Perdonad que a costa del debut de Odio París tenga que empezar con una historieta de abuelo cebolleta: Allá por el 94, cuando algunos éramos (más) jóvenes, nos enganchamos a la retórica lírica y musical de Los Planetas de Super 8. Nuestra adicción era tal que buscábamos en otros grupos reflejos de ellos, creíamos que alguien podía salir para darnos lecciones de amor, ruptura y sentimientos en forma de noise-pop de la misma manera que los granadinos.

Fracasamos en esa búsqueda, al menos en España, fracasamos como cuando te deja una novia y te lías con otra porque te recuerda a ella. Nunca encuentras lo que necesitas, porque cada cosa ha de ser irrepetible. No es que segundas partes nunca sean buena, sino que han de sostenerse sobre sí mismas y no sólo sobre el recuerdo o las huellas de lo anterior. Pienso, por ejemplo, en grupos como Cecilia Ann y en cómo se miraban en el espejo Planetas. O en la primera parte del Largometraje de La Habitación Roja. Querían darnos eso, pero estaba demasiado cerca y se quedaban a medias (o con sólo un cuarto de camino recorrido). Y, bueno, lo sabíamos aunque a veces lo fingiésemos.

La difícil tarea de enfrentarse a las contradicciones

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Que algo nos sea cómodo no implica que lo valoremos, que decidamos tratarlo con amabilidad, que lo recibamos con sencillez. De hecho, quizás sea lo más complicado de todo esto. Vivimos en un mundo en el que veneramos la novedad y la originalidad como el culmen de lo creativo y, a la vez, pedimos que la cosa no se desbarre, que nos den una ración más de lo nuestro. Nuestra mierda, la mierda buena. O lo que nos gusta, si nos quitamos el estilo de barrio nigger. Hacemos eso, pedir esas dos cosas, sin afrontar la contradicción, pensando que es posible, de igual manera que vamos a los festivales arremetiendo contra el enésimo comeback y sabiendo que allí estaremos.

Así pues, la tarea de Odio París no es sencilla. Viven, ellos como grupo y quizás como oyentes, en un mundo en el que según gire el viento el noisepop de toda la vida y hecho con las armas de siempre puede caer bien o hacerlo mal. Creativamente lo mismo les podrían decir que están muertos por repetir lo sabido que alabarles por seguir esa Nueva Ola Noise Pop que vivimos desde hace dos-cuatro años. (Por cierto, ¿cuadraría una etiqueta llamada NONP?).

Odio París: Blast from the past

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Fijaos en ‘Ahora sabes’, en ‘Uno de Noviembre’. Y así todas: su puntito shoegaze, sus letras con referencias a las drogas y al sexo con jovencitas, sus hitazos y sus canciones no tan buenas, sus arreglos de guitarras que parecen caligrafiados por el Florent jovencito. Odio París son los Cecilia Ann del primer disco (mejores, quizás, y sin el tufillo 60s), pero habiendo pasado 15 años desde entonces, también casi 20 años desde que Los Planetas nos abrieran aquella herida. Y si el resto del mundo está en esa dinámica de volver, en España también debería ser válida.

Así que resulta que ue ahora acabas de encontrar a la chica perfecta para sustituir a la novia que te dejó, sólo que ella sí es adolescente y tú ya te has convertido en un puñetero viejo verde. Más de década y media después, llega el disco que mejor refleja el Super 8.Y muchos tenéis derecho a adorarlo y ellos a defenderlo con soltura y a crecer lejos de él, a revelar después si van a ser buenos o se van a conformar con ser reflejos. Odio París: Disco debut del año… 1995.

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