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Neil Young — Rust Never Sleeps [Críticas a la carta V]

Hay algo de perverso en el hecho de que Kurt Cobain utilizara una de las líneas más emblemáticas de toda la carrera de Neil Young para adornar poéticamente su nota de suicidio. Tiene sentido, por un lado, dada la importante influencia que el Neil Young de los setenta y, de forma más cercana, el Neil Young de finales de los ochenta, tuvo en la gestación de la escena Grunge. Y es injusto, por otro, dada la naturaleza contradictoria de su acto: “It’s better to burn out than to fade away”, cantaba Neil Young, en una frase que ni siquiera compuso él, apología más o menos expresa del suicidio a primera vista. Nada más lejos de la realidad: al igual que el resto de Rust Never Sleeps (Reprise, 1979), la decena de palabras repetidas por Cobain justo antes de suicidarse requiere de dos o tres niveles de lectura diferentes para extraer todo su significado y valor. Significado que, huelga decir, a tenor de la larguísima y muy prolífica carrera vital y artística de Young, tenía poco que ver con la rendición.

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Rust Never Sleeps es uno de los discos más discutidos de la carrera de Neil Young. Grabado a finales de la década de los setenta, tras una sucesión de innegociables grandes discos, el álbum puso punto y final a la etapa más importante de su carrera artística. A partir de entonces, Young se sumergiría en una década de trabajos experimentales de mayor y — con más frecuencia — menor acierto, para regresar a finales de los ochenta y principios de los noventa con otros tres trabajos memorables básicos para entenderle no sólo a él, sino a muchos de los grupos que por aquel entonces sacudían la escena Rock norteamericana. Por su posición como testimonio último del primer gran Neil Young y por su conexión directa con la gestación del movimiento Punk en Reino Unido, Rust Never Sleeps ha trascendido a lo largo de los años gracias a su simbolismo. Es un disco que, en línea con la personalidad de Young, representa como pocos la historia contradictoria y sempiterna del Rock.

Es fuerte el simbolismo que sostiene los mimbres de Rust Never Sleeps y las interpretaciones que podemos hacer sobre la historia del Rock o el Punk, pero en su alma pesa más el examen de conciencia al que el propio Young se sometió

Young desapareció en la década de los ochenta del mismo modo que lo hizo el Rock, y sólo en sus extremos, al inicio y al final de la misma, fue capaz de publicar trabajos significativos y perdurables. En lo relativo a Rust Never Sleeps, lo hizo, además, abrazando la idea de evolución y revolución, lo que nos lleva de nuevo a la emblemática línea escrita por Jeff Blackburn — The Ducks — que tanto impresionó a Neil Young: “It’s better to burn out than to fade away”. Momento álgido de ‘My My, Hey Hey (Out of The Blue)’, la frase ensalza la idea del futuro frente al oxidado pasado y define a Young. Quizá por eso no la pudo escribir él. ¿Por qué es Rust Never Sleeps uno de los trabajos más importantes de todos los tiempos y, en función de a quién preguntemos, el mejor disco escrito jamás por Young, un hombre que puede preciarse de tener en su haber algunos de los trabajos más relevantes del género? Es fuerte el simbolismo que sostiene los mimbres de Rust Never Sleeps y las interpretaciones que podemos hacer sobre la historia del Rock o el Punk, pero en su alma pesa más el examen de conciencia al que el propio Young se sometió. A él y, por extensión, a todo el que se acercara a sus canciones.

Rust Never Sleeps: lo mejor de Neil Young

Al margen de su brillantez como letrista o de su inteligencia a la hora de dirigir su carrera como músico, Neil Young es uno de los grandes compositores de la historia porque melódicamente es muy bueno. Nada como Rust Never Sleeps para ponerlo de manifiesto: dividido en dos mitades, una acústica y otra eléctrica, el disco, en el que el papel de Crazy Horse es capital, contiene alguna de las mejores canciones de Young, por no decir casi todas. Todo lo que alberga este trabajo es un testimonio incomparable de todo lo que hace grande a Neil Young: su habilidad para hacer de letras en apariencia simples historias que cuentan mucho más de lo que contienen — “there’s more to the picture than meets the eye” — , su sabia revitalización del Folk y el Country norteamericano, su igualmente productiva incursión en el terreno eléctrico y su capacidad para trascender más allá de sus propias limitaciones, empujando las fronteras de su figura siempre un poco más allá. A veces con acierto, como aquí, a veces sin él.

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La carrera de Neil Young es muy larga y, como es lógico, no todo en ella tiene el mismo valor. Pero sería tramposo atribuir esto a su turbulenta década de los ochenta. Ya en los setenta, tras haber publicado una serie de discos posiblemente sin parangón entre los grandes compositores de su tiempo, Young había bajado el nivel. A partir de Zuma (Reprise, 1975) y hasta la obra que nos trae hoy aquí sólo publica dos álbumes: American Stars ‘n Bars (Reprise, 1977) y Comes a Time (Reprise, 1978), ambos por debajo de todo lo que había hecho hasta entonces. En 1979, por tanto, Neil Young es un hombre que ya ha dicho gran parte de las cosas que tenía que decir en su vida. Se enfrentaba, como parece hacerlo de forma constante el Rock a lo largo de su existencia, a la repetición de ideas y el estancamiento. Rust Never Sleeps surge como respuesta a todo esto incluso desde las propias armas que había empleado Young en sus dos discos anteriores. No en vano, ‘Pocahontas’ y ‘Sail Away’ son canciones extraídas de las sesiones de grabación de Comes a Time.

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Es interesante que el disco que le representa como paladín de los compositores siempre inconformistas con su propia personalidad artística se componga de mimbres tan familiares

Por ello es importante recalcar que Neil Young no acomete ninguna gran reestructuración sonora de su música en Rust Never Sleeps. Es interesante que el disco que le representa como paladín de los compositores siempre inconformistas con su propia personalidad artística se componga de mimbres tan familiares. La oda a la evolución de Young aquí tiene más que ver en lo espiritual que en lo puramente musical: ejemplo de ello es la difícil pero bellísima letra de ‘Trasher’, canción que, como él mismo ha reconocido, habla no tanto del surgimiento del Punk a finales de los setenta como de su marcha de Crosby, Still, Nash & Young, cárcel costumbrista en la que él creía haberse encerrado a sí mismo. ¿Qué hay de nuevo en las cinco canciones acústicas, preciosas todas ellas, que dirigen la primera mitad de Rust Never Sleeps? Acaso nada que no hubiéramos escuchado con anterioridad en otros trabajos clásicos del canadiense, como Harvest (Reprise, 1972) o el siempre controvertido Time Fades Away (Reprise, 1973).

Young, eso sí, se sublima a sí mismo. Lo hace por dos motivos: el primero, porque Crazy Horse ejerce de acompañamiento perfecto a su testimonio lírico. Nunca antes y nunca después la banda de acompañamiento de Young será tan importante en uno de sus discos. Entender Rust Never Sleeps implica entender que Crazy Horse forma parte esencial de él y, como ya se ha recalcado, de la carrera de Young. El segundo, porque está grabado en directo pero Young prefirió eliminar en la medida de lo posible el sonido del directo. En lo que supuso el primer disco de la historia grabado en directo para no serlo, la presencia del público es fantasmal. Va y viene al inicio y final de ‘Ride My Llama’, ‘Trasher’ y ‘My My, Hey Hey (Out of The Blue)’, es protagonista y al mismo tiempo intruso, graciosa representación del papel del fan a lo largo de la historia del Rock. En busca de un sonido más cercano al estudio, Young había diseccionado de forma brutal la relación entre artista y seguidor.

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Naturalmente, el duro trabajo de producción no impidió que el espíritu de las canciones fuera tan libre como un directo permite. Hay más frescura en las canciones de Rust Never Sleeps que en toda la discografía previa de Neil Young. No implica esto que sean mejores, sino que realmente suenan armónicas, sinceras y directas, mucho más que en Times Fades Away y mucho más que en Live Rust (Reprise, 1979) el disco en directo que sí quería ser un disco directo publicado por Young y Crazy Horse a finales de ese mismo año. La contradicción real en la que se sumerge Rust Never Sleeps por su doble calidad de disco de estudio y en vivo permite que el set acústico flote por el aire con una ligereza fabulosa. Son canciones que apenas cuentan con adornos, aderezadas de tanto en cuanto con la armónica y dibujadas sobre melodías divertidas y melancólicas. Young está cantando sobre cosas tristes pero con cierta alegría contenida, como en ‘Sail Away’ y ‘Ride My Llama’, y eso dota a la primera mitad del disco de una magia que tiene pocos referentes en sus anteriores trabajos.

Dos espejos enfrentados: acústico y eléctrico

Uno de los grandes hallazgos de Young en Rust Never Sleeps fue el de contraponer una versión acústica a otra eléctrica. A partir de ‘Sail Away’, la guitarra eléctrica domina el panorama. Y lo hace con una fuerza inusitada. Young es un artista siempre imaginativo, aunque no exactamente revolucionario, pese a que este disco bien pudiera ser ondeado en cualquier bandera alzada por cualquier revolución. De ahí que nunca tuviera motivos para grabar discos unplugged. ¿Qué haría Young ante una situación así? Posiblemente hacer de ‘Pocahontas’ un furibundo ejercicio de improvisación eléctrica. Esa rebeldía innata de Young, bastante más sincera que la ejercida por muchos de sus compañeros de generación, siempre le ha permitido hacer lo que ha querido sin perder su personalidad ni esencia. Rust Never Sleeps, decíamos, es testimonio vivo del alma de Young. La idea de enfrentar sus dos facetas artísticas, sus dos caras creativas y personales, apoya esta tesis.

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Y como gran compositor que se precie, Neil Young fue un gran narrador del espíritu de su tierra. Canadiense de nacimiento, siempre miró hacia Estados Unidos. Allí causó un gran impacto cultural y a día de hoy pervive como icono. No sería pródigo aquí hablar de la relevancia de canciones como ‘Southern Man’ o de discos como Harvest, y no lo sería porque Young logró condensar la esencia de todas y todos ellos en una sola canción: ‘Powderfinger’. Se han escrito auténticos tratados sobre ella, basados en la letra compuesta por Young. Ahí van mis dos céntimos: ‘Powderfinger’ es tan fascinante porque continúa describiendo de forma magistral el espíritu sobre el que se construyó Estados Unidos. La violencia, la soledad, la nostalgia y el conflicto siempre presente en tierras que se edificaron a sí mismas, en un vacío de legalidad y moralidad aún hoy marca indeleble del interior del país. La muerte, la pérdida de la juventud y la resistencia. ‘Powderfinger’, como escribía Rolling Stone en 1979, bien podría describir a Estados Unidos como nunca antes otra canción lo había hecho.

Esa rebeldía innata de Young, bastante más sincera que la ejercida por muchos otros iconos, siempre le ha permitido hacer lo que ha querido sin perder su personalidad ni esencia

A tan maravillosa canción le siguen otras tres, preñadas todas ellas de una electricidad desbordante. Son impresionantes los cambios dinámicos de ‘Sedan Delivery’: Young y Crazy Horse introducen primero un ritmo repetitivo y básico, en un loop constante que de repente se detiene para dar paso a una sección atmosférica donde el ruido experimental generado por la banda sirve de telón de fondo para que Young desarrolle breves y lentos solos de guitarra. Es aquí, mucho más que en ‘Hey Hey, My My (Into The Black)’, donde la versión eléctrica de Young alcanza su máximo esplendor. Por descontado, la versión electrificada, pesada y agresiva de ‘My My, Hey Hey (Out of the Blue)’ sirve de poderoso testimonio y cierre a la ideología fundacional de Rust Never Sleeps — una cara B deformada y arrastrada por el lodo de la mejor canción del disco, “it’s better to burn out than to fade away” — .

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Sumada ‘Welfare Mothers’, las cuatro canciones protagonistas de la variante eléctrica de Rust Never Sleeps cierran un trabajo corto sólo sobre el papel. Neil Young, que compuso y grabó este disco espantado ante la idea de tener que tocar durante un año las canciones de Comes a Time, consiguió en Rust Never Sleeps escapar del óxido y el olvido gracias a una propuesta no-tan-atrevida. O sí: pensemos que en 1979 la revolución Punk ya había dado paso a la experimentación Post-punk y a la vanguardia no siempre acertada de la New Wave, y que para entonces grupos como Suicide o Kraftwerk habían demostrado con solvencia que el Rock era un lenguaje a superar. Desde ese punto de vista, Young sí hizo algo revolucionario: hacer del Rock, del viejo, convencional y aburrido Rock, un vehículo expresivo aún válido para las generaciones venideras. Si esto no fue suficiente, más meritorio aún era que en 1979, una década después de haberse dado a conocer, Neil Young fuera mejor artista que entonces. ¿Cuántos grandes iconos del Rock de los setenta podrían decir eso? Quizá sólo Bowie.

9.6/10

De modo que sí, este relato a un tiempo ortodoxo y heterodoxo sobre la historia del Rock y al mismo tiempo sobre el alma de Neil Young merece sin duda toda alabanza escrita. Hay mucho más a comentar sobre Rust Never Sleeps — su gira en directo, también grabada, el nombre sugerido por Devo, la parafernalia casi cómica que arrastraba Young en la gira Rust Never Sleeps, un análisis pormenorizado de cada una de las letras — , una prueba más de cuán profundo y emocionante es este trabajo. No lo haremos porque, huelga decirlo, un disco sólo se comprende cuando se escucha. Cuando se palpan sus canciones. Cuando volcamos nuestra vida, memoria y experiencias en ellos. Cuando interpretamos a nuestra manera qué quería decir Young en ‘Pocahontas’ o ‘Powderfinger’. Cuando nos quedamos embelesados escuchando una y otra vez ‘My My, Hey Hey (Out of The Blue)’. Rust Never Sleeps es un disco infinito y una absoluta maravilla.

Recordatorio: dado que nos vimos obligados a dar de baja al foro por problemas técnicos, las peticiones + votos para elegir tanto el próximo disco de “Críticas a la carta” como al editor que hablara de él se realizarán en los comentarios a este post. Recordamos una vez más que vale todo.

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