Y cuando parecía que el mundo del Rock había llegado para quedarse, para consolidarse como el género musical no solo más prolífico sino también el más popular, llegaron los ochenta y todo se fue al garete. Si lo analizamos fríamente todas las hipótesis circulan alrededor del agotamiento de las grandes bandas progresivas y de la apuesta del público por propuestas más sencillas y directas, mucho menos sesudas que la altivez y arrogancia de las progresiones interminables y de las jams que se iban por encima de la media hora. Lógicamente los beneficiados serían el mundo del Pop y el del Punk, uno equipado con los sintetizadores en su mimetización con la incipiente música electrónica y el otro con dos o tres acordes y un espíritu contestatario que contrastaba profundamente con el espíritu acomodado y cuarentón de Pink Floyd, Genesis y compañía.

Lógicamente la respuesta del Rock no se haría esperar y se basaría en dos posibilidades. La primera fue tratar de acercarse a lo que el público mayoritario demandaba, dando espacio a los cacharricos y al estribillo y restando protagonismo a las guitarras y el virtuosismo egocéntrico de décadas pasadas, lo cual funcionó para algunos pero supuso un somero fracaso para la mayoría pues el público rockero, el público fiel, no acabó de tomarse bien lo que Genesis o Yes (por dar dos ejemplos) acabarían haciendo. La segunda vía fue la contraria a la primera, la de abandonar el espíritu globalizador que el Rock había venido desarrollando anteriormente y fortalecerse desde el parapeto de retroalimentar su propio mundo, apostando por sonar y ser cada vez más potente, más agresivo y, lógicamente, mas minoritario.

En un primer momento la segunda de las apuestas funcionó, qué duda cabe. De la mano de la misma se desarrollarían caminos que bandas como Rainbow, Judas Priest o Black Sabbath habían insinuado en la segunda mitad de los setenta, aunque el espíritu voraz que caracteriza al mundo del Rock, ese apetito por ser cada vez más él con todo lo que ello conlleva acabaría abriendo una brecha, la cual separaría por bastante tiempo al mundo del Metal cercano al mainstream del mundo del underground, donde comenzarían a desarrollarse universos como el del Death, el Black o el Sludge (y llegaría para quedarse la suspicacia al respecto del oportunismo y demás).

Así coexistirían pero sin convivir, salvo para sectores específicos del público, el Thrash Metal o el Heavy Metal abarrotaestadios de gente como Metallica, Iron Maiden o Helloween con el Death Metal de grupos como Celtic Frost, Death o Bolt Thrower, unos vendiendo cientos de miles de discos y otros desarrollando un universo que aún no ha dejado de expandirse. Lógicamente fuera de la ecuación a pesar de haber pertenecido por algún momento a ella quedarían los que acabaron perdidos en el Glam tras decantarse por el Pop, quizás algo envalentonados en cuanto a agresividad en la base instrumental pero tan almibarados como sonó Phil Collins en cuanto abandonó Genesis para convertirse en uno de los pioneros en eso de pasarse al Pop cuando el Rock parecía haberse agotado.

Llegado el final de los años ochenta el mundo del Punk daría otro golpe al del Rock, entonces transmutado en Metal, de la mano del fortalecimiento que los sencillos acordes reflejarían en su paso por la ciudad de Seattle. El apoyo de la industria discográfica, esos años más fuerte que nunca, sería fundamental para que esa simbiosis que hoy conocemos como Grunge golpease al idilio que el mundo mainstream había venido teniendo con la cara más accesible del Metal, a lo cual se unió, una vez más, el acomodamiento de la generación de músicos que había desplazado a los ases de Rock Progresivo parapetándose en el riff pero sin llevarlo al extremo. Algunos aceptaron su declive con estoicismo a sabiendas de que la base de seguidores era suficiente para subsistir a pesar de todo (mirad como Iron Maiden siguen colgando el lleno allá donde vayan), mientras que otros optaron por buscarse las habichuelas para intentar mantener su hegemonía, tocando la puerta que hubiese que tocar. Acostándose con el género que hubiese que acostarse .

Lógicamente el mundo underground, incipiente aún a finales de los ochenta o a principios de los noventa, también respondería a esta caída de popularidad de los grandes iconos mainstream aunque lo haría a su manera, un sector manteniéndose imparable en la búsqueda y el desarrollo de los géneros extremos (para profundizar en ello os recomiendo leáis a mi compañero Black Gallego y su guía para entrar en el mundo del Metal en todas sus vertientes) o bien decantándose por buscar la universalidad para el mundo del Metal pero sin renunciar por ello a la libertad que supone pertenecer a un mundo minoritario. La procedencia en el momento del inicio de la búsqueda sería fundamental para delimitar la senda a recorrer (aunque algunos acabarían saltándose toda norma existente), pero en este caso el viaje en ningún momento se emprendió con la supervivencia o ambición económica como catalizador, sino con el simple objetivo de la expansión del sonido propio, de estirar la propuesta de inicio con la intención de conocer hasta dónde podía llegar.

Este fenómeno se divide en dos etapas, una en la que los estandartes proceden del mundo del Death Metal y que se desarrollaría en el transcurso de los años 90 y otra que tendría su inicio en el del Black Metal y Sludge y para la que su turno llegaría o a las puertas o ya dentro del siglo actual. Hoy es el turno de la primera, y en la próxima entrega analizaremos la segunda.

Entombed

Evidentemente los suecos Entombed no fueron la primera banda de Death Metal que decidió alejarse del torrente de riffs y doble bombo por el que todos reconocemos al género, pero sí que fueron los primeros en hacerlo con acierto. 5 años antes los suizos Celtic Frost se pegaron el ostión padre pasándose del Death al Glam, pero más allá de la trascendencia del accidente (aún resuena la onda expansiva), al no replicarse el experimento en manos de ninguna otra banda, podemos afirmar que la tendencia se abriría de mano de los de Estocolmo, respetando así la admiración que tenemos por don Tom G Warrior.

El experimento de Entombed comenzaría en 1991 de la mano del magnifico Clandestine, un disco al que nadie le duda la etiqueta del Death Metal pero en el que ya se comienzan a atisbar cadencias y riffs que presagiaban el cambio que los suecos experimentarían en el álbum posterior, el cual supondría matizar la guturalidad de la garganta de L-G Petrov y aproximar algunos esquemas en la base rítmica al Blues pero manteniendo la grave afinación que define al Death Metal. El producto definitivo se presentaría al público con Wolverine Blues, un álbum quizás incomprendido en su momento y que supondría el nacimiento de algo que las malas lenguas llaman Death’N’Roll y al que un servidor encuentra conexión con el Sludge antes de ser Sludge y con el Groove Metal antes de que Sepultura siquiera comenzase a trabajar en Chaos A.D.

En cualquier caso el experimento de Entombed ha acabado siendo considerado como uno de los discos más importantes del Metal de los 90, no tanto por la calidad en sí del mismo (ante el que es sencillo encontrar disparidad de opiniones) sino en base a las vías que plantearía de cara al futuro. Desgraciadamente los suecos no serían capaces de refrendar la calidad de trabajos anteriores a Wolverine Blues desde esa nueva óptica del Death Metal que proponían, hundiéndose en cuanto a popularidad y reconocimiento por culpa de trabajos en los que el Metal perdía protagonismo en manos de algo a lo que algunos ahora reconocen como Stoner pero que en su momento llamamos roña.

Tras la salida de Nicke Andersson (quien después fundaría a los magníficos The Hellacopters) Entombed volverían en parte a lo mostrado en 1993 pero con las posibilidades que ofrecía ya la tecnología a inicios del siglo XXI, rescatando el Death’N’Roll de entonces pero puesto al día, sonando menos sucio y crujiente pero algo más inspirado que en discos como Same Difference.

Un disco: Wolverine Blues (1993)

The Gathering

Prácticamente al mismo tiempo que Metallica se ponían, definitivamente, en manos de Bob Rock para tratar de mantenerse como la banda de Metal que más vendía esos años, en varios lugares de Europa comenzaba a desarrollarse una vía que, partiendo del Death Metal, acabaría llevando a varias bandas por la senda del Doom y el Metal Gótico para posteriormente acabar coqueteando con el Rock Progresivo (o metidos de cabeza en él). Al contrario de lo que la fama parece dictar, los primeros en materializar este paso serían los holandeses The Gathering, para quienes su procedencia y el contar con voz femenina supondría la exclusión de lo que en la actualidad se reconoce como triunvirato Doom.

Ahora bien, mientras que Anathema, Paradise Lost o My Dying Bride tardarían aún dos o tres años (y un par de discos en el menor de los casos) en certificar que la apuesta por alejarse del Metal iba en serio (la banda de Aaron Stainthorpe haría el camino de ida y vuelta en un solo disco), The Gathering y Anneke Van Griersbergen lo hicieron de una vez con Mandylion superando el traspiés que supuso el anterior Almost a Dance, disco con el que se mostraban aún como una banda pendiente de definición.

Sin embargo The Gathering, a pesar de que Mandylion demostraba poder ser ya una propuesta consolidada, continuarían una búsqueda sonora manteniendo la dirección o trayectoria que el disco de 1995 parecía apuntar, pasando del Rock Gótico de entonces hasta el posterior y lógico Rock Progresivo una vez se consolidó el crecimiento de sus miembros a nivel técnico y compositivo, y ello sin negar la posibilidad a futuros escarceos con la música electrónica o ambiental. Dejando las manidas etiquetas a un lado, la banda holandesa construiría una sólida carrera ante la cual nadie cuestionó en ningún momento el por qué de la dirección emprendida, sin que nadie se atreviese a citar la palabra traición a la hora de calificar a The Gathering.

Aparte de lo anterior, el éxito de la banda y la creciente fama de la bellísima Anneke jugaría un papel importante a la hora de rescatar a la voz femenina como un factor importante en el Rock, quizás desvirtuado posteriormente con la llegada de las sopranos al mundo sinfónico, pero aportando matices que el Rock o el Metal no habían tocado hasta entonces, más dados al gorgorito o al gutural que a la simple y única melodía. Saltándose la etapa del Death Metal, The 3rd and the Mortal desde el Gótico y Mostly Autumn desde el Rock Progresivo, seguirían los pasos dados por Anneke y The Gathering, eso sí, con acierto de momento en solitario Heather Findlay pero con varios deslices Kari Rueslåtten sin llegar, eso sí, al despropósito que es Drive.

Un disco: Nighttime Birds (1997)

Paradise Lost

Aparte de para soltar bilis en la introducción y alabanzas una vez se entra en materia, si de algo sirve un post como este es para reivindicar etapas como la electrónica de los ingleses Paradise Lost. Tal y como sucedió con los archinombrados en esta casa Anathema o con los anteriormente citados The Gathering, los de Hallifax también tienen un inicio en el mundo del Death Metal y una transición en el mundo del Doom y del Metal Gótico. Ahora bien, mientras los de Liverpool y los holandeses tomaron rumbo al Rock Progresivo conforme avanzaba la década de los noventa, Paradise Lost lo hicieron hacia el Synth Pop y la música electrónica, decisión que, lógicamente, convierte los discos lanzados en la etapa en los más cuestionados de todos los que puedan ser citados en esta serie.

Y todo ello a pesar de que el fantástico One Second ya servía de sobreaviso, alejándose del Doom de Draconian Times o Icon y resguardándose en el componente atmosférico que permite la música electrónica. En cualquier caso, y a pesar de que cuenta con una factura reseñable, Host fue un batacazo no por calidad sino por significado, un batacazo ante el que Paradise Lost no lograrían levantarse hasta su regreso al sonido de Icon con su disco homónimo en el año 2005.

Y es que no solo los fans, sino que muchos de aquellos que observaban a Paradise Lost desde la indiferencia fueron incapaces de comprender por qué la banda de Nick Holmes abandonaba el Doom para aproximarse a lo mostrado por Depeche Mode en discos como Ultra. Lo recorrido en One Second quedaba empequeñecido ante la extravagante apuesta del álbum posterior, un disco que, todo sea dicho, no deja de ser un muy buen álbum de Rock mezclado con música electrónica.

Probablemente sea éste el único supuesto en el que con claridad podemos hablar del dinero como motivo para el cambio, pero la magnífica rectificación superados fiascos como Symbol of Life y la trayectoria ascendente en este retorno al Doom coronada por el fantástico Tragic Idol minimizan el ‘daño’ producido por Host. Para muchos Paradise Lost siguen bajo la sombra de la sospecha en la actualidad, ahora bien, negar que los ingleses son capaces de hacer bien todo lo que se proponen es más grave que cualquier escarceo con el Synth Pop.

Un disco: Host (1999)

Orphaned Land

Avanzando un poco en el tiempo y alejándonos por primera vez del viejo continente nos encontramos con los israelíes Orphaned Land, una banda que también parte del Death Metal pero para la que su procedencia es mucho más que una anécdota pues define no solo el prisma desde el que se asomaron a la música extrema, sino también cómo y porqué han acabado alejándose de ella.

Sus inicios también se sitúan en la primera mitad de la década de los noventa pero su Death Metal no se decantaría por el Doom o el Metal Gótico en su evolución, sino que lo haría por el desarrollo de elementos Folk que han acabado desembocando en el Metal Progresivo o de corte Sinfónico. Probablemente la procedencia y el anonimato en el que Orphaned Land vivieron en sus inicios les ha permitido tomarse con más calma que el resto la búsqueda de su propio sonido, pasando por diferentes estadios de personalidad más marcada entre sí que en casos anteriores.

El salto de gigante llega de la mano de Mabool en el año 2004, un álbum que sorprendió a medio mundo por lo inesperado de su aparición (8 años después del infravalorado El Norra Alila) y por lo original de lo que recogía (tomando el Folk de Oriente Medio como base para construir un disco en el que Metal Progresivo y guturales convivían con más comodidad que judíos y árabes en la Franja de Gaza). El Death Metal se había convertido en pasado pero nadie pareció echarlo de menos por la inmensidad de lo mostrado por los israelíes, utilizando el catálogo de sonidos en que se basa el folklore de su tierra como eje desde el que articular un brillante disco de Metal Progresivo.

El éxito acabó convirtiendo a Mabool en tendencia y The Never Ending Way of ORwarriOR en un justo sucesor, quizás intrincado en exceso pero consecuente con lo mostrado 6 años antes. El año pasado Orphaned Land dieron un paso más en una senda lógica arrinconando aún más a las voces guturales y dando mayor importancia a los elementos folklóricos, universalizando aún más su propuesta y utilizándola como vehículo de transmisión de mensajes sobre paz y hermanamiento de pueblos vecinos. Y claro, ya casi nadie se acuerda de cuando Kobi Farhi luchaban contra los tabúes hacia el mundo del Metal en una tierra tan hostil como Oriente Medio.

Un disco: Mabool: The Story of the Three Sons of Seven (2004)

Opeth

Como sucede con el caso de Orphaned Land, con Opeth toca hacer una excepción a la reflexión citada en la introducción al respecto del abandono del Death Metal durante los años noventa, no quizás desde una perspectiva puramente temporal sino porque es en el caso de los suecos en el que se aprecia que el mismo es resultado de un proceso lento pero seguro, sin alterar los paradigmas en que se basa el sonido de la banda y simplemente dejándose llevar en un viaje que irremediablemente (quien diga que no lo veía venir o es ciego o miente) ha acabado desembocando en Heritage.

Lógicamente reducir la transición del Death Metal al Rock Progresivo en la trascendencia de un disco como Damnation no solamente es ignorar hechos posteriores, sino también hechos pasados. Y es que Opeth, ya desde sus inicios a principios de los noventa, mostraron una relación muy estrecha con el Rock Progresivo clásico a pesar de desarrollarse como una banda de Death Metal, yendo esta unión mucho más lejos de lo que los pasajes acústicos en sus largas composiciones parecían apuntar. El propio crecimiento de la banda, el mero desarrollo de un mundo propio en el que el lirismo gótico jugaba un papel fundamental provocó que un disco como Damnation fuese necesario en su contraposición al anterior Deliverance, pero el Rock Progresivo ‘puro’ ya había hecho presencia en la obra de los suecos con anterioridad.

Este análisis acaba corroborando la teoría de que Deliveration y Damnation podrían haber sido un solo disco condensando en el minutaje sus momentos, quizás minimizando la atmósfera o espíritu del que cada disco emana, pero manteniendo la tónica que Opeth habían mostrado hasta entonces en la organización de sus obras. Claro está que en el año 2003 nadie se planteaba que la banda de Akerfeldt fuese capaz de abandonar el Death Metal y Ghost Reveries acabaría siendo una respuesta lógica a esto, pero no sucede lo mismo con lo que significa Heritage, hecho que va más allá de lo que las palabras del líder de los suecos puedan aclarar de cara al futuro.

En cualquier caso alguien podrá decir que incluir a Opeth en la serie es hacer trampa y podría darle la razón. Opeth en realidad nunca han matizado el Metal, a pesar de lo que sus discos puedan decir por sí solos, la banda sueca siempre ha sido una banda para la que la estricta etiqueta de Death Metal o Metal extremo se ha quedado pequeña, no por la rotundidad sonora de lo que han hecho estos veinte años, sino por cómo han planteado sus obras, por cómo se han servido del Rock Progresivo clásico como esquema y del Death Metal como simple circunstancia, que tanto viene como parece ir.

Un disco: Damnation (2003)

Fuera del análisis detallado quedan bandas como Anathema, Katatonia o Amorphis por saturación unos (hemos hablado muchísimo de ellos últimamente) y por no diferenciarse en demasía de otros ejemplos propuestos los otros. En cualquier caso los casos citados sirven como constatación de una tendencia que en el siglo actual no ha hecho sino acelerarse por su ejemplaridad, dándose bandazos aún más pronunciados y en un menor lapso de tiempo y confirmándose el Rock Progresivo como una respuesta lógica a la necesidad de crecimiento de una banda sin recurrir a artimañas mercantiles.

El tiempo y la tiranía del mundo del Pop han acabado relegando al Metal a un segundo plano y el nuevo Rock como respuesta al mismo también se ha visto afectado. Ya no mueve ni la cantidad de fans ni la cantidad de dinero que movía hace veinte años (salvo en el caso de los dinosaurios y la nostalgia) pero ha sabido reinventarse para sobrevivir, apoyándose tanto en el pasado como las nuevas tendencias que van apareciendo. Pero sobre ello tendremos tiempo de hablar en la próxima y última entrega, donde nos aproximamos más al presente y donde veremos evoluciones en las que la música electrónica juegan un papel mucho más importante de lo que el experimento de Paradise Lost apuntó en 1999.

Más en Hipersónica

Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments