Cuando haces un trabajo de forma repetida, rutinaria, llega un punto en que lo haces por inercia. Pueden conducir un autobús escolar, y cuando llegas al colegio te das cuenta de que cada cruce, cada semáforo, los has ido pasando sin darte cuenta, que incluso no recuerdas haber parado en aquella aldea en la que tan solo recoges, como todas las mañanas, a un par de enanos. Sería solo un ejemplo, pues vale casi para cada profesión. Tan solo un puñado de ellas exigen una concentración continua. Transcribir informes, arreglar fotos, prensar atún en lata, servir mesas o extirpar trayectos enfermos de colon. Cuando uno es profesional de algo desde tiempo atrás, desarrolla una capacidad especial para seguir haciéndolo mientras piensa en cualquier otra cosa, situada en un lugar muy lejano al del cuerpo presente.

Rugen las flores: un día cualquiera en la vida de McEnroe

Dentro de esa capacidad rutinaria, hay quien hace discos notables sin esfuerzo aparente. Y no digo que no hayan tenido que darle mil y una vueltas a sus neuronas McEnroe, pero la verdad es que llega un momento en la carrera de esta gente en la que parece con el piñón fijo puesto. Fabricando canciones enormemente notables con aparente facilidad. Rugen las flores (Subterfuge, 2015) no es una excepción. El quinto disco de los de Getxo repite sonidos, tendencias y habilidades. Y la voz de Ricardo Lezón, que obviamente es la de siempre, pero que consigue no cansarnos en absoluto, a persar de ese deje tan intransferible, tan afectado, tan atractivo. McEnroe han vuelto a hacer lo que saben: fusionar el rock y el folk de autor como muy pocos consiguen hacer por estos lares. Instalados en la notabilidad. Casi sin esfuerzo. Como quien lo lleva dentro, tan interiorizado que ni sabes cómo has llegado a parir otra belleza tan grande.

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La atmósfera que genera Rugen las flores se hace presente desde los primeros segundos de ‘Cae la noche’. Es como volver a casa, al lugar en el que nos encontramos a gusto. Por navidad, aunque el disco ya sea de abril y en esta casa lleguemos siempre tarde a todo. A las hermosísimas letras de Ricardo Lezón, autor del poemario Extraña forma de vivir este mismo año. Letras que te ponen a menudo el corazón enormemente encogido, como en ‘Rugen las flores’. Quizás McEnroe no sea el mejor grupo nacional a nivel melódico ni letrístico por separado. De hecho, seguramente no lo es. Pero sí uno de los más sobresalientes si sumamos ambas cosas y hacemos una media. Para muestra, la muy contenida ‘De madrugada’, con emoción que no llega a quebrar, otro tema brillante, en un trabajo que fue co-producido por Raúl Pérez (además de la propia banda), y masterizado por Roger Siebel, que había trabajado previamente con gente de la talla de Ron Sexsmith o Bill Callahan.

7.7/10

Y a partir de ese proyecto tan personal, McEnroe busca vestir sus composiciones con cualquiera que pueda darles un toque todavía más distinguido, como puede ser el caso de esas segundas voces aportadas por Miren Iza, a.k.a. Tulsa, en ‘Esta misma sensación de soledad’. Un complemento estupendo, pero no estrictamente necesario. Ahí está la reducción de ‘Vendaval’ a los elementos mínimos e imprescindibles. Una guitarra desnuda, unas percusiones discretas y, al final, el crescendo que piede a gritos. Una fórmula tan antigua como, cuando se plasma con ese buen hacer, efectiva. Tan bien entregada como todas sus compañeras. Una apuesta segura, la que se haga por McEnroe. Una banda de carrera intachable. De una de esas trayectorias que, incluso sin ser especialmente de tu gusto, se hace respetar enormemente, sea quien sea el oyente.