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Maika Makovski — Chinook Wind


Existen en Canadá unos vientos muy cálidos que llegan desde el Pacífico, bajan de las montañas y son capaces de fundir la nieve en cuestión de horas y subir bruscamente las temperaturas. Los vientos Chinook, que en la lengua de los indígenas que poblaban la Canadá profunda significa, literalmente, los devoradores de hielo. El viento que trae la primavera cuando es invierno. La calidez para renacer. O para refugiarse.

Con el impacto que la vastedad del paisaje canadiense tuvo en Maika Makovski, se abre el álbum. Y con la hospitalidad y el humor que descubrió en Macedonia, la tierra natal de su padre a la que nunca antes se había acercado tanto, se cierra Chinook Wind (Warner, 2016). Dos de los temas más devastadores de todo el álbum, ‘Canada’ y ‘Makedonija’. Los lugares que le han dado calidez, refugio, en los últimos cuatro años.

Un viaje a favor del viento

Intensa y furiosa como solía ser, ahora hay espacio para una Maika más íntima y pausada. De la misma forma que íntimo y pausado ha sido el proceso de gestación de este álbum. Y es que aunque parece un cambio radical, ha sido paulatino. Cuatro años de reflexión, de experiencia, de cambio. Porque en cuatro años se viven y se sienten muchas cosas distintas. Y todas ellas tuvieron en común las ganas de Maika de dejar que la música las pusiese en orden. Alejándose de la repetición, ese arma de doble filo. Y haciendo de Chinook Wind un viaje con un latido constante. Se fue a Macedonia alejándose del estrés y el desengaño que Barcelona estaba siendo para ella en esos momentos. Y resultó que la tierra natal de su padre le mostró muchas cosas que desconocía de sí misma. A partir de ahí, todo fue hacía arriba. Se enamoró, viajó a Canadá, se dejó fascinar por ese paisaje y volvió a escribir canciones sinceras, reales.

La crudeza sonora de ‘Canada’ junto con esa majestuosa técnica vocal desde el primer segundo se enfrentan a la simpleza y naturalidad de esa joya pop que es ‘Not in Love’, a la histeria de ‘Bulldog’ acompañada por un humilde banjo o al grito de furia alegre que es ‘I want to Cry’. Múltiples caras de un mismo álbum que encuentra su unión en la austeridad de sus canciones, en las que se restan capas en vez de sumarlas, buscando tan solo una esencia.

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Arropado por arreglos de cuerdas y metales, Chinook Wind es un disco que rebosa personalidad a pesar de su austeridad. El menos es más ganando de nuevo

El hilo conductor de tantos minutos de música recopilados en momentos tan diversos fue difícil de definir, pero la propia Maika ha explicado que el trabajo como productor de John Parish, el que que confió de nuevo tras aquel álbum homónimo de 2010, fue decisivo. Tratándose de Maika, su voz debía acaparar todo el protagonismo. Y así es. Arropada por arreglos de cuerdas y metales, Chinook Wind es un disco que rebosa personalidad a pesar de su austeridad. El menos es más ganando de nuevo. Dejando el rock de lado esta vez, Maika ha seguido sus instintos para mostrarse sin complejos, en un trabajo de estudio que no busca provocar lo mismo que hará sobre un escenario. Aliada con el Quartet Brossa a las cuerdas, Pau Valls a la trompa y Pep Mula en la batería, lleva todo el otoño demostrando que es un verdadero animal de directo. Un volcán siempre a punto de explotar que viste y desviste a sus canciones con asombrosa habilidad.

Lo que Maika Makosvki ha entregado en este Chinook Wind no tiene rivales en casi ninguna esquina, sin duda, no en nuestro país. Un trabajo que parece espontáneo, difícil de controlar, lleno de intuición y técnica musical y que no podíamos dejar olvidado antes de recopilar nuestros favoritos del año.

8.9/10

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