Da lo mismo que Los Saicos sean o no, como dicen algunos, los verdaderos padres del punk. Las discusiones sobre el origen de un género musical concreto (y no digamos ya uno con unas connotaciones estéticas, sociales y hasta políticas muy marcadas) suelen ser interminables y a menudo no llevan a ningún sitio. Habrá quien diga que quienes iniciaron todo este jaleo fueron Iggy Pop y sus Stooges, otros lo redondearán con coetáneos como MC5 o los Kingsmen, algunos se remontarán hasta los Sonics y no faltará quien diga que sin Chuck Berry de todo esto nada de nada. Probablemente todos tienen razón. O ninguno. En cualquier caso, es indudablemente fascinante que a mediados de los sesenta, en plena Sudamérica, surgiese una pequeña isla musical que se adelantara en tantas cosas a una multitud de bandas que llegarían mucho más tarde y mucho más lejos. La de estos cuatro tipos es una historia que, si no conoces, merece la pena que te la cuenten.

Los Saicos se formaron en el distrito Lince de Lima en 1964. Erwin Flores, cantante, compositor y primer guitarra, regresa a la capital peruana después de una temporada de estudios en Brasil. Reúne a Rolando Carpio (guitarra), César Castrillón (bajo) y Pancho Guevara (batería) con un objetivo muy claro: formar una banda de rock’n’roll en una época en la que a duras penas empezaban a llegar a la ciudad los primeros discos de importación de Chuck Berry, Elvis Presley o Bo Diddley.

¿De dónde le venía esta pasión? “Yo creo que viene de James Dean, que siempre tenía que pelear con alguien en sus películas, como en Rebelde Sin Causa.”, cuenta en una entrevista en ABC en 2010, “Nosotros nos creíamos unos muchachos muy rudos, pero en realidad solo corríamos muy rápido por las calles de Lima con los autos de nuestros viejos. Nuestra música posiblemente obedecía al mismo síndrome”. “Para nosotros era una época de correr autos por las calles como locos y encamar a cada chica que se ofreciera. A pesar de eso, yo pensaba que Lima era muy conservadora; luego que viajé un poco comprendí que éramos unos libertinos en comparación con otros lugares”, remata en otra conversación con Rolling Stone Argentina.

Eran, en todo caso, algo diferente a todo lo que se escuchaba por aquel entonces (pensad que los dos singles de más éxito ese año en el mundo fueron ‘I Want to Hold Your Hand’ y ‘Oh Pretty Woman’), algo mucho más desconocido e imprevisible, mucho más salvaje.

Una de las ventajas que tiene ser punk antes del punk es que no tienes que dejarte la piel en encontronazos con la policía o la salud en antros de mala muerte donde actuarás delante de 30 personas y te acabarás pegando con al menos la mitad de ellas. No, lo de Los Saicos fue un éxito fulgurante. Estos chavales de clase media (niños buenos, buenísimos haciéndose pasar por malos) apenas habían tenido tiempo de cambiarse el nombre (el original era Los Sádicos pero aquello ya era demasiado) y enseguida estaban abarrotando las matinés del Cine Colón de su ciudad ante una multitud enfervorecida frente a algo poco habitual entre las bandas de su país en aquel momento: composiciones propias. Empezaron a salir a todas horas en televisión e incluso llegaron a tener su propio programa, El Show de los Saicos. Lo suyo fue llegar y vencer.

Basta coger ‘Demolición’, su tema más emblemático, para entender de qué estamos hablando. La canción empieza como tantas otras composiciones de su época: primero la batería en primer plano y luego la entrada de una guitarra no demasiado alejada de los experimentos de Dick Dale y sus discípulos por aquella etapa. Pero el grito ronco de Flores “ta-ta-ta-ta-ta-ya-ya-ya” da comienzo a una especie de alegato anarquista (Echemos abajo la estación de tren / Echemos abajo la estación de tren / Demoler, Demoler, Demoler / Demoler, demoler la estación de tren) que rompe cualquier previsión. Vandalismo inconsciente, despreocupado y… divertido. Un cóctel peligroso e irresistible.

El texto del recopilatorio Los Saicos — Wild Teen Punk from Perú 1965 (Electro Harmonix, 2000), a cargo Paul Hurtado de Mendoza, resume a la perfección lo que provoca escuchar hoy en día estas canciones:

Los Saicos practicaron el lujo de su odio visceral sin ningún tipo de mordaza y conectaron con el gran público. Conjugaron rabia, arrogancia, anarquía, con letras que iban directamente al grano y un talento musical primitivo (ninguna de sus canciones dura más de 2:30 minutos) en la más clara actitud punk de la costa oeste sudamericana. Su rollo salvaje no tenía absolutamente nada que ver con lo que se hacía en la misma época por Argentina (Sandro y Los De Fuego, Brasil (Renato e Seus Blue Caps), ó México (Enrique Guzmán y Los Teen Tops)… Lo suyo fue una amenaza social.

Hay mucho de Elvis en ellos, claro, y mucho de rock’n’roll clásico, e influencias más recientes (Beatles incluidos) en los temas más inofensivos, pero hay mucho de paso adelante en su música, de fanáticos que quieren llevar su pasión un paso más allá y salen triunfantes de lo que en principio apenas iba a ser un ejercicio de mímesis. Flores cuenta que los ingenieros de sonido no entendían lo que ellos querían hacer (la movida esta del rock’n’roll era aún bastante desconocida en Perú, después de todo) y eso le da a las canciones no sólo esa textura cavernosa, sino también una muy agradecida sensación de experimento impredecible, de probar algo nuevo que no se sabe muy bien por dónde te va a llevar. El resultado final es deliciosamente imperfecto y su toque amateur, qué duda cabe, es parte del encanto, como también lo son sus temáticas (fugas de prisiones, manicomios) relativamente peligrosas en su contexto y con cierto toque naíf y serie B vistas hoy en día.

Fueron también punks en lo efímero de su existencia: víctimas de los egos en el seno del grupo y de las modas pasajeras, su discografía se resume en apenas seis singles con sus correspondientes caras B y, de hecho, el último de ellos (‘Besando a otra’/’Intensamente’) fue grabado por apenas dos componentes y en un sello diferente pocas semanas antes de la desintegración total de la banda. Y aunque es cierto que el resultado de sus temas es desigual (recordemos que estamos hablando de un período de tiempo inferior a dos años en total) y que en su repertorio también encontramos alguna balada de interés más limitado hoy en día, descubrir a Los Saicos es asombrarse con una propuesta que hoy en día sigue resultando fresca y plenamente vigente. Si alguien ha visto a los barceloneses Mujeres en directo haciendo su versión de ‘Demolición’ y volviendo loco al personal sabrá de qué hablo.

Parece que, poco a poco, empiezan a ser reivindicados y colocados en el lugar que les corresponde. El fallecido Lux Interior, por ejemplo, fue fan declarado y en España todos sus singles fueron recopilados hace unos años por Munster Records en un cuidadísimo boxset con libro incluido que mimetizaba al detalle aquellos vinilos originales tan escasos de información que hicieron que estos tipos fueran durante años un secreto bien guardado.

Los Saicos se han reunido recientemente, ya sin Rolando Carpio (coautor de la mayoría de temas), que falleció en 2006. Actuaron en España hace un par de años, en el Funtastic Drácula de Benidorm, y de hecho cuentan que aquello fue una fiesta e incluso se animaron a tocar un tema nuevo del que nunca más se supo. Y lograron también girar por Argentina, algo que se les resistió en su momento de gloria. Nadie se acordó de ellos en el 77 y ni siquiera ellos mismos se dieron por aludidos cuando todo aquello explotó (de hecho, para entonces Flores se había graduado en Física, trabajaba en la NASA y tocaba en una orquesta de salsa), pero en 2006 el alcalde de Lince ordenó colocar una placa que afirmaba que el punk había nacido en la intersección de las calles Miguel Iglesias y Julio C. Tello y en 2011 un cineasta peruano, Héctor Chávez, filmó el documental Saicomanía con ellos como protagonistas. Parece que, poco a poco, van llegando al menos unas migajas de justicia poética.

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