Nacho Vegas — La Zona Sucia: tranquilo, majete, en tu sillón

Nacho Vegas, como cualquier tótem indie que se precie, tiene ya prácticamente configurada de anteriores entregas sus grupos de defensores y de azotadores, por lo que resulta bastante complicado intentar hacer cambiar de postura a cualquiera de ellos. No obstante, quizá se trate del disco del asturiano que mejor pueda servir como puerta de acceso a aquellos que no habían comulgado con él; se trata de, posiblemente, su disco más amable, accesible, sencillo y luminoso, tanto por la dirección musical (básicamente un disco de voz, guitarra acústica y teclados), como por unas letras (que ya no son tan dramáticas y descarnadas, como si quisiera despegarse la etiqueta de “perdedor maldito” que le acompañaba).

El caso es que este giro para mí ha supuesto una agradable sorpresa. Soy consciente de que muchos estaréis decepcionados con un álbum en el que no aparece la vertiente eléctrica y atormentada de Nacho Vegas, y que, entre otras cosas, os parecerá un disco aburrido. Pero, para todos aquellos que os aburría esa fachada de loser, siempre derrotado y a un paso de las drogas, aquí podréis encontrar a un hombre distinto, más cotidiano, relajado, y liberado de ese lastre de trascendencia oscura de habitante de antros que huelen a tabaco y whisky. Aquí, de haber ese whisky, se sirve con hielo, está en un salón de una casa rústica, con la chimenea encendida, en una tarde-noche de invierno, y en la versión más hogareña de Nacho (¿con bata de raso? ¿con jersey de cuello vuelto?).

Y para mí es un acierto. Las canciones, desnudas y directas, aprovechan el cálido colchón de piano y otros teclados que aporta Abraham Boba, y la sutileza de arreglos a la guitarra de Xel Pereda para que Nacho se centre en transmitir un magnetismo casi jovial, con una voz que, excepto en la fallida ‘Incendios’, destaca dentro de sus limitaciones, siempre al servicio de una vocación esencialmente narrativa. Conjuga la herencia folk que alcanzó una de sus cimas en el disco con Lucas 15, con una vocación cada vez mayor de cantautor-crooner, que podría agradar a fans de otros autores tradicionalmente más accesibles, como Quique González, o el Bunbury de Las Consecuencias.

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Supongo que será cuestión del disco que cada uno esperaba de Nacho. Celebro el enfoque acústico porque está más lleno de matices con la aportación de su cada vez más estable socio (Abraham Boba), y porque la homogeneidad del álbum la interpreto como la expresión del folk como vocación, válida para el desahogo de un carácter afable al que la lamedura de heridas y el dramatismo de discos anteriores estaban agriando. Me gusta la madurez en el enfoque con la que asume esta nueva etapa, de una manera mucho más nítida que el desigual y algo inferior ‘El manifiesto desastre‘, pero es lógico echar de menos alguna sorpresa y algo de garra en el disco. Puede que ya no necesite quemar etapas y que, a partir de ahora, sólo deba ir retocando su fórmula y entregándonos periódicamente algunas canciones para mantener la fe en él. En este disco, hay las suficientes como para conservar la ilusión, y estoy más que convencido que ganarán mucho cuando sean interpretadas en directo. Así que sí, buenas noticias: Nacho sigue en forma.

Escúchalo en | Spotify, Deezer

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