Musk Ox — Woodfall

Nathanaël Larochette, el cerebro que se esconde tras Musk Ox, es una arreglista de cierto recorrido dentro de la escena Metal contemporánea. Quizá ahí se encuentre la razón de la repentina y poco común popularidad de su proyecto no-en-solitario — junto a Larochette, guitarra, dos miembros del grupo tocan el cello y el violín — , frecuentemente reseñado y ensalzado por el amplio espectro mediático que cubre el género. El multi-instrumentalista canadiense ha colaborado con bandas de la talla de Agalloch en, por ejemplo, su último trabajo, The Serpent & The Sphere (Profound Lore, 2014), algo que no debería ser demasiado sorprendente dado el abierto interés de John Haughm tanto en el Neofolk como en el Dark Folk.

Además, la figura de Larochette ha gozado de cierto reconocimiento público gracias a sus colaboraciones en discos colectivos como Der Wanderer über dem Nebelmeer (Pest, 2010) y, más especialmente, el esencial Whom the Moon a Nightsong Sings (Auerbach, 2010) — ambos trabajos contaron con la participación de bandas parcial o directamente relacionadas con el Metal, particularmente el Black Metal, género pródigo como ningún otro dentro de su frecuencia de onda en esta clase de escarceos Folk — . ¿Y por qué todo esto es relevante? Bien, porque el sonido de Musk Ox tiene absolutamente nada que ver con ello.

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No importa aquí la ausencia total de elementos líricos, ni la excesiva longitud de las piezas que componen el disco: Woodfall no cuenta con un segundo de repetición

Entender Woodfall (autoeditado, 2014), su segundo disco, requiere aproximarse a Musk Ox desde un punto de vista más clásico que moderno. El grupo había previamente compuesto música basada en patrones y texturas clásicas, pero su primer trabajo, Musk Ox (autoeditado, 2007), era aún una mezcolanza incompleta de estructuras modernas ejecutadas con instrumentos antiguos. Sin duda, Woodfall es su mejor trabajo. Todo aquello que pudiera ser mejorado siete años atrás, lo ha sido. La música de Musk Ox es ahora más concreta, más coherente, y fluye con gran facilidad y naturalidad, en un continuum carente de fisuras.

No importa aquí la ausencia total de elementos líricos, ni la excesiva longitud de las piezas que componen el disco — la más corta casi alcanza los diez minutos — : Woodfall no cuenta con un segundo de repetición. El pulso puramente instrumental de Musk Ox resulta ser un excitante ejercicio de imaginación, más basado en los autores del siglo XIX que en la cultura pop. Y eso, algo que podría derivar en un fracaso total en otras manos, es la clave de su éxito. Woodfall es tan cerebral como emotivo, tan técnico como simple, tan bello como oscuro. Lo es, además, evitando caer en la lineal monotonía tan dada a piezas así de extensas o en la mera música de acompañamiento, defecto común del Modern Classical o de las agrupaciones de cuerda.

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8.7/10

La mezcla de elementos provenientes del mundo clásico y moderno hace de Musk Ox un vehículo perfecto para todos aquellos no habituados a compositores como Bach, Dvořák o Stravinski — en su vertiente menos sinfónica y más orientada a los instrumentos de cuerda — . Al mismo tiempo, las raíces de Woodfall deben ser buscadas en artistas Neofolk como Empyrium, Ulver o Váli, situándolo como una grabación de transición, un obligado primer acercamiento para todos aquellos no habituados a un universo sonoro oscuro y muy a menudo complejo. Todo esto, sin embargo, son cuestiones secundarias. La principal virtud de Woodfall es su exquisitez inherente y asombrosa, su delicada y lacónica tristeza, su autenticidad atemporal.