Una de las cosas que el oyente o consumidor de música busca a la hora de realizar dicha actividad es que esta le acompañe o retrate los diferentes momentos que ocurren en su vida, tanto cotidianos como los especiales. Uno puede ir desde la fragilidad emocional del Pop hasta la rabia desatada en el Hardcore, pero pocos grupos pueden servir en casi cualquier situación, como ocurre en este caso. Por muy surrealista o extraña que sea una situación, probablemente Mamá Ladilla hayan escrito una canción o una frase que se identifique con dicho escenario.

Desgraciadamente para Juan Abarca y los suyos, quizá por su obsceno nombre, por sus irrisorias letras o por mero desconocimiento, se les terminó encasillando en un ambiente que en esencia no era similar a lo que ellos practicaban. Lo normal es que si le preguntas a una persona cualquiera por Mamá Ladilla y te respondan “Viña Rock”. O quizás se piensen que son una banda de Rock Urbano o de Punk español cualquiera. Nada más lejos de la realidad, a pesar de que la segunda etiqueta sea la base sobre la que los madrileños desarrollaron su particular estilo.

No seré el primero que califique el estilo de los Ladilla como “Punk Progresivo” (desde aquí estoy oyendo como vuestras cabezas explotan tras leer estas dos palabras juntas), ni siquiera seré el primer Hipersónico es calificarlos así. Pero al césar lo que es del césar, y es que los punkarras y directos riffs van derivando en una increíble serie de progresiones, cambios de ritmo y disonancias heredadas de King Crimson o de Yes. Alcanzar la mezcla de géneros tan opuestos en esencia sólo puede estar a la altura de un maníaco o de un genio. O de ambas cosas a la vez.

En la retorcida mente de Juan Abarca hay sitio para ambos mundos. De esa imaginativa mente surgen los complejos ritmos que vertebran las canciones de Mamá Ladilla, haciendo una mezcla nada sencilla y consiguiendo que el resultado no sea un mindfuck enorme. A tanto llega su talento que ni siquiera se lo toma en serio. Con la misma facilidad que Abarca hace jugueteos con su guitarra, se dedica a hacer sátira y sorna con la sociedad que le rodea con unas hilarantes letras llenas de improperios, referencias, surrealismos y juegos con el lenguaje.

Todos esos juegos y esos divertidos experimentos, acompañado de la malinterpretación del estilo de su banda, provocaron que muchos no se terminaran de tomar en serio a Abarca como letrista, cuando la verdad es que su imaginativa y su inventiva en lo lírico están al alcance de muy pocos. Con la misma facilidad que se caga en la raza humana, en los idiotas o en su mismo creador, te puede hacer un recopilatorio de los mejores momentos de la música española, ridiculizar el egocentrismo o celebrar la muerte del mítico Chanquete.

Hacer una oda a los jefes o al subidón de hormonas que surge en la primavera. Todo es posible en una canción de Mamá Ladilla. A Juan Abarca le puede dar por hacer una relato que sólo incluya palabras con la letra “e” o por hacer una canción llena de términos en latín donde la coherencia sólo es algo opcional. A tanto se atreven que hasta deconstruyen el mítico ‘El Mesías’ de Händel cambiando la palabra Aleluya por otra más cotidiana en el vocabulario medio español.

https://www.youtube.com/watch?v=FQIK5IJrPS4

Canciones que sirven para todo en una discografía nada desdeñable, desde su aparentemente conservador Arzobispofobia (1996, BOA), más arraigado en el Punk que en esfuerzos posteriores, pasando por su obra cumbre, Requesound (1999, Bliss Records), y la dupla de Power de Mi (2001, Bliss Records) y Analfabada (2002, BKT), discos menos áridos y más accesibles pero los más brillantes líricamente. Discos más que recomendables para acercarse al extrovertido mundo de Mamá Ladilla.

Y muchas de las cosas buenas que reúnen se pueden resumir en la que se considera como su mejor pieza, la suite ‘Mi Nave Mix’. La prueba de que podrían haber hecho piezas a la altura de gente como Dream Theater si se lo hubieran propuesto. Hay muchos motivos por los que reivindicar a Mamá Ladilla, desde sus discos hasta sus estupendos directos, donde es imposible que salgas sin una sonrisa de oreja a oreja de lo bien que te lo pasas en ellos. Y si no opinas lo mismo, ya lo dice Juan Abarca: “Y si no te mola lo que estoy cantando, ¿para qué cojones lo estás escuchando?”.

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