Melt-Banana — Fetch

Qué cultura esta la japonesa, hay que ver. Milenaria dice el tópico y no es éste ni el momento ni el lugar para cuestionarlo. Tradicionales hasta extremos que a un cristonazi colombiano, la raza dominante en mi país de adopción, sus costumbres le parecen pretéritas. Pero, como suele pasar con las sociedades que se autoreprimen de forma ideológica y costumbrista, por algún lado tiene que escapar la excentricidad que contiene, la cual crece, madura y se multiplica ante la dictadura de las apariencias y del ‘qué dirán de mí si yo lavo los platos mientras mi mujer ve los deportes…’

Y así es como nuestros amigos nipones escogen cine, música, videojuegos, y toda corriente artística alejada de la tradicional literatura, para dar rienda suelta no a lo peor de sí mismos, pero sí a ese yo que ocultan por el temor de ser tachados de algo que realmente son pero prefieren que nadie sepa. No son la única sociedad en la que la contradicción es constante, pero su tendencia a llevarlo todo al extremo hace que la diferencia entre el ser y el estar sea más grande que en ningún otro lugar del mundo.

Así es como transgreden normas aparentes en lenguajes como el cine o la televisión con un sentido de la violencia y del sexo un tanto escabroso e inmensamente cínico, siendo prueba de ello las obras de Takashi Miike, Takeshi Kitano o Kinji Fukasaku. Los japoneses son capaces de ser una de las sociedades más reprimidas del mundo y luego ser los más rupturistas en cuanto a manifestaciones culturales. Y es que la relación de los japoneses con la cultura es curiosa, mientras en occidente la cultura es la constatación de lo que somos (con la excepción de la cañí España), en Japón es la constatación de lo que quieren ser.

Probablemente por esto los japoneses sienten, en lo musical, esa inclinación inevitable a imitar a todo lo que triunfa en occidente pero añadiéndole el toque personal nipón, ese punto de esquizofrenia que hace que la copia deje de serlo y se convierta en adaptación furibunda, en interpretación personal por la ruptura de ciertos cánones y exageración de otros. El Post Rock, el Sludge, el numetal y hasta el Flamenco tienen su reintérprete japonés, todos fuera de la ortodoxia con la salvedad de los oníricos Mono. Y en este marco de adaptación que se torna realidad esquizoide se encuentran también Melt-Banana.

Un planteamiento que debe estallar en el directo

Antes de nada he de reconocer que hasta que Fetch se cruzó no tenía ni remota idea de la existencia del dúo formado por Yasuko Onuki e Ichirou Agata, no sabía de sus estridencias compositivas, de la avalancha ruidista que suelen desplegar sobre el escenario ni, por supuesto, sabía que iban a ser una de las bandas más divertidas que he podido escuchar este 2013.

Y es que es obligado reconocer que Fetch es todo un chute de adrenalina, es una inyección de optimismo rabioso que se se consolida a través de un armazón compuesto por actitud Punk, Noise arrollador pero poco sobrecargado y un curioso tratamiento de la melodía que, irremediablemente, dibuja una sonrisa en mi cara cada vez que la vocalista pokemon, Yasuko Onuki, se descontrola.

Y me gustaría subrayar esto del descontrol pues los temas mostrados en el primer álbum de estos japoneses en los últimos seis años no es más que una propuesta, un punto de partida para el mismo, es simplemente allanar el terreno para que la maquinaria arrolladora que son en directo cuente argumentos suficientes para salirse del guión de forma más aparente que real, abriendo los esquemas de sus propias canciones pero sin romperlos.

Esto se aprecia claramente, no sólo en la estructura de las canciones más incontenidas en el panorama del álbum, sino en la atmósfera que el mismo desprende, tratándose, probablemente, de un mero planteamiento que a pesar de todo no adolece de inconexión, incoherencia y logra mostrarse, sin embargo, como un disco con entidad unitaria más allá de la variedad de todo lo en él planteado.

Melt-Banana quieren hacerte bailar

Y todo este rollo al respecto del qué y del por qué es importante pero no menos que la verdadera intención que parecen tener estos japoneses: hacer que bailes y saltes como no lo has hecho en tu vida. Evidentemente, Fetch es un disco concebido con un objetivo claro y es aplastante frente a él aunque esto pueda provocar cierta polarización frente a lo que en él se propone, no ya solo en cuanto a valoraciones personales sino en cuanto a valoraciones temporales o circunstanciales.

Esto se debe a que es un álbum que no está concebido para un análisis sesudo ni para una escucha relajada, y ante panoramas como éstos evidentemente el álbum naufraga aunque debemos entender que ese no es su cometido. Fetch es moshpit y headbanging a la japonesa, es decir, todo mucho más frenético pero mucho menos tosco que los movimientos primitivos que sugieren las tradicionales bandas europeas.

Tras toda esa muralla levantada a fase de riffs cortantes y blastbeats desenfrenados se encuentra ese espíritu pop, tan personal pero omnipresente en toda manifestación cultural japonesa. Y es, precisamente, este espíritu pop el que se acaba convirtiendo en indisimulado aunque sutil protagonista desde la bailable y dulce apertura de ‘Candy Gun’ hasta el ejemplar cierre con ‘Zero’, del cual ya nos avisan en el ecuador del álbum.

Y entre los evidentes prólogo y epílogo pop crece un tsunami en el que Melt-Banana se tornan arrolladores en el tratamiento de la psicodelia (‘The Hive’) y su conjunción con el Noise más sutil (‘Infection Detective’) y efectos electrónicos pero siendo el Punk al chásis sobre el que todo se ensambla, siendo ‘Vertigo Game’ o ‘Left Dog (run, caper, run)’ ejemplos paradigmáticos y ‘My Missing Link’ el tema que, en su totalidad, mejor engloba lo que son Melt-Banana y qué ofrecen en Fetch.

8/10

Melt-Banana y Fetch como paradigma de que, a pesar del histrionismo omnipresente en toda adaptación japonesa de cualquier manifestación musical, el pop siempre sobresale, para lo bueno, como es este caso, o para lo malo. Disco ideal para que aquellos a los que nos crujen las visagras del espíritu volvamos a sentirnos adolescentes otra vez. Si tras escucharlo no te dan ganas de poguear es que estás muerto, háztelo mirar.

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