A Mac DeMarco le aplaudimos con merecimiento su figura irreverente y genial a un mismo tiempo, en un producto tan perfilado, desde el excentricismo hasta la elegancia melódica de sus canciones, que no quedaba más remedio que adorarle sin remedio. Desde su excelente 2 (2014, Captured Tracks), del que ya han pasado casi dos años, Mac DeMarco no ha hecho sino caer aún más en su propio personaje.

Por fortuna para nosotros, para Captured Tracks y para él mismo nada de esto ha tenido consecuencia directa en su música: al contrario, Salad Days (2014, Captured Tracks) bucea aún más en la elegancia destartalada de sus anteriores trabajos y, exceptuando dos o tres excursiones por lo peor de lo peor del género — cuyos mejores días, snif, parecen haber pasado a mejor día — , sobrevive con tanta dignidad como éstos. Mac DeMarco se salva de la quema.

Pensemos en lo horriblemente hortera y trasnochado que Mac DeMarco, totalmente extraviado en su propio universo, hubiera resultado si Salad Days se hubiera compuesto a base de retales como ‘Chamber of Reflection’. Qué susto, qué horror, qué forma de echarse por la borda. Afortunadamente Mac DeMarco ha reservado su faceta menos conservadora para futuros aún por llegar: Salad Days es un disco tan continuista como lo pudiera ser Atlas de Real Estate.

Hay diversas diferencias: primero, Mac DeMarco aún sabe cómo inundar a sus canciones del pulso magnético que las vertebraba antaño. Segundo: su pose de bardo involuntario, dejado, al que las composiciones se le caen de los bolsillos sin querer, le permite redundar en su misma idea una y otra vez. Es tan natural que nunca pierde frescura, la clase de atributo que debería argüir todo disco así.

El alumno aventajado

Nada de esto podían decir Real Estate, o Jack Tatum, o tantos otros de la misma factoría y de muchas peores maneras. Mac DeMarco tiene, otra vez, la virtud de tomarse muy poco en serio a sí mismo. Pero dentro de su extravagancia hay alma de poeta: ‘Salad Days’ o la excelentísima ‘Blue Boy’ le acreditan, de nuevo, como un talento al margen de cualquier traje en el que se quiera encorsetar. Mac DeMarco podrá ser todo lo que desee.

Y de momento desea ser lo único que sabe hacer, un alumno aventajado de las enseñanzas de Jonathan Richman, cada día más melancólico y risueño, casi tanto como la portada que le ilustra a contraluz, héroe crepuscular, infatigable en su empeño de hacer de su reino algo de otro mundo. Y lo consigue durante cinco, seis, siete canciones que fluyen como pez en el agua, a las que no se les puede achacar nada ni exigir más.

¿Por qué, — os estaréis preguntando — si todo sigue en su sitio, si Mac DeMarco ha logrado permanecer fiel a una idea con éxito y sin caer en la inevitable redundancia, Salad Days tiene menos nota que su predecesor? ¿Por qué, si ahora Mac DeMarco, en instantes como ‘Brother’ o ‘Let My Baby Stay’? Porque dos años después también da la sensación de que todo lo que tenía que contarle Mac DeMarco a este mundo ya lo ha contado. Al menos en este formato y con estas canciones.

6.8/10

Qué hay de nuevo, viejo, y todas esas canciones que le hacen caer en el saco del sí, no está mal, suena bien, tuvo su momento, ya nunca será lo mismo, no sé, tampoco me mata. Y ese tampoco me mata es insuficiente para alguien tan especial, o que al menos aparenta serlo, como Mac DeMarco. Porque yo creo que hay algo más. Algo que haría de él y de su música un artista excepcional.

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