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No quiero saber si te sientes solo: 25 años sin Hüsker Dü

Enero de 1988. Greg Norton y Bob Mould acuden a la casa de los padres de Grant Hart en South St. Paul (Minnesota). Los cinco (Greg, Bob, Grant y sus padres) están sentados en la mesita de madera de la cocina, hablando del tiempo y de qué tal las Navidades. En este indescriptible contexto se producirá la separación de una de las mejores y más influyentes bandas de hardcore y del rock en general. Después de un rato de charleta, por fin alguien acaba sacando el tema que era el motivo principal de la reunión: qué coño pasaba con la banda. La madre de Grant interviene y dice que en su opinión trabajan demasiado: “creo que si sólo tocaseis los fines de semana y no trabajarais tanto…”. Mould decide que la situación es ya insosteniblemente absurda, se levanta, se despide educadamente y se va. En cuanto cierra la puerta Hüsker Dü ya son historia.

Atrás quedaban nueve años de brillante carrera, resumida en seis discos y tres EP, y un intento de democracia musical que siempre intentó sobreponerse a las tensiones internas hasta el punto de reflejarse en el propio logo: un círculo que representaba a la banda, con tres líneas horizontales (cada uno de los miembros) unidas por una vertical que pretendía simbolizar el proyecto común que entre todos sumaban. Ésa era la teoría, claro: la práctica era que las tareas compositivas (y vocales) se las repartían Mould y Hart, que resultaba harto complicado que ambos se pusieran de acuerdo y que el tira y afloja entre ambos fue constante durante el tiempo que duró esta historia. Son bastante más de lo que pueden parecer a simple vista los puntos de unión entre The Beatles y Hüsker Dü (empezando por las versiones de ‘Ticket To Ride’ o ‘Helter Skelter’ que colaban en sus directos y en sus caras B), pero ninguna tan clara como la doble alma, la dinámica Lennon-McCartney que enseguida se creó dentro del grupo.

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La historia de Hüsker Dü había empezado en 1979, cuando estos tres individuos montaron una banda, llamada Buddy and the Returnables, que incluía un cuarto mosquetero en forma de teclista. Un día consiguieron un concierto, interpretaron todo su repertorio y entonces les dijeron que tenían que seguir, que faltaban 20 minutos. Bob, Grant y Greg se pusieron a improvisar tocando algunas canciones que habían ensayado ellos tres en el sótano de este último, mientras el pobre Charlie Pine (que así se llamaba el teclista en cuestión) intentaba seguirles el rollo y formar parte de unas canciones en las que nunca había colaborado. Estaba claro que sobraba uno. Con su nombre definitivo (tomado del de un juego de mesa, que en danés y noruego significa algo así como “¿Te acuerdas?”) aterrizaron en Reflex Records, que les editó en 1983 su primer larga duración, Everything Falls Apart.

La teoría oficial es que Hüsker Dü comenzaron siendo una banda de hardcore punk al uso, preocupados básicamente por berrear y aporrear instrumentos lo más rápido posible, que fue gradualmente escorándose hacia una búsqueda de la melodía que los hizo más ricos, más complejos e infinitamente más interesantes. No se trata de cuestionarlo: a grandes rasgos, efectivamente, ése fue el viaje, pero también es verdad que ya desde sus inicios esa doble vertiente estaba ahí desde el principio: coged si no ‘Gravity’, el último corte de su primer trabajo, y comprobad cómo no todo eran prisas y alaridos, cómo la guitarra de Mould tiene en el retrovisor al pop o, al menos, un abanico de intereses más amplio que el de, por ejemplo, unos Black Flag.

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Precisamente con la banda de Keith Morris compartirían sello cuando ficharon el año siguiente por SST Records (que también sería el hogar de Meat Puppets o Dinosaur Jr) para publicar el mucho más redondo Zen Arcade, el disco que deja definitivamente claro que ésta es una banda que quiere ir un paso más allá, un ambicioso trabajo conceptual (chico solitario abandona el hogar y descubre el cruel mundo exterior) que se zumba a la ortodoxia hardcore de su época y pone en cierto modo las bases de lo que en la década siguiente se daría en llamar indie rock. Esta especie de ópera hardcore sufre los mismos males que el 99% de los discos dobles (momentos prescindibles, sensación de que todo habría quedado más condensado y mejor construido con menos metraje), pero sigue siendo percibido a día de hoy (preferencias personales aparte) como el disco más importante del grupo.

Menos de medio año después publican New Day Rising, disco que, ‘Celebrated Summer’ aparte, suele pasar más desapercibido de lo que debiera, y también en 1985 sale Flip Your Wig, que supone su nuevo punto de inflexión: el paso a una major. Para cuando salió a la venta, Hüsker Dü ya habían fichado por Warner, pero habían decidido editar una última referencia con SST. Aunque es un puente perfecto entre las dos etapas del grupo (y por ello tal vez el disco ideal para empezar con ellos en el caso de no conocerlos), tiene mucho más que ver con los discos que le sucederán que con los que le preceden. Accesible y lleno de canciones redondas que lo mismo se acercan al garage que al power pop (‘Makes No Sense At All’, ‘Keep Hanging On’), supuso también su salto a la autoproducción, un movimiento que, escuchando un disco cuyo sonido no siempre está a la altura de su canciones, parece algo apresurado poniéndolo en perspectiva.

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Fue el cuento de siempre: grupo que ve cómo su sello se le queda pequeño y multi que promete libertad creativa. Muchos seguidores, claro, les acusaron de “venderse” y todas esas cosas (Hart se cortó el pelo y un día se le acercó una fan, le acarició la cabeza y le dijo “así que éste es tu pelo de Warner”), pero creativamente la alianza acabó siendo más provechosa para la banda (que continuó su progresión musical cobrando además cheques más abultados) que para la compañía, que veía cómo su gran promesa de la temporada le entregaba un disco que se quedaba en el puesto 140 del Billboard. Lejos de vender su alma a la maquinaria comercial, Candy Apple Grey y el también doble Warehouse: Songs and Stories son dos excelentes discos, que funcionan como se compusieron (a rachas), reflejando las turbulencias internas de una banda que se rompía porque sus dos gallos no siempre estaban puestos de las mismas sustancias al mismo tiempo, pero capaces de dejar momentos legendarios como ‘Don’t Want To Know If You Are Lonely’ o ‘Standing in the Rain’.

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El día de la reunión en la mesita de madera de la cocina de los padres de Grant tenían sobre la mesa un anticipo de 175.000 dólares para un nuevo trabajo. Ni por ésas. La democracia se había ido al carajo, la idea de la banda ya sólo era un logo y la realidad es que a esas alturas ya simplemente eran tres tipos con muy poco en común. No hubo más discos, nunca se reunieron y ni siquiera han querido remasterizar jamás ninguno de sus álbumes. No ha hecho falta porque muchos que han venido detrás han remasterizado su sonido a su manera. Por aquella época, por ejemplo, un chaval que se haría llamar Black Francis puso un anuncio en el que decía buscar un bajista a quien le gustasen por igual Peter, Paul and Mary y Hüsker Dü. Una chica llamada Kim lo recogió. Y ahí siguió todo.

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