Niño de Elche — Sí, a Miguel Hernández

Testigo de una España que acabó de desmoronarse, coronando una caída en picado que nos llevó del olimpo a los infiernos, Miguel Hernández retrató con su obra la cruda vida del campesino y su éxodo, primero de la huerta a la ciudad y luego de la libertad a la prisión de una dictadura que no fue otra cosa sino el suicidio de un país desesperado, la plasmación de una sociedad histérica que en su locura estuvo más de dos siglos autoagrediéndose.

La dureza del campo, de un país tan tradicional que se enrocaba en sus miserias mientras alrededor se acababan guerras y estallaban edades de oro. Climas agrestes, áridos, tan polvorientos que nublaban la mente de los hombres y endurecían las manos, unas manos acostumbradas al arado y la azada y desconocedoras del lápiz y el afán del escribano. A muchas de estas cosas se sobrepuso el que hoy es reconocido como el poeta del pueblo, el que dio voz al mudo y espacio en la actualidad al desamparado de entonces. Sin embargo, la mayoría de los acercamientos u homenajes a la obra del poeta de Orihuela han acabado tropezando con la misma piedra, cayendo presos del efectismo político y olvidando la figura del luchador que acabó encarcelado, pues suya no fue la fábula del insignificante que derrotó al titán o el ejército de gigantes. La mayoría de los acercamientos a Miguel Hernández se habían refugiado en su obra, olvidando su profundo carácter autobiográfico, minusvalorando el reflejo de una superación personal y de un grito desesperado de libertad. Hasta ahora.

Sí, a Miguel Hernández: historia de una tragedia que fue la tragedia de un país

No quiero decir con esto que el mayúsculo ejercicio de puesta en actualidad realizado por Francisco Contreras sea la obra definitiva sobre el poeta de Orihuela, pues es probable que ni siquiera lo pretenda. Su minuciosidad, el amor mostrado por una figura que cerca ha estado de convertirse en icono de la cultura pop (aunque por fortuna no ha sido así), denotan más que un afán de seminalidad la plasmación de una profunda admiración, la síntesis de una ejemplaridad que hoy es más guía que norma, que reside más en lo espiritual que en lo canónico.

El viaje a las raíces así lo confirma, dando prioridad al por qué sobre el cómo, logrando que el profano comprenda el dolor con el que Miguel Hernández lloró a Ramón Sijé, entienda que aparte de plasmar el drama de nuestro fracaso, el poeta que cerca estuvo de quedarse en agricultor, utilizó los versos como escape a una desesperación que no había hecho sino llegar, aún con la Guerra Civil como simple hipótesis en el horizonte y un futuro final que aún no ensombrecía un presente prometedor rodeado de las mayores figuras de la literatura de entonces.

El dolor por la muerte de Ramón Sijé, la admiración lograda por Neruda, sentimientos y sensaciones que son el verdadero protagonista

Y es precisamente el énfasis en la biografía, realizada en colaboración con un inspirado José Luis Ferris, lo que separa a este Sí, a Miguel Hernández (Autoeditado, 2014), lo que separa a la obra de Niño de Elche, de homenajes previos como el realizado por Enrique Morente, no ya solo en el contenido y el tratamiento, sino también en su estructura. Lo que aquí nos ocupa es un paseo por la vida del hijo adoptivo de la ciudad del palmeral, desde los tiempos de la explotación laboral infantil hasta las recepciones en Madrid acompañado de la crème de la sociedad capitalina, ubicándonos en una historia de victorias aparentemente raquíticas y sonoras derrotas, una historia que ejemplifica la crudeza de un siglo que no había hecho sino comenzar pero que ya avisaba de que las tragedias iban a ir sucediéndose una tras otra.

Un catálogo de recursos inabarcable con el flamenco como punto de partida

Ayudado por la musicalidad que, probablemente de forma inconsciente, ha acompañado siempre a la obra de Miguel Hernández, Niño de Elche ha construído un decálogo no ya solo de lo que debe ser el homenaje a un poeta desde un género como el Flamenco, sino también de hacia dónde debe ir el Flamenco en el futuro si quiere alejarse de ese aura de sonido del populacho que desde hace tiempo le rodea y que tanto daño le ha hecho al sonido español por antonomasia.

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Niño de Elche se convierte, con su quejío, en narrador que por momentos a punto está de echar el corazón por la boca

La compañía de los versos de José Luis Ferris recitados por la garganta de autores tan variopintos como El Chojín o Amancio Prada no solo actúa como hilo conductor de esta historia de pírricos triunfos y desastrosos fracasos, sino que también ayuda al oyente no acostumbrado a la dureza y mirada furibunda del Flamenco a sumergirse en un viaje que huye del sota, caballo y gallo y que insinúa alguno de los juegos con los que Francisco Contreras nos ha sorprendido en colaboraciones que van desde el acompañamiento a Rocío Márquez hasta la locura en las improvisaciones realizadas en compañía de Seidagassa. Cierto es que la magistralidad de la poesía de Miguel Hernández obliga a cierta ortodoxia en el acercamiento, pero el desfase desgarrador de la versión de estudio del imponente ‘Me sobra el corazón’ sirve como ejemplo de hacia dónde es capaz de ir este nuevo imprescindible en su afán transgresor y de puesta de actualidad de un mundo que es nuestro mundo.

Ahora bien, empequeñecido queda el planteamiento ante el quejío de Niño de Elche, ante su capacidad de emocionar, de desgarrarnos las entrañas erigiéndose en la propia voz del poeta, alzándose en un narrador que por momentos a punto está de echar el corazón por la boca, como si realmente le sobrase. Su garganta evoca décadas de lucha no ya solo frente a la barbarie fratricida que define la historia reciente española, sino que refleja en la intimidad el viaje del campo a la ciudad, de la huerta a los auditorios de Miguel Hernández, la consolidación de una transformación en las formas que había dejado en la línea de gol Enrique Morente el día de su fatídica muerte.

Evidentemente mucho camino le queda por recorrer a Francisco Contreras para que un mundo tan anquilosado e iracundo frente a la renovación le otorgue un reconocimiento que una obra como la presente debería granjearle. El reconocimiento en un mundo como el Flamenco es una carrera de fondo, una carrera en la que prima mucho más la constancia que los arreones y los golpes de riñón, siendo necesario no ya solo el apoyo del público mayoritario, cuestión quimérica por otro lado, sino también el aplauso de aquel que mira al joven con recelo, con la desconfianza del que ve en riesgo tanto su presente como su estatus. Niño de Elche dice Sí, a Miguel Hernández en una obra fiel pero transgresora al mismo tiempo; yo digo Sí, a Niño de Elche, no ya sólo por su valentía, sino por la genialidad que rodea toda su obra, una genialidad de la que no tengo dudas que va a seguir haciendo gala en el futuro. Sirvan estas humildes palabras como deseo y trampolín para su obra.

9/10

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