simplemente, otra muestra de la maestría de Newsom manejando los tempos de cualquier cosa que se proponga. Con esa autosuficiencia que hace que muchos naveguemos entre la envidia y el odio. Casi deseando que, en algún momento, demuestre que es humana, que saque un disco horrendo y poder decirle que se venga de aquel mundo al que solo puedes llegar con el antifaz mágico”. (Dr. Chou)

6. William Ryan Fritch — Revisionist

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“En Revisionist (Lost Tribe Sound, 2015), el sexto Lp del californiano William Ryan Fritch, hay muchísimo amor. O quizás lo hay en mí, al escucharlo. Un amor que oprime, que casi ahoga. Tras lanzar nada menos que tres discos y dos Ep’s el pasado año (Ty Segall, un principiante a su lado), William Ryan Fritch alcanza la excelencia cuando lo que sería más esperable es el agotamiento. Revisionist es uno de los trabajos más sobrecogedores que he escuchado en los últimos meses. Un conjunto de cortes que viajan entre el ambient, el folk, la neoclásica y, por momentos, un pop más cercano a lo convencional, si es que dicho adjetivo tiene cabida en esta barbaridad de trabajo”. (Dr. Chou)

5. Max Richter — Sleep

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“Lo bueno de escucharte un disco de ocho horas es que te ha gustado. Sí o sí. No tendría sentido no parar la reproducción si, como mucho a la segunda hora, lo que oyes no te convence. Max Richter convence casi siempre, y lo ha hecho también en esta obra hiperbólica, que pretende presentar en Berlin, en un concierto que durará de 00:00 a 08:00 y en donde, en lugar de butacas, se facilitarán colchones. Todo con un punto cómico de algo que, sin embargo, cuesta enormemente no tomarse en serio. Las ocho horas de Sleep tienen varios discursos reincidentes, como uno puede llegar a imaginar. En este caso, los diferentes enfoques de los acordes repetitivos de cuerdas de ‘Dream’ o esa estremecedora voz de Grace Davidson que irrumpe en las repetidas versiones de ‘Path’ son lo que más ha perdurado en mi memoria. Lo que me desgarra por dentro, desde la inicial ‘Dream 1 (Before the Wind Blows It All Away)’, lo que consigue atraparme lo suficiente como para dejar de cuestionarme desde muy pronto si no será una locura dedicar ocho horas de mi vida a esto”. (Dr. Chou)

4. Julia Holter — Have You in my Wilderness

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“‘Lucette Stranded on the Island’ se va a los casi siete minutos de diálogo interior, de construcción caótica pero perfectamente conducida. Como si Julia Holter pudiese explorar cualquiera de los caminos que aparecen ante ella sin correr el más mínimo riesgo de perderse. Como si toda la vida estuviese dedicada a encontrarse en Have You in my Wilderness. Y dejarse llevar por la contemporaneidad a partir de la bella ‘Sea Calls me Home’, sin rubor. Adivinándose con aspiraciones mucho más humildes que sus predecesoras, pero acertando igualmente (aunque ese saxofón chirríe un tanto y no termine de convencerme). Y aprovechar esa búsqueda de la luz para acabar entrando en la espesa niebla de ‘Night Song’, en otro paso hacia la heterogeneidad de Have You in my Wilderness, siempre acertada”. (Dr. Chou)

3. Daniel Knox — Daniel Knox

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“Entrar en el mundo de Daniel Knox es entrar en un terreno de anacronismos. Cuando suena ‘Don’t Touch Me’, el segundo corte de este Daniel Knox (Carrot Top Records, 2015), uno tiene la impresión de entrar en un piano-bar. En una noche enmarcada en una fecha incierta, pero desde luego muy anterior a la que a uno le sirvió para empezar a conocer el mundo del ocio nocturno. Y sin embargo, a pesar de no haber pisado en la vida un antro similar, la sensación de sentirse muy a gusto es inmediata. La grave voz de Knox tiene mucho de conciliador, de contagiarte un buen rollo considerable. Música para escuchar bien vestido, con la corbata todavía perfectamente alineada, y con sin quitarte el bombín a pesar de que es imposible que llueva aquí. Mucho de ese punto señorial, bañado en buen humor y resta de dramatismo, me ha recordado a Neil Hannon, si bien hace tiempo que no consigo enamorarme de un disco de The Divine Comedy como me he enamorado de este tercer disco del de Chicago, por mucho que los arreglos de ‘By the Venture’ recuerden inevitablemente a los británicos”. (Dr. Chou)

2. Dominique A — Éléor

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“La carrera del francés siempre se ha caracterizado por visitar terrenos poco usuales en su país. Seguramente Ané no es el primero en repensar la chanson desde una clave más cercana al pop anglosajón, pero puede que sea su mejor exponente. Hasta hoy. Dominique A ha abrazado en Éléor (Wagram, 2015) el concepto más clásico de la música de cantautor del país vecino, si bien es cierto que cosas tan hermosas como aquel adelanto de ‘Au revoir, mon amour’ no son exactamente las protagonistas del hilo argumental del disco. Empieza la cosa con la marca de la casa, con el pop vehemente y entusiasmado de ‘Cap Fevrel’, con ese punto intenso que maneja Dominique como ningún otro, sin caer en la trivialidad ni para verla de lejos. Y con ‘Par le Canada’ como muestra de que quedarte mirando lo habitual, captando una nueva belleza una y otra vez, es posible. El Dominique de siempre, el sobresaliente”. (Dr. Chou)

1. Sufjan Stevens — Carrie and Lowell

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“Hay cosas que, por inusuales, te impactan. Te agobian incluso. Como esa exposición absoluta, casi cercana al robo de pensamiento. Escuchas ‘Fourth of July’ y tienes la certeza de estar viviendo en el alma del creador, al igual que ocurre con una ‘The Only Thing’ que muestra una cara aparentemente más luminosa, ocultando una letra que estremece y ahoga. Así hasta el final, con su primer adelanto, ‘No Shade In The Shadow Of The Cross’ incluido. Como si a Sufjan Stevens las canciones que te remueven por dentro le saliesen sin mayor esfuerzo. Quién sabe, a lo mejor es así. A lo mejor, incluso aquellos que ya lo venimos admirando desde hace tiempo, no acabamos de darnos cuenta de lo avasallador de su ingenio. A lo mejor Sufjan Stevens es una de esas personas que aparecen como algunos cometas, cada muchos años”. (Dr. Chou)

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