Low en concierto en Santiago de Compostela (Sala Capitol, 29.03.12): la liturgia de la piloerección

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Low. El nombre de un grupo suele ser algo accidental y poco representativo de la música que hace un grupo. Muchos acaban arrepintiéndose de cómo bautizan a sus proyectos musicales, y se han cometido numerosas aberraciones, especialmente con esa época en la que muchos grupos comerciales se apuntaron a grupos de cuatro palabras, siguiendo el modelo “artículo — sustantivo- de — nombre propio” (ya sabéis a quién me refiero). Pues bien, obviando a Pereza (que describe la sensación previa a escucharlos), Low ofrecen exactamente lo que implica su nombre.

Si tienes un cuadro depresivo, igual no deberías convertirlo en grupo de cabecera. Su manera de recrearse en la tensión, y la comodidad con la que desmenuzan, diluyen y canalizan la tristeza ayudan a que las emociones se liberen y reajusten en un equilibrio inestable con la única finalidad de que las preocupaciones se relativicen, se separen de tu cuerpo y que uno mismo se despersonalice y se contemple desde fuera, con la suficiente distancia como para poder volver a rearmarse y superar sus propios miedos.

“Steve Garrington” src=”http://img.hipersonica.com/2012/03/30651611LOW05jpg.jpg» class=”centro” />

A todo esto contribuye ese sonido que han ido puliendo a lo largo de los discos, y que, a pesar de ligeras variaciones en el estado de ánimo (como el ligero y tímido optimismo reconfortante de su último disco, C’mon), es completamente reconocible. El minimalismo instrumental y la cadencia lenta no como planteamiento estético, sino como enfoque de lo trascendente, como magnificación de esos detalles que no deben pasar desapercibidos pero que únicamente se perciben cuando se apagan las luces, se va la muchedumbre y, en solitario, uno se dedica a explorar esos rincones oscuros, lúgubres y precintados preventivamente como mecanismo de autoprotección. Una solemnidad tan evocadora como irresistible.

Por todo ello, por la fidelidad de su público, y por el respeto y la honestidad con la que afrontan sus directos, el concierto estuvo rodeado de un aura de fascinación y de amnistía personal, de confesionario colectivo pero íntimo, de arrepentimiento y redención. Abriendo y cerrando el concierto con la distorsión, delimitando la circunferencia del repertorio, el arranque con ‘Nothing but heart’ y buena parte de C’mon (intensa ‘Witches’, envolventes ‘Try to sleep’ y ‘Especially me’) instauró la dinámica en la que se movería el concierto: silencio sepucral entre el público (al menos en las primeras filas) para no perderse ningún detalle, ningún desarrollo, ningún destello musical o visual. Desde el escenario, el repertorio, más allá de elecciones personales (cimas con ‘Monkey’, ‘Murderer’, ‘Pissing’, ‘Sunflowers’, ‘Words’ o ‘Silver rider’), era efectivo, compacto y deslumbrante tanto en ejecución, como en sensación: el vello erizado, la respiración contenida, el pulso acelerado, el alma en paz. Ya casi daba igual que Alan apenas se dirigiese un puñado de veces al público, y que no abandonase su rictus de concentración hasta la sonrisa que no pudo evitar esbozar cuando el grupo regresaba para los bises, y cumplía la petición de un espontáneo que le reclamó ‘Sandinista’.

“Mimi Parker” src=”http://img.hipersonica.com/2012/03/56755060LOW06jpg.jpg» class=”centro” />

¿Se le puede reprochar algo al grupo? Probablemente, muy poco. Sin llegar al lleno, sin sobrepasar los 90 minutos de actuación, probablemente en un concierto rutinario más de una semana llena de fechas por la Península y posiblemente tras haber sufrido algún inconveniente por la huelga general, una actuación sobresaliente no puede llegar a la matrícula.

“Rauelsson” src=”http://img.hipersonica.com/2012/03/99866613RAUELSSON02jpg.jpg» class=”centro” />

Y, de manera indirecta, le podemos acusar de una elección más que cuestionable de los teloneros, Rauelsson, con una propuesta demasiado etérea, tímida y lánguida para un público demasiado pendiente del grupo principal. La combinación de acústica, violín y voz sonó demasiado inofensiva e insípida, pero quizá más debido a la falta de química con la audiencia que por la propuesta en sí, que si bien intentaba prestar atención, no dio la impresión de que mucha gente prestase la atención que requerían sus delicadas piezas nana-folk.

Quizá la clave con los teloneros consistiese en la sensación de que su letanía era una iniciación (o una penitencia) para la ceremonia en sí, para el bautismo de los que veían por primera vez al grupo o para la confirmación de los que repetían, porque el fervor y la fe que se profesa por Low está justificado por el calado de su doctrina. Y sí, después de hora y media de hurgar en nuestras heridas y de reconocer y tratar con nuestros miedos, la sensación al salir era de que nos íbamos en paz.

Imágenes | Vía HeinekenPro. Autoría: Carla Mir, del concierto de Madrid.
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