Metz parecen haber elegido el año de publicación de su disco debut con exquisita precisión. Un lustro después de su formación y primeros conciertos, el grupo canadiense, al menos aparentemente, sigue la estela de otras referencias de éxito unánime entre público y crítica especializada: Cloud Nothings, Japandroids, The Men, el noise rock, una actitud adolescente más orientada los noventa más ruidosos y mucha velocidad. Metz están ahí, manejando exactamente las mismas referencias, pero obteniendo un resultado ligeramente más decepcionante.

¿Sludge punk? No hombre, no

Ha causado cierto revuelo la etiqueta que una revista especializada norteamericana ha empleado para definir el sonido de Metz: post-hardcore sludge-punk. Sludge significa fango, que es exactamente a lo que sonaban las bandas que durante los primeros años noventa fusionaron ciertos elementos del doom metal y el hardcore. La banda paradigmática del estilo son Melvins, y en su música, pese a hallarse en algunos momentos determinados la agresividad clásica del punk, había más de metal que de hardcore. Todo sonaba radiactivo, deprimente y pesado.

Es posible que Metz vayan también por ahí, incluyendo nuevas referencias a las manejadas por sus compañeros de generación. Pero en su justa medida: Metz ofrecen un corte indie rock clásico, si bien la pesadez de sus guitarras y los riffs repetitivos invitan a evocar géneros más oscuros, intrincados y sugestivos. Metz tienen más deudas con el post-hardcore de The Jesus Lizard o de Drive Like Jehu que con unos Godflesh o Neurosis acelerados y catóticos. Quiero decir, Metz son más pop-punk que sludge. Mucho más. Por eso sludge-punk es una etiqueta engañosa.

Aunque su alegato punk, en algunos momentos con tintes muy pop, se esconda bajo capas y capas de distorsión acelerada, bajos gruesos, baterías monolíticas y voces desgarradas. No hace falta complicarse la vida: Metz son post-hardcore, hombre, del de toda la vida, aquel que se fijaba en el underground de los ochenta y reivindicaba nombres como Big Black, Minutemen o Hüsker Dü. Lo que los canadienses hacen no es nuevo. Ni siquiera disimulan. Es algo que hemos escuchado cientos de veces y que siempre ha funcionado. A ellos también, pero sólo a ratos.

Pensemos en el segundo disco de The Men, Leave Home, y en cómo la desazón existencial y el gigantismo de las canciones no eran mejor que el cúmulo de perlas melódicas, progresiones psicodélicas y punk emocional del estupendo Open Your Heart. O en Cloud Nothings, que han sabido adaptar el sonido de Wipers a unos cánones contemporáneos que, al menos, parecen más originales y reflexivos. O en Japandroids, que desde un punto de vista muy parecido al de Metz optan por la épica de la juventud y el histrionismo sentimental, repleto de coros y fuegos artificiales.

Unas intenciones demasiado evidentes

Metz no son tan divertidos. Sus canciones son muy elementales. Estruendo inicial, letras existencialistas y coros cantados desde el límite de la desesperación y un cúmulo final y muy ruidoso de distorsiones, ruidos extraños y riffs repetitivos. Demasiado repetitivos. La propuesta no está mal, especialmente en canciones muy vistosas y excitantes como ‘Wet Blanket’ o ‘Wasted’, pero a ratos peca de demasiado efectista (‘The Mule’). Por momentos las canciones parecen poco naturales.

La propuesta es tan monolítica y tan evidente que invita a arquear una ceja con demasiada frecuencia. Es posible que ‘Negative Space’ sea una gran canción, pero termina resultando obsoleta. Metz quieren sonar tan grandes y excesivos que todo termina pareciendo una excelente obra teatral, correcta en la ejecución pero falta de autenticidad, de alma. En algunos sentidos, adolecen del mismo mal que Pop. 1280: una pose demasiado pronunciada induce a la sospecha. Pensemos en los títulos de las canciones y en cómo pretenden transmitir ya angustia, oscuridad y desesperación. En pleno siglo XXI, Metz son demasiado explícitos.

‘Headache’, ‘Sad Pricks’, ‘Rats’, ‘Nausea’, oh sí, Metz, sois unos tipos turbados. Pero no es necesario que lo mostréis con tanto ímpetu, que os ufanéis en recordarlo en cada canción. Los auténticos tipos duros no necesitan ser tan obvios. Y tampoco parece que la música de Metz sea el resultado de una auténtica y profunda enajenación mental (como el Slaughterhouse de Ty Segall), por lo que su disco debut resulta interesante, bien, pero fallido. Lejos de las bandas con las que debería codearse, por la simplicidad de su propuesta y lo romo de muchas de sus canciones.

6/10

En todo caso, Metz ya tienen una base interesante y manejan una serie de influencias que, exploradas con más valentía, y no limitándose a copiar lo que miles de bandas post-hardcore ya hicieron en el pasado, les podrían llevar a resultados mucho más interesantes. No es un debut más, eso está claro, pero precisamente por eso deberíamos ser más exigentes con ellos. Si hay talento deberían tratar de demostrarlo. Es relativamente sencillo subir la ganancia al 10 y sonar pesado. Los ganchos y la inversión emocional son mucho más difíciles.

Metz — Metz tracklist

  • 01. Headache
  • 02. Get Off
  • 03. Sad Pricks
  • 04. Rats
  • 05. Knife in the Water
  • 06. Nausea
  • 07. Wet Blanket
  • 08. Wasted
  • 09. The Mule
  • 10. Negative Space

 

 

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