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Llega un momento en la vida de todo amante de la música en el que se propone aprender a tocar un instrumento. La idea puede llegar en cualquier momento y de muchas formas, como por ejemplo en respuesta a algún grupo que consideramos muy malo (nosotros podemos hacerlo mejor) o en forma de propósito de cara al año entrante junto a otros igualmente válidos como adelgazar, ponerse a estudiar de nuevo o sacarse el carné de lanzador de plátanos profesional. Cada cual tendrá sus preferencias.

Si uno quiere aprender a tocar un instrumento (o a cantar) tiene que decantarse por alguno (redoble)… y qué mejor que ir a por la guitarra, el bajo o la batería, ¿no? El tridente mágico. Sabiendo tocar uno de esos (pan comido en cualquiera de los casos, claro) uno se asegura tener su propio grupo en pocos meses y tocar el éxito con la punta de los dedos. Vamos a analizar las razones que le llevan a uno decantarse por un instrumento u otro, así como la diferencia entre lo que nace en nuestra mente y lo que acaba siendo la realidad.

Los guitarristas, esos héroes

La guitarra probablemente sea la primera opción (una patada a una piedra y saldrán cien). ¿Quién no quiere saber tocar la guitarra? La idea es que… sí, vale, los cantantes son los que dan la cara y tal y cual, pero ¿quién parte el bacalao de verdad? El guitarrista. Él y sus solos. Cuanto más interminables (y feos) mejor. Cuanto más rápidos y técnicos (y feos) mejor. Cuanto más fuerte (y feos) suenen mejor. Si hace falta comprar dos, tres o nueve amplis, se compran. Las guitarras flojitas y con cuatro acordes mal puestos son para poperos, indis y demás nenazas. Ya que uno se pone, se pone de verdad. Y lo hará mejor que los demás, porque los demás no tienen ni idea.

El aspirante a guitarrista imagina esto:

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Pero la realidad acaba siendo esta:

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Con el tiempo el guitarrista se da cuenta de que sus solos solamente le gustan a él y en el local de ensayo cada vez se hacen más frecuentes las frases del tipo “tío, prueba esa parte sin el eso que haces ahí. Quedará mejor”. Empieza a tener la sensación de que el cantante, al fin y al cabo y como se temía, es quien manda. Pero… también se puede ser un buen guitarrista rítmica, piensa. Se conforma con creer que sus riffs serán los más asesinos de la galaxia.

En los conciertos intenta llamar la atención de alguna forma (los solos quedaron atrás y hay que buscar nuevas vías de ataque), pero los sujetadores sólo le llegan al cantante. Maldita sea, reniega el guitarrista, algún día seré yo el líder y os vais a enterar. Lo que no sabe es que probablemente acabe tocando un instrumento similar a la guitarra pero que por norma general lleva un par de cuerdas menos.

El bajista, ese gran desconocido… que en realidad es quien manda

Lo diré desde el principio: no hay nadie que quiera ser bajista. Los bajistas son guitarristas reconvertidos, personitas que se ven relegadas a un segundo plano cuando el grupo en el que tocaba la guitarra se desmantela por incompatibilidades de carácter laboral y le acaban proponiendo eso de “¿te gustaría tocar el bajo con nosotros? Es el único miembro que nos falta y como es fácil y cualquiera puede tocar cuatro notas… qué, ¿te apuntas”. Y se apunta.

En cualquier caso, una vez en faena, el bajista en proyecto sueña con ser así:

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Pero acaba siendo algo similar a esto:

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El bajista deberá acostumbrarse a que nadie se percate de su presencia. No sólo en los conciertos, sino en las propias grabaciones. Nadie escucha el bajo. Nadie se preocupa de cómo suena o lo que está haciendo el bajista. Una prueba: pensad en un tema que os guste y tararead la melodía de voz. Ahora haced lo mismo con la guitarra. Probad a hacer el ritmo de batería. Todo bien. Ahora intentad tararear la línea de bajo. Imposible.

El bajista creerá al principio que su peso en la banda será grande. Al fin y al cabo él y el batería llevan el peso de los temas, ¿no? ¿NO? Pues no. Da igual. Si un día falta a un ensayo nadie lo notará. En los conciertos ya es otra historia, porque ahí hay que cargar trastos y salvo el batería el resto de miembros enseguida se dan cuenta que faltan manos cuando notan que los amplis pesan como elefantes.

Al final el bajista, harto de ser invisible para casi todo el mundo (su madre le sigue queriendo, por suerte), se mete a cantante.

El batería. Porque estar ahí atrás dando golpetazos tiene que molar

El que no quiere ser guitarrista quiere ser batería (ya hemos visto que lo de ser bajista es básicamente algo accidental). Eso de aporrear los tambores tiene que molar muchísimo. Además, si lo hace Justin Bieber no puede ser tan difícil.

El futuro batería se ve tocando así en dos semanas:

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Pero la cruda realidad le golpea con una sucia baqueta en la cara:

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Tras dos meses de práctica el batería ve que todavía le salen llagas en las manos (¿pero esto qué mierda es?) y que un tresillo no es sólo un conjunto de sofás, sino algo que no es capaz de tocar ni lo será porque es más complicado de lo que parecía, así que optará por centrarse en hacer ritmos sencillos, sí, pero hacerlos bien. Ya, sí… pero se irá de tiempo.

En los conciertos se llevará la peor parte al tener que desmontar la batería, cargarla en el coche (demasiado pequeño para tanta historia), descargarla al llegar al sitio, montarla, probar sonido, tocar, desmontarla de nuevo (mientras el resto del grupo bebe sin parar), cargala en el coche (mientras el resto del grupo bebe sin parar), descargarla al llegar al local y montarla… no, montarla otro día, que no son horas. ¿Seguro que es una buena idea tocar la batería? ¿Ahí atrás del todo y sin que la gente tenga la menor idea de que estás haciendo un patrón irregular que podría hacer polvo el cerebro de cualquier mortal?

Dejaos de mierders, yo lo que quiero es cantar

Olvidaos de todo lo demás: ser cantante es lo suyo. El cantante no tiene que cargar trastos pesados (siempre se puede hacer el loco con el móvil en momentos clave), no tiene que aprender a poner los dedos sobre un mástil de tal o cual manera ni tiene que preocuparse por saber cómo narices se hace un paradille o qué hay que comer para darle al doble combo como Raymond Herrera. En los conciertos basta con que llegue a tiempo y se ponga delante del micro. No es necesario cantar bien. ¿Os suena Kurt Cobain?

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