Madonna — MDNA: llegas tarde a tu propia fiesta, reina

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Madonna. Revolucionaria. Excesiva. Provocadora. Arriesgada. Prácticamente cualquier calificativo en la línea de estos cuatro se ha podido aplicar a buena parte de la carrera de la reina del pop. Incluso a pesar de los baches, que los ha habido, ha sabido renacer de sus propias cenizas con una nueva apuesta bajo el brazo que, encima, convertía a cuantos se encontraban en la escena pop en el momento en siervos de su estilo, casi en acólitos. Pero la suma sacerdotisa se ha repetido, y mucho, en MDNA.

Olfateó las posibilidades de la electrónica casi un lustro antes de que el panorama comercial se fijara en ella como filón en Confessions on a Dance Floor, volviéndonos locos con temas como ‘Hung Up’ o ‘Sorry’, con una espectacular respuesta en un público deseoso de ver con qué le iba a sorprender esta vez. Sin dejar de lado por completo el dance, Hard Candy coqueteó con un lado más cercano al R&B gracias a la producción de Timbaland o The Neptunes, y de nuevo hizo diana. Pero para MDNA ha decidido dar marcha atrás y continuar con lo que podría decirse que fue su descubrimiento.

Cuando dar marcha atrás no termina de funcionar

¿Sequía de ideas? Me niego a creer que Madonna — o mejor dicho, su entorno creativo — se haya quedado sin fuelle para ver más allá de lo que superpuebla el mainstream a día de hoy y haya decidido no navegar muy lejos de la orilla. La otra posibilidad que se me ocurre, aunque igualmente remota, es la de querer seguir explotando una gallina deslavazada por el uso indiscriminado que se le está dando en casi cualquier género que participe del término comercial.

Madonna no deja de hacer pie en todo este disco, fondea en territorio conocido en prácticamente casi todos los cortes del tracklist. Hay momentos en los que incluso suena a sí misma en pasadas ediciones, como sucede con ‘I’m A Sinner’, clavada a ‘Beautiful Stranger’. Vale que con una carrera tan longeva como la suya, a veces no puedas evitar sonar a ti misma. Pero quiero pensar que alguien habrá en ese estudio de grabación recordándole que está repitiendo modelito de certámenes pasados.

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Está claro que la reina del pop no quiere que nadie le caliente el trono mientras ella se encuentra de retiro espiritual. MDNA es un intento por reclamar un reino que se ha plagado de aspirantes que no lo han hecho mal. ¿Como para amenazar seriamente la supremacía de Madonna? Posiblemente no, pero sí lo suficiente como para que se dé cuenta de que no es la única, y no necesariamente la mejor en el sprint.

There’s only one queen,

and that’s Madonna… bitch!

Sin embargo, esto es una carrera de fondo, y la Ciccone les saca décadas de ventaja a todas las que le están oliendo el culo. Esto no es impedimento para que se junte con una de las colaboradoras más solicitadas últimamente, Nicki Minaj, en ‘I Don’t Give A’ y deje bien claro lo que piensa de sí misma y de las que intentan arrancarle la corona y el moño.

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La provocación, descafeinada y recurrente

A veces pienso en si las divas del pop no tienen otro tema más polémico que tratar que el de la religión. Quizá recurran a él porque es uno de los que más escuecen sin ser realmente motivo para que te deporten de un país. Bueno. Depende del país, ciertamente, pero sabéis a lo que me refiero.

Ya no estamos en los ochenta, Madonna ya no quiere zumbarse a un santo negro recién bajado de la peana. Quizá en aquella época estábamos menos acostumbrados a la controversia, pero que vuelva a recurrir a enumerar los santos y hablar de la virgen María… Pues qué queréis que os diga, a mí me parece más de lo mismo. La abeja reina ha perdido el aguijón.

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En MDNA la provocación tiene un segundo desvío, que parece pensado al milímetro para cosechar aún más ventas. El divorcio de la cantante de Guy Ritchie ha estado en las portadas del papel couché durante semanas, y si alguien sabe explotar el lado comercial de las cosas, ésa es Madonna. En al menos dos temas hay referencias directas a relaciones terminadas, en la ya mencionada ‘I Don’t Give A’ tiene un tinte más negativo, mientras que en ‘I Fucked Up’, perteneciente a la edición deluxe, parece entonar una especie de mea culpa, eso sí, con bastante mala baba detrás.

I could have just kept my big mouth closed

I could have just done what I was told

Maybe I should have turned silver into gold

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Tocando todos los palos, por si acaso

Madonna ha medido al milímetro el estilo de su disco, tanto ella como sus productores. ¿Qué necesitamos? ¿Dance? Colamos ‘Girl Gone Bad’. ¿Que no estaría mal decir que tenemos un corte dubstep en el álbum? Pues ahí va ‘Gang Bang’. ¿Nos hace falta algo asequible para el gran público, sin complicaciones y con gancho? Ahí va el primer single, ‘Give Me All Your Luvin’.

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La comercialidad de esta cantante ha sido una de sus grandes bazas. Es lo que es y no intenta disfrazarlo. Es la reina y sabe mantenerse en ese trono, renovándose a cada disco y haciéndonos reconocer a regañadientes que es capaz de reinventarse de manera casi camaleónica. Sin embargo en MDNA casi parece hacer un esfuerzo por no dejar ningún campo sin cubrir, ninguna posibilidad sin contemplar.

En la edición deluxe hasta encontramos baladas capaces de escaquearse como singles si llega el momento de levantar el pie del acelerador. Es lo mismo que ver a un bailarín de clásico con cara de esfuerzo. Sabemos que cuesta un cojón de pato viudo estar ahí arriba saltando como un desgraciado, pero no queremos verlo. Sólo queremos ver lo grácil que pareces en el aire.

4.8/10

Aclaremos una cosa. Por muy poco resultón que sea MDNA, no va a apearse del trono ni del burro, nadie la va a echar de ahí ni va a perder seguidores. Haters gonna hate, que podríamos decir, pero si hay alguien que tiene segura su base, ésa es Madonna. Sentada esta premisa, puedo decir que el duodécimo disco de estudio de la Ciccone me ha parecido huero. Nadie busca el sentido de la vida en un álbum de Madonna, pero sí diversión. Diversión a raudales, ganas de gritar, de saltar, de hacer el cafre en la pista. Y aquí, por mucho que las busquéis, no las vais a encontrar.

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