Lykke Li — Wounded Rhymes: un viaje al fin del mundo

Lykke Li se autodenomina emo entre risas en alguna que otra entrevista. La oscuridad que reina en Suecia durante seis meses al año le ha forjado un carácter no exento de cierta intensidad más propia del siglo XIX y tanto la una como el otro se reflejan en su último trabajo, Wounded Rhymes.

Este segundo álbum viene a confirmar lo que ya plasmó en Youth Novels, su debut, un auténtico fenómeno especialmente en Internet y con unas críticas muy favorables que tuvo unas ventas discretas pero que descubrió a una artista descomunal, profunda y tremendamente dotada. El resultado es una atmósfera de tintes grisáceos, opresivos por momentos pero maravillosamente melódicos, con una percusión acusada cargada de ritmos básicos, potentes, casi instintivos. Wounded Rhymes cuenta historias sin pudor y descubre la pasión de Lykke Li por el rock de los años 50 y 60, creando un cóctel peligrosamente adictivo.

Una voz infantil en un cuento infeliz

El tono de voz de Li tiene un toque infantil, muy fresco. Esto hace que contraste todavía más con la tónica general del disco, donde la cantante y compositora, en compañía de Peter Bjorn And John, crea un ambiente denso, palpable como si se tratara de un antro lleno de humo y humanidad. Sin embargo el aroma que desprende es frío, hace recordar los momentos menos felices y lejos de resultar desagradable, atrapa muy lentamente creando un estado de ánimo muy concreto y que ayuda a comprender el que tenía Li a la hora de componer estas canciones.

Sadness is a blessing

Sadness is a pearl

Sadness is my boyfriend

Oh, sadness i’m your girl

Este vistazo furtivo que Li nos permite echar a través de Wounded Rhymes deja un poso de sinsabor, de amargura, de nostalgia de tiempos pasados en los que las oportunidades se nos escaparon entre los dedos, de tomar conciencia de lo que pudo ser y no fue. El dramatismo sin medias tintas se apodera del entorno canción a canción, sin concesiones al patetismo sino con una fuerza desgarrada, casi desesperada.

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Una buena parte del disco discurre lentamente, como caminar arrastrando los pies sobre la arena, creando un tempo muy pausado que permite la reflexión y el recrearnos en los pequeños matices que esconde la letra, cuidada con honestidad y sencillez y donde se nos narra las desventuras del desamor, las promesas incumplidas que se deshacen entre los dedos y el deseo insatisfecho que nunca encontrará respuesta.

Rtimo tribal y sensualidad oscura

Uno de los mejores cortes de Wounded Rhymes ha sido muy acertadamente elegido como single. ‘I Follow Rivers’ es la canción más redonda del tracklist, aunque con una diferencia muy escasa respecto al resto de temas. Basta escucharla una vez para dejarte llevar sin resistencia a este microecosistema que Lykke Li ha parido echando mano de su propia experiencia vital y de unas influencias que nos recuerdan a los grandes éxitos del rock de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, no sólo en este sencillo, sino también en otros temas como ‘Youth Knows No Pain’.

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A pesar de la aparente calma con la que discurre el álbum, en ningún momento se llega a hacer pesado. Li ha conseguido ese santo grial que permite apostar por la coherencia de estilo y propuesta sin caer en la monotonía. Para ello le ha bastado una sinceridad arrolladora y unos ritmos espectaculares que incluso en los tiempos más lentos son destacables. El final del tracklist, cerrado por ‘Silent My Song’, es un resumen fantástico de todo el disco

Wounded Rhymes es uno de los mejores discos de lo que llevamos de año, y seguramente no le cueste esfuerzo alguno a la hora de colarse en la lista definitiva de 2011. Lykke Li ha dado en el clavo con su segundo disco y su confirmación es todavía mejor que su debut. Lo logra todo, es capaz de arrastrarte, de dejarte con ganas de escucharlo otra vez para seguir descubriendo cosas y de quedarte con él entre tus favoritos para poder volver a él una y otra vez. Rozando la perfección.

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