Moon Duo — Shadow of the Sun

Todos hemos tenido en nuestra pandilla a un tipo como Ripley Jonhson, con su esquelética y quebrada figura, sus barbas enredadas que parecen nido de golondrina y un característico olor a hierba mezclado con uña. Todos hemos llegado a pensar en algún momento qué narices hacíamos junto a él, junto a un tipo al que parecía no importarle nada, ni a dónde iríamos una vez acabásemos el instituto, si lo lográbamos, ni qué haríamos después de vaciar la botella de whisky. Bueno, a esto segundo sí, su respuesta escueta y sorda era encender un piti o ir a comprar otra él solo. O ambas.

Y sin embargo ahí seguía, al lado. Sin que ninguno lo llamásemos, como una especie de ánima que cobraba entidad corpórea en cuanto uno comenzaba a calentar el chocolate, a desmenuzarlo. Generalmente era complicado darse cuenta de que estaba ahí, no hablaba, no tosía, no competía por llevarse a las chicas. Pasaba totalmente desapercibido, se mimetizaba con el paisaje decía uno de mis amigos. Se mimetizaba sí, pero tenía un imán para el canuto que pasaba de mano en mano, en cuanto te descuidabas ya estaba en su poder, sentenciado, abocado a un final en el que el olor a yerba era la única señal de lo que acababa de suceder, una señal que, todo sea dicho, era una especie de nube que lo rodeaba, que lo circundaba.

Nuestro Ripley Johnson apenas hablaba pero cuando lo hacía tenía momentos brillantes, hilarantes. Administraba sus palabras como si la energía gastada le supusiese renunciar a un veloz movimiento para interceptar el próximo canuto. Escuchar su voz era infrecuente, era sorpresivo, era algo que solía ser un acontecimiento. Había que prestar mucha atención, agudizar el oído pues era complicado entenderle, el ruido de fondo solía ahogar sus palabras, esas dosis de sabiduría lisérgica que quería compartir con nosotros.

A veces no sabíamos si contemplaba o dormía, absorbido por el sofá de turno, camuflado gracias a sus estrafalarias ropas. Más de una vez alguien fue a sentarse donde estaba él, en reposo, abrigado con la funda floreada del sofá. Apenas reaccionaba, solamente mostraba desaprobación pues alguien parecía haberse atrevido a perturbar su hibernación, una mirada, vidriosa, avisaba de que uno tiene que mirar bien dónde va a ubicar su trasero. No porque ahí estuviese él, sino porque vete tú a saber qué podría estar haciendo en ese momento. Pánico.

Todos hemos tenido en nuestra pandilla a un Ripley Johnson y todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando, por sorpresa, comenzamos a verle frecuentar compañía femenina. Será su hermana, decía uno. Será su prima, y asentíamos todos. Pero no, el barbas se había echado novia, y lo más sorprendente es que parecía una persona normal, aseada, habladora, un ser vivo. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cuándo? Esas eran las preguntas que nos hacíamos, preguntas a las que no éramos capaces de encontrar respuesta. Nuestro Ripley Johnson era un enigma, de pronto nos habíamos dado cuenta de que no sabíamos nada de él. A dónde iba cuando cerraban el garito, a qué se dedicaba cuando el sol estaba en lo alto, dónde se encontraba su ataúd y por qué no le afectaba el ajo.

Y nuestro Ripley Johnson comenzó a dejarse ver cada vez menos. Puede que indignado por nuestra sorpresa, puede que ocupado en cosas más interesantes que convivir con nuestra indiferencia anterior y nuestra curiosidad entonces presente. Sus pintas fueron cambiando paulatinamente, movido por esa diosa que parecía haber insuflado vida a un ente inanimado, un ente en letargo más aparente que real. Decían por ahí que había montado una banda junto a ella, que resultaba que sabía tocar la guitarra. Su actitud había cambiado, y también su voz, ahora más audible, más protagonista, joder, su voz existía.

Evidentemente su música era lo que todos podíamos esperarnos, era la general muestra de que la música que creamos es lo que llevamos en el alma, y ahí es imposible engañar a los demás. Riffs machacones, pesados, que se perdían entre el humo, que se desvanecían en la atmósfera. Su chica lo vestía todo, lo arreglaba con sus teclados, a veces festivos, generalmente mortuorios, lóbregos, con un toque ochentero que lo aderezaba todo con espíritu serie B. Todas las canciones parecían iguales, misma estructura, misma batería electrónica, misma intención y mismo efecto. Acababa la primera, comenzaba la segunda y no nos habíamos dado cuenta. El disco se acababa y el reinicio automático no suponía ninguna sorpresa, alargaba una sesión que era sorprendentemente divertida.

Nuestro Ripley Johnson había creado una máquina previsible pero muy disfrutable. Divertida, bizarra en determinados detalles, adictiva. Y ahí fue cuando lo comprendimos todo. Todos hemos tenido un Ripley Johnson en nuestra pandilla, un tipo extraño, enigmático, adusto en su relación con nosotros pero siempre presente. Un tipo que al final hizo lo que muchos hubiésemos querido, con quien muchos hubiésemos deseado. Todos hemos tenido un Ripley Johnson en nuestra pandilla. Tú, tú también. Todos. Es más, ha habido y hay tantos Ripley Johnson que más de uno de ellos estará leyendo esto en este momento. Porque tú puedes haber sido también Ripley Johnson. O tú. O yo. Bueno, yo no, que por más que lo he intentado no he sido capaz de hacerme con las seis cuerdas de mi guitarra.

7.4/10

PD: esto viene a ser una poco habitual crítica para Shadow of the Sun (Sacred Bones, 2015), el tercer disco de Moon Duo el cual conocerá la calle el próximo 3 de marzo. A disfrutarlo, como siempre, en su previsibilidad Ripley Johnson no defrauda.

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