Mount Eerie — A Crow Looked at Me

Otro trabajo hecho desde el dolor más brutal


Death is real
Someone’s there and then they’re not
And it’s not for singing about
It’s not for making into art
When real death enters the house, all poetry is dumb.

Lo de escribir canciones desde el dolor es más viejo que la música. Últimamente, además, tenemos ejemplos casi incontables. Desde el hijo de Nick Cave, a las madres de Sufjan Stevens o Sampha, pasando por el más difícil todavía de David Bowie o lo que quiera que pueda nacer del fallecimiento de la compañera vital de Tom Yorke.

El julio pasado murió tras un cáncer de páncreas la artista Geneviève Castrée, a quien conocemos por ser pareja de Phil Elverum, a.k.a. Mount Eerie. Dejó una hija de un año. No voy a mentir: es difícil acercarme al nuevo disco de Phil, A Crow Looked at Me (P.W. Elverum & Sun, 2017) sin interpretarlo un poco en clave personal. Y sin que un nudo en la garganta y unos segundos de asfixia te invadan.

Como en tantos otros casos, Mount Eerie utiliza la creación artística como una suerte de terapia: en lugar de masticar mi duelo en la consulta de un psicólogo, lo hago en la habitación en la que falleció el amor de mi vida. Utilizando, además, los instrumentos que a ella pertenecían. El vómito de una tristeza que Elverum siempre consigue interpretar de forma personalísima, incluso esperanzada entre la mayor de las oscuridades y el fango.

A week after you died a package with your name on it came
And inside was a gift for our daughter you had ordered in secret
And collapsed there on the front steps I wailed
A backpack for when she goes to school a couple years from now

Es difícil escuchar un disco, cualquiera del pasado de Mount Eerie, y no dejarse llevar por un universo que tan solo un puñado de genios consigue crear. Es muchísimo más difícil que con A Crow Looked at Me las lágrimas no asomen en los ojos de cualquiera que no esté muerto por dentro desde el desgarrador inicio con ‘Real Death’. Dejándonos de mierdas de que “ella querría que todos estuviésemos felices” cuando no podemos sentir más que la mayor y más profunda de las tristezas. Cuando en cada acorde estás dejando fluir todo el dolor que te invade, más todavía cuando observas a tu hija, que presencia ignorante todo lo que está ocurriendo.

Elverum, que tampoco es que haya sido amigo nunca de grandes derroches sonoros, opta en A Crow Looked at Me por acompañamientos musicales extremadamente desnudos. Una guitarra y solo en ocasiones excepcionales algo más. Como si uniese su dolor a las propuestas de Mark Kozelek para acabar entregando un disco que él necesitaba. Seguramente, mucho más que nosotros. Porque no creo que a Elverum le importase una mierda otra cosa que no fuese charlar con Geneviève en su habitación. Llevar un acto íntimo a que cualquiera pueda escucharlo porque, en pleno luto, Elverum ha dejado claro que no siente que nada ya le pertenezca y que él ya no pertenecerá a nadie. Así nace el disco, y por eso es de dominio público.

Our daughter is one and a half
You have been dead eleven days
I got on the boat and came to the place
Where the three of us were going to build our house if you had lived

Y lo que incluye A Crow Looked at Me es una serie de historias de amor, luto y pena. Lo que toca, claro, pero no por ello deja de ser inabordable para quienes quieran acercarse a la música desde un punto de vista más hedonista. Ni siquiera se encuentra la ironía habitual en muchas de las composiciones de Elverum. ‘Seaweed’, ‘Ravens’ (puro Kozelek) o ‘Swims’ son mucho más que canciones. Son puñales directos al lugar en el que se sitúe la alma. Son instrumentos llenos de daño y, sin embargo, con finalidad más o menos sanadora.

Mount Eerie ha creado un disco para leerlo, casi más que para escucharlo. Cualquier lugar en el que encontréis las letras de A Crow Looked at Me debe servir para acompañar a su escucha. Quizás haga daño, quizás (incluso) no sea ni mucho menos el mejor disco de Mount Eerie, pero es toda una lección vital. No sé si realmente necesaria, pero infinitamente bella.

7,88/10

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