Supongo que a nadie se le ocurre decir al contemplar cualquier cuadro de Picasso que le ha quedado peor que el Guernica, sería tan ridículo como cuando nos da por opinar que el último disco de alguien no está a la altura de los anteriores y sin embargo lo seguimos haciendo cada día. Nacho Vegas, con sus cinco discos de estudio y un montón de EPs y colaboraciones, creo que no tiene que demostrar a nadie que es un artista de los pies a la cabeza, uno de los mayores músicos que ha dado este país durante la última década, si no el mejor.

Disfrutarle en directo, apoyado por una banda tan consolidada como la que forman Xel Pereda, Abraham Boba, Luis Rodríguez y Manuel Molina, es un auténtico lujo. Ver salir al escenario al asturiano con los ojos ocultos bajo su flequillo y escuchar su primera estrofa pone la carne de gallina, porque automáticamente te das cuenta que él es el culpable de todos esos tan buenos y malos momentos que has vivido durante los últimos diez años. Para mí eso tiene que ser la música: emoción.

Venía a presentarnos La Zona Sucia y la primera sorpresa, desagradable en este caso, fue comprobar que, al contrario que las últimas ocasiones en esta misma sala, esta vez no había llenado, cuando en Madrid recientemente ha agotado durante tres noches y en Barcelona dos. Sí, ya sé que estas cosas no me deberían importar pero me jode casi tanto como decir a alguien que vas a un concierto de Nacho Vegas y te mire extrañado preguntándote si el cantante de Nacho Pop no había muerto.

Y podríamos decir que ahí se quedaron las sorpresas. Sobre un fondo que reflejaba la ilustración de Adolfo P. Suárez en la que se basa la portada de su nuevo disco, los cinco músicos en perfecta armonía fueron desgranando prácticamente cada uno de los diez nuevos temas (creo recordar que el único que faltó fue ‘La Comedia Humana’), abriendo y cerrando el concierto con los mismos temas que el disco ‘Cuando te canses de mí’ y ‘El Mercado de Sonora’.

Despojado de los coros que aportan las múltiples colaboraciones que aparecen en La Zona Sucia, en directo pierde ese aire de folk popular y pasa a ser más Nacho Vegas (a mí me gustó más), hasta el punto que muchas de estas canciones ya suenan a clásicos del asturiano. Él se mostró tímido, apenas de dirigió al público más que para saludar y contarnos una historia sobre una vecina a la que tuvo que dedicar una canción. Se limitó a mostrarse como un músico maduro, derrochar profesionalidad y la carga emotiva y sinceridad de sus letras volvieron a convertirse en las verdaderas protagonistas.

De El Manifiesto Desastre nos trajo ‘Detener el Tiempo’ y un ‘Dry Martini SA’ que fue subiendo progresivamente en intensidad hasta convertirse en la mejor de todo el concierto, sin ser mi favorita. Me extrañó que recuperara ‘Me he perdido’ de su colaboración con Christina Rosenvinge, aquel Verano fatal, un disco que con el tiempo me parece que tampoco está tan mal y disfruté muchísimo ‘Va a empezar a llover’ de El Tiempo de Las Cerezas, disco que nunca me cansaré de reivindicar y escuchar, lo mismo que me ocurre con ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’.

Volvió a hacer su versión de Cohen en ‘El extranjero’ y de sus EP’s, que no nos olvidemos que en esta caso son igual de importantes que sus discos, cayeron ‘Hablando de Marlene’ y ‘Canción de palacio #7’. Sigo sin poder decir que he escuchado ‘El Angel Simón’ en directo y en parte me alegro porque eso significa que habrá muchas otras veces, sin ir más lejos el próximo mes en Durango, donde tampoco la tocará y seguirá sin importar.

Uno tiene la sensación que Nacho Vegas lo da todo sobre el escenario, que nos abre su alma de par en par y me parece justo que yo también haga un ejercicio de sinceridad contándoos una imagen que me vino a la cabeza en medio del concierto. Me veía sentado en un sillón rodeado de nietos a quienes hablaba una y otra vez de los conciertos de Nacho Vegas a los que había ido, mientras les pedía que dieran la vuelta a cada uno de sus discos en un viejo tocadiscos. Qué típico ¿verdad? Ahora sólo me preguntó si esas generaciones que ni tan siquiera han llegado a este mundo tendrán la ocasión de verle alguna vez, ya muy mayor, y experimentar lo mismo que sentimos nosotros hoy cuando vamos a un concierto de Dylan, Cohen, Raphael o cualquier otro clásico. Él ya lo es.