Marissa Nadler — July

Llegas un día a casa, completamente revolucionado después del primer día de colegio. Ponle que estás en segundo o tercero (de EGB o Primaria, al gusto). Tu madre lo percibe, que para eso es tu madre y te ha parido. En principio no le da demasiada importancia, pero al notarte callado durante la merienda, como ensimismado, indaga con mayor ahínco. ¿Quizás el profesor nuevo?. No. ¿Que te quedas en el comedor del cole?. Tampoco. ¿Una chica?. Sí, mamá. Una chica. Te has enamorado. Te ha dado una cuchillada tan punzante que parece más propia de la adolescencia que de la infancia (en realidad, ponedle a la mierda esta de ejemplo la edad que queráis). ¿Qué, mamá?, ¿que cómo se llama?. Marissa. No, Marissa con dos eses, me ha dicho. Marissa Nadler.

July desapareciendo entre tus brazos

July supone el sexto disco de la artista de Boston (si dejamos sin contar Ep’s), que lleva una carrera absolutamente incontestable. No es, su última referencia, que saldrá a la venta a principios de febrero bajo el sello Sacred Bones (lugar en el que habitan gente tan grande como The Men, Crystal Stilts o Zola Jesus) una excepción. Un trabajo cuidadísimo, tan frágil que da hasta miedo abrazarlo, como July pide a gritos entre el frío de enero. Folk de muy alta calidad en el que, para los que no conozcáis a Marissa Nadler, los primeros momentos de ‘Drive’ os traerán de forma inmediata el nombre de su coetánea Sharon Van Etten a la cabeza. Aunque es cierto que Marissa debutó bastante tiempo antes que la propia Sharon.

Cuando algo empieza de forma tan redonda como July, tan brillante, es complicado que el resto no cumpla. Puede ser igual de atractivo, algo menos, incluso algo más. Pero cuando das vida a un tema tan absoluto, la calidad de lo que venga después se da por sentada. Y así es, aunque uno se pasaría horas escuchando el primer tema, en bucle, te vuelve loco sólo rozándote. Ni te mira directamente a los ojos, al igual que ‘1923’, a la que quieres abrazar, pero que no se deja. Que desaparece en cuanto te acercas a ella. Como cuando quieres hacer tuya una figura que el humo del vapor ha dibujado en el aire, para guardarla para siempre. Al querer cogerla, la destruyes.

Matáme suavemente, Marissa

Marissa Nadler es mi pastor, mientras escucho ‘Firecrackers’ nada me falta. Su voz me cubre por completo. Me resguarda del frío, me acurruca en una manta todopoderosa, en la que ni todo el frío de su Boston natal, o de la mismísima Siberia puede hacerme daño. Todo lo demás es secundario. Guitarras, autoarpas o pedal-steel, ni quieren protagonismo ni falta que hace. No necesitas nada más. Ni cuando la delicadeza busca un lugar para apartarse, en una esquina, y se torna inmediatez (‘We Are Coming Back’) July deja de estremecer, de ser la mejor noticia musical de lo que va de año, que no es mucho, claro está. ‘Dead City Emily’, el tema ya conocido antes del lanzamiento, atrapándote entre astros…

I saw the light today
Opened up the door
And the other man would run, run away
And we’re stuck inside the moon
And the other man would run, run away
And we’ll need something more

8.41/10

Los coros de ‘Was It a Dream?’, inundándolo todo de una encantadora devastación, de una intensidad y angustia que te dan la bienvenida y en las que deseas quedarte para siempre. El sutil y casi imperceptible crescendo de la gélida ‘Desire’, todo brilla de forma cegadora en July. Desde que las cuerdas toman por fin el dominio absoluto de ‘Anyone Else’ hasta que ‘Holiday In’ hace que nuestras fantasías se vayan a la mierda para siempre. O quizás sea el tiempo, pero nuestro corazón se queda vacío mientras ‘Nothing in My Heart’ nos anuncia la triste despedida. El punto final a un disco tan delicado y hermoso que hasta causa desazón. Fantástico.

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