Nick Cave en concierto en Madrid (Palacio Municipal de Congresos, 23–05–2015)

Hay días que uno se despierta sabiendo que va a hacer historia, otra vez. En ese momento, seguro, no eres consciente de que vas a regalarle unos minutos de gloria a los que –pobres mortales– les seguimos desde el otro lado. Para Nick Cave, la tarde del veintitrés de mayo de 2015 era una jornada más en la oficina. Traje oscuro, la camisa siempre abierta hacia el infinito, los gestos del hombre seguro que se sabe Dios para unos cuantos. Pero el resto, los que nos sentamos en las butacas, ya curtidos en mil batallas, ya sabíamos que veníamos a participar en una misa negra en la que los sacrificados íbamos a ser precisamente nosotros.

Es necesario reconocer que, a mis treinta, aún lloro e hiperventilo cada vez que veo a Nick Cave en cualquiera de sus acepciones. Lo he intentado todo: alcohol, drogas, meditación e incluso concentrarme extraordinariamente en el trabajo para no pensar en ello, pero es imposible: aparecen los Bad Seeds en escena y reaparece ese crío ahogado y con problemas de ansiedad que era yo hace tantos años. Ayer fue otra de esas tardes en las que sólo quieres escuchar el silencio durante varias horas, vestirte para llegar al recinto, sentarte en tu butaca y dejarte llevar por la personalidad de este ángel caído que es Nick Cave; aquel que con un golpe de voz te hace hundirte lentamente en tu asiento hasta desaparecer.

El profeta llamado Nick Cave

Me resultan inhumanas aquellas personas que son capaces de describir con palabras de cirujano una experiencia tan traumática como es un concierto de este tipo, donde cada canción es un corte en lo más profundo de tu alma. Nick Cave, para muchos, es un profeta y lo sabe; juega con su bagaje de canciones a destripar a la gente que le seguiría al fin del mundo, como un predicador mandando a todos sus correligionarios a una muerta por una causa cualquiera.

Pese al anuncio inicial de concierto intimista, donde se supone que viviríamos una experiencia alejada de aquella violencia de hace tantos años –más cercana a las galerías de arte que — con un piano de cola que presidía un escenario decorado con telones negros y una muy cuidada puesta en escena de luces, todo se fue al garete cuando la gente empezó a dejarse llevar por el éxtasis de dos himnos poéticos como son ‘Red Right Hand’ y ’Higgs Bossom Blues’.

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A través de más de dos horas de canciones, el público se fue entregando a viejos y nuevos clásicos que ya forman parte del espectáculo: tanto al piano (siempre en conversación con unas primeras filas que no tardaron en seguirle el juego), como danzando y agitándose, con un Warren Ellis siempre brillante (siempre sentado pero aullando como un animal enjaulado) mientras EL HOMBRE desplegaba todo su atractivo, moviéndose por encima de una gente que se dejaba llevar por ese atractivo tan pornográfico y elegante que ha ganado con el paso de los años.

Pero en Cave siempre quedan reminiscencias de los traumas suyos y de todos, los que nos siguen haciendo soñar con PJ y los amores imposibles, con un extraño deseo de morir en ’Love letter’ para resucitar en ’Jubilee Street’. Y entrar así en un bucle del que no quieres salir nunca después de unos bises con ‘People ain´t no good’, ’Breathless’, ’Jack the Ripper’ y la lisérgica ’Push the Sky away’. Porque, como ya nos enseñó Lou Reed, siempre hay tiempo para vivir un Perfect Day, pero hay que saber cuándo ha llegado el tuyo. El mío fue ayer y no quiero salir nunca de este sueño.

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