Nick Drake — Pink Moon [Críticas a la carta IV]

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Igual es algo que sólo me ha pasado a mi, pero no lo creo. En las clases de Historia del instituto, cuando toca hablar de arte, empiezas a ver láminas de tal o tal autor, que parecen mejores o peores en función de la fascinación con las que tu profesor hable del mismo. Un libro de texto no parece la mejor opción para poder admirar la valía de un cuadro, de hecho, no lo era en absoluto, pero cuando se es un chico de provincias y los grandes museos del país quedan a unas cuantas horas en coche, no había mucha más opción que esa para intentar quedarte un rato embelesado, mirando cómo los relojes de Dalí se iban escurriendo por cualquier rincón.

Digo que aquello, en el fondo, era una mierda, porque si ya cuando te cuentan que una película que está en cartelera es lo mejor que han visto tus ojos, y a posteriori el hype se te viene abajo, no os cuento nada cuando llegas al museo y ves que La persistencia de la memoria no tiene mayor tamaño que la página de un periódico. El primer sentimiento que se te pasa por la cabeza es el de estupor. Tú te esperabas algo del tamaño del ‘Guernica’ de Picasso, algo fastuoso, enorme, que te dejase absolutamente mudo. Pero no, no fue así, y tras esos segundos iniciales, caes en la cuenta de que ese pequeño cuadro es más increíble todavía por el preciso hecho de ser tan pequeño. Tantísimos detalles metidos en tan poco espacio. La exigencia de una brutal precisión en tan corta extensión. No voy a soltaros la bobada de las mejores esencias y los tarros pequeños, pero la capacidad del autor se ha visto incluso aumentada teniendo en cuenta eso. Algo así como el Pink Moon (Island Records, 1972), de Nick Drake.

Os suelto este rollo porque, preparando esta crítica, obviamente, he vuelto a escucharlo, tras largo tiempo sin hacerlo. Lo primero que me llamó la atención es algo que en principio ya debería ser evidente, una vez te has parado en el disco tantas veces: Pink Moon es un trabajo muy corto. Es gracioso cómo hay tanta gente que puede rajar de un disco en la actualidad por el mero hecho de que no alcanza el número de minutos que considera necesarios, y que, sin embargo, uno de los puntos más álgidos de la historia del folk no llegue a la media hora.

Pink Moon fue el tercer disco de Nick Drake. A la postre, el último. Murió joven, sin que en vida llegase a lograr todo el reconocimiento que hoy tiene. No fue uno de esos artistas de los que nadie oye hablar hasta después de muerto, pues Drake ya gozó de cierta fama y, sin ir más lejos, con apenas 20 años ya había firmado con Island Records para lanzar su debut, ni más ni menos. Pero su salud mental siempre fue lo suficientemente precaria para que su interacción con público y medios fuese extraordinariamente escasa. Tampoco es algo tan habitual esto de mitificar la última obra de un artista. La historia está llena de casos en los que los debuts de cierta banda legendaria son sus trabajos más recordados. Nick Drake se dejó lo más grande para el final. Para su final. Quizás era algo que incluso ya estuviese programado.

Fuera como fuese, cuatro versos y dos minutos de una melodía en la que voz y música parecían nacer del mismo vientre, vivir juntos, ser gemelos siameses, fueron suficientes para obrar lo que sigue siendo una canción majestuosa.

I saw it written and I saw it say
Pink moon is on its way
And none of you stand so tall
Pink moon gonna get you all

Nick Drake abandonaba ese perfil de querencia por el jazz, y afrontaba con actitud triste el disco que, probablemente, más quería hacer. Su disco más Nick Drake. Pink Moon acabó siendo su disco menos vendido en un inicio, y tras el que encontró la puerta de salida de un Island Records que ya había perdido la fe incluso antes de su lanzamiento, debido a la nula intención de Drake a colaborar en las labores de promoción de su obra, negándose sistemáticamente a conceder entrevistas y, casi, a tocar en directo. Después de eso, llegó la peor época personal de Drake, que acabó como ya es sabido.

La crítica, en general, tampoco recibió a esas once canciones con especial aprecio. Todavía hoy, en realidad, Five Leaves Left y Bryter Later gozan de mayor prestigio, a pesar de que la conexión emocional de todos los que, a día de hoy, apreciamos a Nick Drake nace aquí, en el final. En los versos pausados y crudos de ‘Placed to Be’ o en una ‘Road’ que te atraviesa el alma. La cara A del disco finaliza con dos de los puntos fuertes de Drake. ‘Horn’, un corte exclusivamente instrumental del que fue un enorme instrumentista. Parece que hemos condenado a Nick Drake a la excelencia de los cantautores, y hemos dejado en el olvido lo bien que tocaba la guitarra, lo extraordinario de sus composiciones, y lo maravilloso que fue oírle al piano. Un instrumento que manejaba incluso con más soltura que las seis cuerdas, pero que apenas se deja caer en ‘Pink Moon’.

Por último, ‘Things Behind the Sun’, como para contrarrestar la austeridad de ‘Horn’ con uno de los textos más duros y extensos que se le recuerdan. Uno de los que hace pensar en Pink Moon como un disco que ha llegado a los altares del rock, sin necesidad de llevar los decibelios a ningún lugar por encima del estrictamente necesario.

‘Know’ y ‘Parasite’ abren una cara B en la que Nick Drake se muestra, sobre todo, más decadente. Mostrándose vulnerable y, en cierto modo, asqueado. Por la vida que llevaba, por sus abrumadores problemas para socializar, por tener como único contacto fiel la sustancia alucinógena que, en buena medida, aceleró su caída. Drake no se encontraba a gusto en casa de sus padres ni en Londres. De uno a otro sitio vagaba sin encontrar su lugar real.

El resumen de Pink Moon es, básicamente, el de un disco que difícilmente podría acercarte más al autor en todos los sentidos. Artístico y personal. Poca gente se ha desnudado con la sinceridad que mostró Nick Drake entonces, y que no pierde un ápice de lo que debe ser un buen disco al fin y al cabo: algo que te atrape por lo meramente musical. Un conjunto de canciones que te atraen sin objeción, como el ritmo de los acordes de ‘Free Ride’, tan adictivo como cualquiera de las amigas químicas del Drake de entonces.

La elección de John Wood como productor de Pink Moon parece uno de los pocos puntos realmente grandilocuentes que existe en el álbum. En sustitución de un Boyd que era la mano derecha de Nick Drake desde sus comienzos (con todas las idas y venidas que aquella relación tuvo), pero que había emigrado a EEUU en busca de una vida más acomodada, los trabajos de Wood al frente de Fairport Convention parecían la inercia propia para el matrimonio con Drake. Su mano fue, seguramente, de gran importancia. En buena medida porque con poca gente Nick Drake conseguiría trabajar con la confianza y comodidad que podría tener con Wood. A poca le diría “oye, siéntate. He estado pensando que esto es lo que quiero hacer. Tiene que ser exactamente esto, ninguna otra cosa”.

9.7/10

Quizás fue así como nació Pink Moon, aunque seguramente solo sea una de esas hipótesis que ahora rodea a la vida y muerte de Nick Drake. Una leyenda que, como tantas otras, nació mucho después de que el artista pudiese disfrutarlo realmente. Aunque, en realidad, seguramente una vida rodeada de éxito sería un lugar en el que Nick Drake no se hubiese sentido cómodo. Una en la que el final sería, a buen seguro, exactamente igual. Una en la que sólo mediante un blíster de pastillas vacío pudiese alcanzar la gloria soñada en ‘From the Morning’.

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