“Concierto de Low” src=”http://img.hipersonica.com/2013/05/Low-en-Zaragoza-1.jpg" class=”centro” />Low son esclavos de las apariencias. Al menos lo fueron el miércoles en Zaragoza. Impolutos y elegantes, construyeron una maquinaria pesada y delicada, fría y cercana, que arrasó con lentitud y parsimonia a los varios centenares de personas que poblaron el Teatro de las Esquinas. Low son gélidos sobre el escenario. Rocas inamovibles, previsibles y pétreas. Es su forma de entender la música y de expresarla. Y la aplican con pasión, aunque sea imperceptible en muchas ocasiones, y un dominio escénico sencillamente admirable. Un concierto sobrio corre el riesgo de derivar en un concierto aburrido, pero Low controlan tan al dedillo sus virtudes y sus defectos que, de forma nada sorprendente a tenor de lo que sucede sobre el escenario, logran imprimir el elemento clave, la piedra filosofal de su discografía, el motivo por el que lograron embobarme: la tensión.

Low en directo: la tensión contenida

Low son tensión contenida. Canciones lentísimas, labradas en canteras de marmol a un fuego de velocidad desconocida. A primera vista resulta sencillo imaginar cómo las composiciones del grupo, veinte años a sus espaldas, se tambalean y se derrumban tratando de llenar todos los espacios vacíos que dejan sus silencios. Pero Low trascienden más allá de su, en ocasiones, minimalismo sonoro. Y de su, en ocasiones, tendencia al tedio. Si en sus grandes discos consiguen de forma inigualable repetir una y otra vez la misma fórmula con un efecto emocional y artístico asombroso, en sus directos, o al menos en el directo al que tuve la suerte de asistir, sostuvieron con cables de acero los andamiajes de sus canciones. Y allí se quedaron, suspendidas en el aire. Flotando tan densas que todos los presentes podíamos agarrar una parte de ellas y moldearlas a nuestro antojo.

Low nos ofrecieron sus canciones. Las edificaron, porque muchas de ellas son tan graves que están a un paso de solidificarse. En directo ganan aún más empaque, sin que esto, como podríamos sospechar, suponga detrimento de su especial delicadeza. Como una pala excavadora acariciando a un gatito, Low conjugaron con envidiable facilidad la profunda y desasogante sensación de derrota emocional que transmite I Could Live In Hope con el martillo pilón de la guitarra de Alan Sparhawk y el tremendo bajo de Steve Garrington. Sin concesiones, encadenaron una canción tras otra. Hicieron la bola de granito cada vez más y más grande. Un nuevo tema apuntalaba al anterior. Y si alguno de ellos, de épocas recientes, amagaba con flaquear y tirar por la borda todo el edificio por culpa de un piano demasiado melodramático o por coqueteos disimulados con el dad rock, allí que llegaban los Low más áridos y agresivos para que todo volviera a estar en su sitio.

“Concierto de Low” src=”http://img.hipersonica.com/2013/05/Low-en-Zaragoza-2.jpg" class=”centro” />Nada como manejar el repertorio de uno mismo. Low son conscientes de a qué suenan sus canciones. Y no se permiten la frivolidad de encadenar más de dos seguidas del mismo corte. Puede parecer extraño viniendo de un grupo monolítico como ellos, pero en directo las diferencias entre unas y otras se aprecian con mayor agudeza. No es lo mismo, por ejemplo, el frenético impulso de ‘On My Own’ nada más comenzar el espectáculo (sin saludo alguno, faltaría más, las formas ante todo) que perderse entre la dulce voz de Mimi Parker en ‘Especially Me’. Ambas canciones fueron interpretadas con maestría, cada una de sus dos últimos discos, y de algún modo sirvieron de hilo conductor argumental a Low durante los primeros compases del concierto. Las dos canciones, como todas en realidad, sonaron mucho mejor sobre el escenario que en los discos. Es posible que esto sea sólo una ilusión, pero eso ya es un mérito indudable por parte del grupo.

Sentado, en medio del escenario

Creo que por primera vez en mi vida asistía a un concierto sentado. El recinto, también apto para actuaciones teatrales, ofrecía la posibilidad de comprar entradas en grada. Y, bueno, si hay algún concierto en el que merece la pena observar lo que sucede en el escenario como un espectador de cuarenta años supongo que ese concierto es el de Low. Por un momento temí no conectar con lo que sucedía en el escenario, de estar demasiado lejos, de ser aún más frío que las canciones de Low. Ninguno de mis temores se hizo real en cuanto sonaron los primeros acordes. El poderío llenaba toda la sala. Era imposible no estar en medio de los tres, observando con fascinación las imágenes aleatorias que servían de complemento visual a el repertorio de Low. Allí que lanzaban sus pesadas redes los tres, y allí que caíamos todos. En ‘Canada’ o en ‘Words’, daba igual la canción. Low nos atrapó incluso en las más insulsas.

Es posible que la crónica esté quedando demasiado elegíaca. No fue el mejor concierto de mi vida, pero sí fue uno muy bueno. Cabe destacar que, como consecuencia natural de la música de Low, el ambiente colectivo de la sala era bastante limitado. Nada que objetar. El dolor se llevaba por dentro. Low saben de antemano que juegan ese papel, y se limitan a su guión. Es la perfección en toda su magnitud, tan asombrosa como fría. Por encima de lo normal, por debajo de lo extraordinario. Las canciones de Low son bellas, dolorosas y redentoras. Y en directo crecen tanto como podría esperarse de ellas. Ni más ni menos. Sin alardes. Formales y elegantes, tanto como el aspecto del grupo. Como el recibimiento del público. Como deberían ser todos los conciertos en la madurez.

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