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Natalie Prass — Natalie Prass

Se cuentan muchas mentiras sobre la música. Una de ellas, es que se disfruta con el oído. Como si no se pudiese paladear, tocar o ver sin necesidad de poseer ninguna virtud extraordinaria. En concreto, la música es una de esas cosas que se ve, en realidad, cuando cierras los ojos. Cuando todo se cubre de una aparente y mentirosa oscuridad. En función de lo que estés escuchando, ante ti podrán aparecer escenarios que tiñan esa oscuridad de múltiples colores o, por contra, otros que redoblen esa sensación tenebrosa y produzcan inquietud, nervio y ansia. Es cierto que siento cierta devoción por la música que genera incomodidad, que tiñe el negro de negro, pero a veces encuentras otros artistas que te ayudan a ver las virtudes que en ocasiones infravaloras.

Natalie Prass: la música que se ve

Uno de estos ejemplos es el que aparece en tu vida al escuchar Natalie Prass (Spacebomb, 2015), el debut de la cantautora de Virginia. No se trata de un disco al uso. Es, más bien, una película en la que el único guión es el que se escribe con su voz, sus arreglos orquestados, su fineza y la delicadeza de su timbre. Como si viniese más a conquistar el mundo de los musicales que el de las radios. Y es que el inicio de Natalie Prass en esto de la carrera musical está vestido, en muchos momentos del encanto de las grandes películas del género. Es fácil imaginársela entonando ‘Is It You’ como si fuese un momento de lamento de Audrey Hepburn en medio de My Fair Lady. Las melodías de todo el disco invitan a establecer esa comparación. La música que se ve, que no solo se escucha.

Pero intentemos llevar un orden cronológico, que esto de los saltos temporales está ya demasiado manido. No voy a negar que en mi primera escucha de Natalie Prass ese ambiente de cuento de hadas, de escenografía teatral y arreglos de musical clásico me resultó impactante y de digestión algo dificultosa. Justo cuando, en realidad, el disco es todo lo contrario: un conjunto de canciones hechas para ser disfrutadas con toda la sencillez del mundo. Una vez pasada la sorpresa inicial, Natalie Prass consiguió en mí lo mismo que conseguiría en cualquiera, arrastrarme hacia el amor. Porque resulta muy complicado no caer enamorado de su conjunto. De la dulzura de ‘My Baby Don’t Understand Me’, que acaba siendo uno de los puntos fuertes del disco, rodeada de paz y cariño. Pero sin renunciar a las pretensiones existentes en esas melodías tan elaboradas, con tantos arreglos de cuerda y viento.

Natalie Prass consiguió en mí lo mismo que conseguiría en cualquiera, arrastrarme hacia el amor. Porque resulta muy complicado no caer enamorado de su conjunto

Es en ese tercio, en el del mundo de las hadas de ‘Your Fool’, donde mejor navega Natalie Prass. Y lo sabe. Y lo explota. Las canciones del corte de ‘Bird of Prey’, algo más cercanas al pop de toda la vida, destacan menos. La inspiración llega por otros caminos. Y como somos conscientes de nuestras virtudes, las aprovechamos para cosas de aire tan cinematográfico como ‘Christy’. Una historia contada a ritmo de baile de salón de la nobleza, que se ve inundada por una nostalgia abrumadora, por una belleza realmente difícil de analizar. Uno de esos momentos que te atrapan, que juntan muchos ingredientes de difícil mezcla y que aquí, sin embargo, en un disco de debut, alcanzan una meta ambiciosa con aparente facilidad. Porque para esplendor, escuchen ustedes ‘Violently’, un tema grandioso, finísimo y embriagador. Otro más.

8.3/10

Dejarse ir, disfrutar de su escucha una y otra vez. Con puntos levemente más prescindibles, como ‘Reprise’, pero que nunca llegan a sobrar, y que, en todo caso, valen la pena si después todo acaba de la mano de ese nuevo cuento de hadas que es la ya mencionada ‘Is It You’. El disco que querrías que escuchasen tus hijos y la humanidad entera. El disco que crees que haría de este un mundo mejor si todo el mundo le prestase la atención adecuada. Ha llegado una estrella, un ángel o como queráis definir la irrupción de la difícilmente clasificable Natalie Prass. Una mujer llegada de hace cinco décadas, pero que ha logrado un aterrizaje en el que todos le dan la bienvenida con los brazos abiertos y una gran sonrisa.

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