Con el paso de los ochenta a los noventa hubo un cambio radical en el tratamiento de la música en la televisión, cambio que ha acabado suponiendo que, ésta que es nuestra gran pasión, haya acabado siendo relegada a un lugar completamente residual en la actualidad. Evidentemente, la edad de oro de la televisión musical patria fue en los años ochenta gracias a la archiconocida ‘Movida Madrileña’ y, conforme la misma se fue apagando y el pensamiento único comenzaba a girar en otra dirección, la música comenzó a perder su sitio en la caja tonta.

No pretendo en este espacio intentar disertar al respecto de un proceso lento, pero que no hizo pausa hasta que no acabó con la música en el prime time de nuestra televisión, o para acabar usándola como una mera excusa para la repugnante telerralidad, pero siempre he pensado que el germen se encuentra, precisamente, en aquellos titiriteros que permitieron el ascenso a la fama de muchos de nuestros artistas de cabecera durante la década de los noventa.

Sabiendo aprovechar un movimiento artístico encabezado por jóvenes, como fue el movimiento Grunge y todo lo asociado con la Generación X, los gigantes de la industria del entretenimiento (y gigantes de los grandes imperios de la comunicación) supieron aprovechar un movimiento encaminado a derribarlos para hacerse más fuertes en los años del inicio de la era digital, aumentando, como nunca hasta ese momento, su poder de influencia a la hora de decidir qué se escuchaba y cuándo se escuchaba.

Y así fue como se acabarían aprovechando de todas estas bandas de jóvenes descontentos para enriquecerse en la edad de oro de la televisión musical internacional gracias a la MTV (aunque como he apuntado en España la televisión musical ya estaba en proceso de desaparición) para, posteriormente, deshacerse tanto de bandas como del concepto general como si de muñecos rotos se tratase.

Como os podéis imaginar esto acabó teniendo sus consecuencias ya que, con el cambio de siglo, el ‘supuesto’ carácter democrático que la televisión musical había tenido hasta el momento pasó a ser una férrea e indisimulada dictadura en la que solo tendrían espacio aquellos artistas que garantizasen ingresos a la propia industria, cuestión que, evidentemente, acabaría por matar la televisión musical por el hastío del público y el conservadurismo ‘teledirigido’ de los programas supervivientes.

Nada queda ya de la efervescencia musical de entonces, ni siquiera la MTV tiene ya música en su parrilla, y la causa de todo ésto se encuentra en los años noventa, últimos años en los que pudimos disfrutar de la televisión musical de calidad, siendo éste, probablemente el último gran programa de música en la televisión patria.

Mamá Ladilla — Requesound (1999)

Primer contacto
Sería precisamente en televisión que oiría hablar por primera vez de una banda como Mamá Ladilla. Asiduos de un programa de entrevistas (el añorado Lo + Plus), supongo ahora que gracias a que mediaba cierta amistad con alguien del equipo, los de Juan Abarca presentaron en él dos de sus discos: Naces, Creces, te Jodes y Mueres y, el aquí destacado, Requesound.

Contextualización
Y gracias a Requesound me haría seguidor de una banda a la que siempre he considerado como ‘Punk Progresivo’ por muy paradógicos que resulten ambos conceptos. Y todo ésto porque Mamá Ladilla jugaban con ventaja al contar con un letrista como Juan Abarca, el cual jugaba con el lenguaje con la misma soltura que estrujaba su guitarra, desestructurando el castellano mientras desestructuraba el Punk para hacer con él lo que le daba la gana. Y 1999 fue el momento en el que su propuesta llegaría a su momento cumbre, siendo ‘Mi nave Mix’ la demostración de que Mamá Ladilla podían hacer un A Change of Seasons si querían (que nunca fue el caso).

Impacto y relación post 90's
Requesound sería el comienzo de una relación que dura hasta nuestros días, convirtiéndose Mamá Ladilla en una especie de consejeros espirituales para mí gracias a que se trata de la única banda patria que ha escrito una canción dedicada a cualquier situación que te pueda acontecer en la vida, por surrealista que parezca. Es la genialidad de ser increíblemente cotidiano y conocer, y retratar, la estupidez de la humanidad como nadie ha hecho nunca.

Tool — Aenima (1996)

Primer contacto
Herencia de mi pasión por el sonido Seattle sería mi curiosidad por ahondar en la discografía de una banda de la que solo poseía el EP Opiate y a la que durante mucho tiempo asociaría, erróneamente, al universo grunge. Lateralus me abriría los ojos en cuanto a conceptos, pero Ænima ya había hecho el trabajo sucio: engancharme a la banda de Maynard James Keenan.

Contextualización
Porque en años de auge de todo lo que ahora conocemos como Rock Alternativo (y demás etiquetas absurdas), Tool supieron hacerse un nombre mediante una propuesta mucho más enrevesada que lo que era canónico en esos tiempos pero mostrando la irreverencia en lo letrístico que había puesto de moda el efecto Parental Advisory. Ænima destacaría por estos dos factores y otros muchos más, quedando su impronta ligada a lo más glorioso de una década que significaría el albergue de las últimas obras maestras lanzadas en el mundo de la música. ‘Eulogy’, ‘Hooker with a Penis’ o ‘Third Eye’ mostrarían todos los reversos en los que se escondería el espíritu de Tool, un espíritu cuya impronta sobrepasaría la frontera de lo generacional.

Impacto y relación post 90's
Entrados en la siguiente década llegaría, gracias a Lateralus, la confirmación de que Tool eran la banda más grande del momento a pesar de no llenar estadios y de ser mucho menos prolíficos que sus compañeros de generación. La influencia de Maynard se haría patente en cientos de bandas, aquellas cuyos vocalistas no eran más que unos simples imitadores en lo vocal de éste. En 2006 llegaría un parón que me acabaría alejando de una banda que de haber tenido continuidad podría ser de mis favoritas. Su discontinuidad y la maraña de imitadores, dos factores que me acabarían llevando a cierto hastío, del que aún no he logrado salir.

Hamlet — Revolución 12.111 (1996)

Primer contacto
Como supongo os habrá pasado a muchos, la llegada al instituto fue, probablemente, el mayor cambio de nuestra vida. Y es que el paso a estudiar fuera del colegio suponía el sentirse mayor por primera vez, suponía ver cosas a tu alrededor que no conocías hasta el momento, suponía compartir cambios en tu físico y tu personalidad junto a tus compañeros, suponía comenzar a ser rebelde frente a tus padres y frente al resto… Y en mi caso supuso encontrarme con Hamlet.

Contextualización
Porque dentro de esa rebeldía que es inherente a la época en la que empiezas a sentirte capaz de todo e inferior a nadie se encontraba la necesidad de experimentar con sonidos cada vez más potentes y con lenguajes más contestatarios y directos. Y es en ese lugar donde Hamlet me ofrecieron todo lo que buscaba. Himnos generacionales como ‘J.F.’ o ‘La Pesadilla’ respondían a esa necesidad de plantar cara al mundo y a las injusticias que abundan en él, siendo la cara ‘violenta’ de la música la vía de escape a la adrenalina que todo adolescente tiene necesidad de descargar.

Impacto y relación post 90's
Tres veces tuve la oportunidad de ver a Hamlet durante la gira de Revolución 12.111 siendo cada concierto más violento y extenunante que el anterior. Hubo unos años en que era un fijo en todos los pogos, sin importar lo violento y desigual (por físico) del asunto. Varios dientes rotos y una costilla fisurada fueron testigos de una afición que abandoné hace tiempo, cuando me di cuenta que desde el anfiteatro la música se disfruta mejor. El problema es que en ese caso, lo ofrecido por Hamlet, palidece frente a propuestas mucho más complejas.

Rage Agains the Machine — Evil Empire (1995)

Primer contacto
Como parte de ese asiduo grupo de mocosos que se había adueñado del ‘fondo a la izquierda’ de uno de los garitos de mi pueblo, todos compartimos, primero sorpresa, y después devoción, por una canción en cuyo estribillo los más viejos del lugar gritaban, ‘que me chupen la polla’. Rage Against The Machine era la banda y Evil Empire sería uno de los discos que me marcarían esos años.

Contextualización
Porque ese cocktail compuesto por las incenciarias letras escupidas por Zack de la Rocha y los malabarismos al mástil de Tom Morello, alcanzaría su mayor expresión en temas como ‘People of the Sun’ o ‘Bulls on Parade’, los cuales igualan o superan a algunos de los mostrados por el debut de la banda estadounidense. Y como era de esperar, un púber con más corazón que cabeza revolucionaria no podía evitar caer en la trampa en tiempos en los que el Rock contestatario vivía su edad de oro a raíz del descontento de la Generación X.

Impacto y relación post 90's
Conforme fui adentrándome en la veintena, Rage Agains the Machine pasaron de ser una realidad a un mero recuerdo ligado única y exclusivamente a la necesidad del joven de sentirse y ser más rebelde que el resto. The Battle of Los Ángeles me pilló ya bastante desligado de todo ello, y la reunión de hace unos años me acabaría resultando indiferente.

Morente y Lagartija Nick — Omega (1996)

Primer contacto
El que sería mi primer disco de flamenco y el que más escucho y escucharé nunca, llegaría a mis manos gracias al empeño paterno en darle una oportunidad a un género que siempre me había resultado ajeno. Evidentemente la participación de los granadinos Lagartija Nick haría el resto, pues ya entonces era seguidor de ellos gracias a discos tan innovadores como SuInercia.

Contextualización
Y es que era bastante complicado que un muchacho de mi edad, y con las inclinaciones musicales que habéis podido ver hasta el momento, se sintiese atraído por un género alejado en demasía de las formas y los medios que hasta el momento había frecuentado. Sin embargo Omega ofrecía un espectacular acercamiento entre dos mundos como el Flamenco y el Rock, quizás un tanto barroco de cara a un neófito como yo, pero que te atrapaba una vez entendías de qué iba el juego. El tema homónimo servía de cebo rockero para una trampa en la que hasta los temas más puramente folklóricos eran un soberbio canto de náyade. Y ‘Manhattan’, el éxtasis hecho canción.

Impacto y relación post 90's
Omega sería el primero de muchos discos de Flamenco que acabarían cayendo en mis manos. Ninguno con la entidad de éste, pero todos deudores de la valentía demostrada por el maestro Enrique Morente. Sigo sin ser más que un neófito perdido ante una galaxia de obras a las que no entiendo en su mayoría, pero lo poco que sé, se lo debo al difunto maestro granadino. El primer músico español por cuya muerte he derramado lágrimas de pesar. Y puede que el último.

The Offsping — Smash (1994)

Primer contacto
En uno de esos pogos en los que me vi inmerso en el garito de moda en mi pueblo fue donde escuché por primera vez ‘Bad Habit’, un tema compuesto estrictamente para brincar como un poseso y desgañitarse de la mano de la pegadiza voz de Dexter Holland. Evidentemente esperimenté unas ganas irrefrenables por hacerme con Smash, el disco de los pogos por antonomasia.

Contextualización
Porque Smash era el espíritu adolescente hecho música. Sencillez y frenesí, temas coreables 100%, espíritu desenfadado y un líder que parecía destinado a convertirse en el verdadero sucesor de Kurt Cobain (obviamente no acabó siendo así). Sería una de mis pocas experiencias con el Punk, un movimiento con el que no lograría conectar nunca a pesar de alabar muchos de sus principios ideológicos. Pero claro, no conectar con ‘Genocide’ era totalmente imposible.

Impacto y relación post 90's
Y a pesar de que la edad se acabaría convirtiendo en una gran barrera, sería la deriva compositiva de The Offspring el factor que definitivamente me alejaría de la única banda Punk a la que he seguido de forma no puntual. Aún disfrutaría mucho con Ixnay on the Hombre, pero a Americana no le encontré la gracia con 17 años y decidí no volver a buscársela nunca más. Como muchas otras bandas de este monográfico, quedarían ligadas a un momento concreto de mi vida, pero el revivir esa época de la mano de The Offspring en el concierto de 2008 al que asistí, es uno de los momentos musicales que recuerdo con más cariño una vez pasados esos años.

Anathema — The Silent Enigma (1994) y My Dying Bride — The Light at the End of the World (1999)

Primer contacto
Ya con el Black Metal como realidad en mi círculo de amigos (no conviene olvidar el bombardeo al que famosas publicaciones nos sometieron con Cradle of Filth y Dimmu Borgir a partir de 1998), el mundo inexplorado del Doom Metal se abriría ante mis ojos gracias a la ahora risible Black Light, de la cual fui suscriptor durante unos cuantos años. Mucho perdí el tiempo navegando entre grupos Doom o gótico de medio pelo hasta que di con Anathema y My Dying Bride.

Contextualización
Y a decir verdad es lo más normal pues Anathema y My Dying Bride formaban un triunvirato indivisible junto a Paradise Lost, de los cuales ya tenía noticias por la polémica creada por Host. Sin embargo, lo de estos dos álbumes, seminales en el nacimiento (The Silent Enigma) y desarrollo (The Light at the End of the World) de lo que ahora conocemos como Funeral Doom Metal, se tornó especial pues ambos, con sus obvias diferencias, ofrecían una perspectiva del Metal desconocida para mí hasta ese momento, un Metal escrito para disfrutar de sensaciones como la tristeza, la asfixia y, por qué no, el miedo.

Impacto y relación post 90's
Obviamente no se convirtieron en álbumes de escucha recurrente por cuestiones obvias, pero sí que tuvieron una importancia capital no ya solo en la forma de disfrutar la música en años posteriores sino que ambos supusieron una válvula de escape ante determinadas situaciones. Reconozco que he regresado más veces a The Silent Enigma que a The Light at the End of the World, pero ello no quita que el disco de My Dying Bride me siga estremeciendo cada vez que lo escucho a oscuras.

Y éste es el final al repaso de mi década de los 90, cómo viví esos años y cuáles fueron los discos que más identifico inicio y final de mi adolescencia. Vosotros tendréis otros discos asociados a esos años y estos 25 son los míos. Ni siquiera son los que ahora más escucho ni los que mejor valoro años vista, solamente son los que jugaron un papel reseñable en mi proceso de educación musical.

Me ha dolido dejar fuera algunas cosas y otras las he obviado de forma voluntaria pues uno tiene ya una ‘reputación’ que mantener. A pesar de todo se cumple lo que os contaba al principio del monográfico: ésta es mi educación musical y, como tal, demuestra aciertos y demuestra errores, muchos errores. Como bien sabéis, errar es de sabios, aunque lo realmente importante es aprender de los errores y crecer gracias a ellos. Y el resultado de este aprendizaje es de lo que vengo a hablaros frecuentemente.

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