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Málmhaus: sobre soledad, Metal y frío

Hace no demasiado tiempo un gráfico que calculaba el ratio de grupos Metal por habitantes de cada país del mundo se extendió como la pólvora. Su origen se puede rastrear a día de hoy: un usuario de Reddit decidió aprovechar el inmenso archivo documental e informativo de la Encyclopaedia Metallum y, con los datos en bruto, más o menos fiables, extrapoló. El resultado confirmó una de las ideas más firmemente arraigadas en la cultura pop: los países del norte de Europa sienten una especial predilección por el Metal, en sus distintas variantes, casi siempre las más extremas y desangeladas, según dicta el estereotipo. Hablar hoy de Metal y Escandinavia es caer en los mismos clichés, a mitad de camino entre la realidad y la parodia, de España y el Flamenco, los países balcánicos y la música romaní o Estados Unidos y el Country. Un atajo cognitivo como otro cualquiera.

Del mismo se vale ‘Málmhaus’ (Ragnar Bragason, 2013) para desarrollar la historia de Hera (Þorbjörg Helga Þorgilsdóttir) en su Islandia natal. Antes que nada, cabe aplaudir, aunque sea ligeramente, la aproximación de Bragason a la materia. Si bien el Metal es generalmente asociado a conductas delictivas, sectas peligrosas, adoración del demonio, suicidios colectivos y prendas horteras, Bragason narra con naturalidad y sin dramatismo el acercamiento de una joven adolescente al espectro genérico de grupos a la derecha del rock convencional al que la sociedad contemporánea bautiza como Metal. El objetivo de la película no es siquiera vanagloriar los habituales estereotipos en los que el propio género incurre para definirse a sí mismo — rebeldía, alcohol, violencia, tenebrismo, etcétera — .

La trama rota en torno a una granja familiar en un lugar indeterminado de Islandia. Allí, la joven Hera observa como su hermano mayor, mientras ara un campo con un tractor, sufre un accidente laboral y muere. La familia restante, los dos padres y la pequeña, sobrellevan el duelo en silencio y con dignidad. Ante la escasez de respuestas emocionales o comunicativas por parte de sus progenitores o del resto de su entorno social, Hera adopta la estética y el gusto por el Metal de su hermanos, como método de reclusión y de honra a la memoria de su hermano fallecido. A partir de ahí, Bragason da un salto en el tiempo y nos presenta a la Hera post-adolescente en constante insumisión ante la autoridad paterna, sin rumbo, objetivo o propósito alguno en su errática existencia.

El Metal: un imán a lo largo y ancho del globo

Un clásico del coming-of-age, salpicado aquí de chaquetas de cuero y camisetas de Heavy Metal. El planteamiento es interesante. La película, rodada de forma sobria sin mayores excesos visuales o narrativos, pone de manifiesto el poderoso magnetismo que el relato Metal ejerce en los jóvenes. En especial, en los jóvenes escandinavos o de los países del norte. El caso de Hera es paradigmático y, aunque excepcional, significativo: en soledad, sometida a un aislamiento social forzado no sólo por la situación geográfica de su vivienda — y su país — sino también por la propia fisionomía de la sociedad islandesa, encuentra compañía y respuestas en el Metal. Su sentido comunitario no se extingue, sino que se cataliza hacia el cúmulo de discos, programas de radio y fanzines o revistas a través de los cuales se siente parte de algo. La teórica radicalidad sonora de la música y el atrezzo asociado a los artistas que la practican ejercen de imán definitivo. Hera se define por el Metal y sólo por el Metal.

Su poderosa iconografía y su relativo posicionamiento underground en el espectro mediático ofrece singularidad y una imagen contrapuesta al mundo al que acusan de no comprenderles

El Metal como tribu urbana inasequible al desaliento, constante en cualquier sociedad occidental desde mediados de los ochenta, surge de situaciones semejantes. Muchos jóvenes optan por él como forma de sentirse integrados en una parte, dado que el todo les ignora, no les comprende o no les llena. Su poderosa iconografía y su relativo posicionamiento underground en el espectro mediático ofrece singularidad y una imagen contrapuesta al mundo al que acusan de no comprenderles. Esto, consustancial a todas las tribus urbanas, acaso es especialmente relevante en el caso del Metal: pocos géneros han logrado “imaginar la comunidad” — siento la licencia — de este modo, de introducir una serie de ideas estéticas o éticas, al margen de lo que nos parezcan, en un conjunto tan heterogéneo social, económica y nacionalmente. Todo lo anterior se da en otras corrientes musicales: ese sentido de comunidad reconocible a lo largo y ancho del mundo no tanto.

Hay ejemplos de diverso calado. En ‘Fargo Rock City’, Chuck Klosterman explica de forma maravillosa cómo el Glam Metal supuso un auténtico catalizador identitario para millones de jóvenes blancos de clase baja o media que, en medio de los ochenta, habían perdido sus habituales referentes culturales. Perdidos entre el marasmo vanguardista, el horror vacui mainstream y la explosión del Hip Hop entre la cultura negra, muchos de ellos — la white trash — se definieron a partir de grupos que se dirigían a ellos y a los que merecía la pena adorar — Guns N’ Roses, Warrant, Def Leppard, Mötley Crüe, etcétera — . Algo parecido, desde otro punto de vista, pasó con la eclosión del Heavy Metal en España. Grupos como Barón Rojo servían de ancla identitaria para miles de chavales de clase obrera que vivían en los barrios periféricos de las grandes ciudades españolas.

Naturalmente, esto ha sucedido con otros muchos géneros de diversas caracterísicas a lo largo de la historia. Sin embargo, pocos son los que mantienen el recuerdo de su propia historia tan vivo como el Metal. Las coyunturas que favorecen las escenas van y vienen, pero el ideal de tribu urbana, de comunidad, permanece. Lo que nos lleva de nuevo a ‘Málmhaus’ y los países nórdicos, donde habla el mito de una fuertemente establecida escena Metal que nos lleva desde Finlandia hasta Noruega, pasando de forma clave por Suecia y de un modo algo más marginal por Dinamarca. En el caso de Hera, la protagonista de la película, hablamos de Islandia, pero a lo largo de la película entra en contacto con la realidad Metal de los otros países de forma más o menos progresiva.

Metalhead: donde todo debía terminar

Dados los ingredientes — desesperación emocional, soledad, falta de vías de comunicación por parte de sus padres, entorno rural — y dadas las fechas, era natural que Hera terminara cayendo en la fascinación por el Black Metal. A lo largo de la película vemos como la ausencia de referentes paternos o putativos que enderecen la psicología turbada de Hera por la muerte de su hermano la empuja al aislamiento en el Metal. Es significativo que este proceso sustitutivo sólo se vea interrumpido por el cura de la aldea más cercana, también aficionado al Metal, a quien la protagonista, una vez desvelada su identidad, reconoce como una cara amable y un interlocutor capaz de comprender su universo emocional. Pese a todo, nada causa tanto impacto en ella como la noticia de la quema de iglesias por parte de Varg Vikernes y sus alegres compañeros.

http://www.youtube.com/watch?v=8tekqmv3IVo

Esa proyección que realiza Hera ejemplifica cómo puede funcionar el Metal en dichas sociedades. Es útil para jóvenes que encuentran pocas respuestas emocionales en su entorno

Aquí, naturalmente, entramos en los terrenos resbaladizos de la fisionomía cultural de las sociedades nórdicas, el frío y su entorno geográfico. Pero lo cierto es que es Bragason y no yo quien ha dedicado una película a hablar de ello, de modo que algo de verdad debe haber en la leyenda. Aunque ‘Málmhaus’ no exalte las virtudes paisajísticas de Islandia, la película se vale del entorno, de las vistas, del clima duro, para dar aún más sentido a la experiencia de Hera y su obsesión por el Metal. ‘Málmhaus’ habla de soledad y frío, de soledad, frío y Metal, y de cómo estos tres elementos, de forma tanto simbólica como física, se compaginan entre sí para fascinar a una muchacha martirizada de apenas veinte años.

http://www.youtube.com/watch?v=OfCHwsp9bSc

Como decíamos más arriba, la única verdad que parece irrefutable es que la proporción de grupos Metal por habitante es abrumadoramente superior en los países nórdicos. Podemos intuir las causas, pero esto sólo es una lectura sociológica personal y sesgada. Si algún investigador profesional se animara a hablar sobre ello, estaríamos encantados de leer sus conclusiones. ‘Málmhaus’ es un acercamiento interesante a las ideas aquí expuestas. A ratos es una película demasiado lenta, de actuaciones no muy brillantes y con personajes exasperantes. La banda sonora tampoco destaca, contra lo que cabría esperar, y hay poco de “biblioteca musical”, dado que la mayoría de grupos que aparecen son muy evidentes y poco rebuscados. Sin embargo, si estáis interesados en la materia, merece la pena darle un visionado.

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