Mogwai — Rock Action (2001): saber quién eres

“Robbie Williams debería pegarse un tiro. No, en serio, Robbie Williams debería pegarse un tiro donde el sol no brilla y desangrarse hasta morir. O mejor todavía, a Robbie Williams deberían arrancarle el corazón por un orificio que habitualmente no recibe demasiado aire”.

Eso decían Mogwai en una entrevista con Spin en 2001 a propósito del lanzamiento de Rock Action, en la que después arremeterían también contra Axl Rose, Creed o Fred Durst. Ahora que los consideramos casi como parte del paisaje puede parecer extraño, pero también Mogwai tuvieron su momento (en aquella revista compartían protagonismo con lo nuevo de Tool y R.E.M.) y también tuvieron su personaje mediático, el de escoceses borrachos malhablados, dispuestos a rajar de casi cualquier otra banda fuera de su puñado de ídolos y convencidos de que su música era de las mejores, y sobre todo de las pocas realmente relevantes, que se hacían en el mundo en aquel momento.

Rock Action, el momento dulce de Mogwai

Jamás han sido estrellas, pero con más de 100.000 copias de Come On Die Young recién vendidas, aquel año están probablemente en el punto más alto que jamás hayan alcanzado en su carrera, ése en el que cuentan con un respeto casi unánime, no dejan de sumar seguidores desde que su debut sorprendiera agradablemente y no han dado todavía un verdadero paso en falso como para que algunos consideren empezar a bajarse ya del barco. Lejos de eso: lanzan un excelente tercer disco, uno capaz de mirar de frente a ese debut que, de la misma forma que los catapultó a la fama, los ha tenido también de rehenes en cierta forma hasta el día de hoy.

“Muchos de los grupos a los que saqueamos nunca llegaron al tercer disco”, decían en otra entrevista de la época, refiriéndose evidentemente a My Bloody Valentine y Slint (y quién sabe si de paso también a Portishead). Ellos sí habían llegado, pero después del ligerísimo resbalón que supuso el acercamiento al slowcore de Come On Die Young era el momento de pararse y reflexionar, de tomar decisiones. Y eso, decidir qué banda querían ser, es algo que Mogwai siempre han hecho muy bien, sobre todo cuando era realmente trascendente: mañana podrían sacar un disco de versiones de Ace of Base y a nadie le importaría demasiado, pero en aquel momento se jugaban el ser o no ser y la apuesta, de nuevo con Dave Fridmann a la producción, resultó ganadora.

Expandiendo horizontes

El disco que lleva el nombre del sello del grupo, bajo el que han editado todas sus referencias, es el del título que puede ser tomado a broma, aunque (como siempre con ellos) nunca se sabe bien del todo. ¿Ni acción ni rock? Pues tampoco necesariamente: parece que no hay demasiada acción, pero la sensación final sí tiene mucho de experiencia vivida, y parece que tampoco hay demasiado rock, pero todos sus elementos están ahí, aunque sea reordenados de una estudiadísima y muy especial manera. Es un álbum calmado, tranquilo, donde el oyente parece estar más a resguardo de las tormentas sonoras (aunque tampoco debe confiarse), pero dotado de una indudable intensidad, de una particular energía.

Mogwai no derrumban sus propios cimientos, pero al subir su apuesta aumentan el espacio del que dotan a su música. Aligeran la oscuridad, reducen la claustrofobia y expanden la gama de sonidos: entran más guitarras, violines, banjos, incluso letras, que dejan de ser la excepción y se convierten en un instrumento más. Intentan tomar caminos tortuosos, dan marcha atrás cada vez que las guitarras o las voces les van a llevar a terrenos clásicos y crean ambientes más complejos y densos que nunca hasta entonces. Ahí está por ejemplo esa ‘Dial: Revenge’ donde Gruff Rhys de Super Furry Animals canta en gáelico inspirado por una poderosa imagen: cuando un galés descuelga el teléfono en una cabina inglesa en la pantalla aparece la palabra Dial, que en su idioma significa “venganza”.

Y la fórmula sigue funcionando

El mayor triunfo de Rock Action es combinar ese cripticismo, esa permanente negación con una aparentemente sencilla fluidez, con la capacidad de armar canciones y un disco con tan exigentes (y autoimpuestas) reglas. Lejos de descarrilar, de caer en el letargo de lo excesivamente recargado, el disco construye una lánguida belleza, una frágil melancolía que ejemplifica a la perfección la hermosísima ‘Take Me Somewhere Nice’, donde colabora (precisamente) David Pajo y cuyo comienzo (esa guitarra acústica, ese Ghosts in the photograph / never lied to me) fija perfectamente el tono del resto del relato.

Pero esto no es, ya lo decíamos antes, una revolución. Ni mucho menos. De hecho, gran parte del metraje se va en esa épica historia en dos actos (separados por un breve intermedio) que componen ‘You Don’t Know Jesus’ y ‘Two Rights Make One Wrong’, clásicas y reconocibles piezas Mogwai de calma-tempestad-calma, con explosiones ruidosas y silencios inquietantes, canciones para conducir de noche e invadir Polonia que demuestran seguir haciendo como nadie. Es ese equilibrio entre lo bueno de lo conocido y lo fantástico del paso adelante lo que convierte a Rock Action en el monumental álbum que termina siendo, en la segunda y última ocasión en que Mogwai construirían algo realmente memorable sin peros. Termina ‘Secret Pint’, esa especie de marcha fúnebre atemporal y desvaída, y uno descubre que, a pesar de los renglones torcidos, la banda ha llegado a su destino, aunque (como en el resto del disco) te quedas con una extraña sensación de irrealidad, incapaz de saber bien si esa música la has escuchado o sólo la has recordado.

8.6/10

Las claves de por qué Mogwai están a tanta distancia de la mayoría de sus discípulos están en este disco, en su complejidad, en su innovación y en sus ganas de encontrar nuevas vías. Su capacidad para conciliar grandeza e intimidad, lo bello y lo inquietante, dentro de una provechosa ambición lo convierten en el segundo disco imprescindible de la banda.

Discografía de Mogwai