Últimamente, los ejercicios más honestos de pop sin contemplaciones nos llegan desde el norte de Europa. Es el caso de Nanna Øland Fabricius, bailarina reconvertida a cantante bajo el disfraz de Oh Land. Si bien no es nueva en el negocio; ya en el 2008 debutaba con un primer álbum autoeditado, titulado Fauna, este año se lanzaba a por su carrera con el apoyo de un gran sello, Epic, capaz de hacerla visible a un mayor número de personas.

Si ha llegado ya o no a un mayor número de personas es algo que se queda fuera de mi alcance, pero lo que si me queda claro es que el trabajo realizado con este segundo álbum, que lleva por nombre Oh Land, como su proyecto musical, bien merece la oportunidad de llegar a tantos que devoran pop mainstream de ínfima calidad si lo enfrentamos a cualquiera de los 11 temas que contiene el tracklist de este disco.

Como digo, estamos ante un disco pop, donde el término pop se debe utilizar sin paliativo alguno. Pero no estamos ante uno de esos guilty pleasures, en los que quieres bajar el volumen para que nadie sepa lo que estás escuchando. Este disco es bueno, y lo sabes desde una primera escucha, por lo que preferirás divulgarlo antes que esconderlo.

Pop sin paliativos, pero no para todos los públicos

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Porque precisamente este es un álbum de dualidades, la oscuridad y la luz, la suavidad contra la dureza, la tranquilidad contra la prisa y el desenfreno… son muchas las que podemos ver ya desde una primera escucha.

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Nada de guilty pleasures: querrás que sepán que la estás escuchando

Luego llega el momento de ponerse profundos de nuevo con ‘Lean’ que abre la que es quizás la parte más experimental del disco con ‘Wolf & I’ ambas cercanas al trip-hop y que a muchos pueden traerles a la mente retazos de Björk, aunque con un toque más cercano y menos elitista.

Con ‘Human’ y sobre todo con ‘White Nights’ vuelve la cara más divertido y juguetona de Oh Land, con sonidos más animados en una aproximación al mainstream que ya le gustaría a muchos de los artistas que realmente militan en esas filas, con dos potenciales singles que dejarían en pañales a los de más de una starlet del panorama actual.

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Y ya para la recta final del álbum, una de cal y otra de arena, con ‘Helicopter’ que tiene algo, tanto en la bases rítmica como en la estructura e incluso por momentos en la voz, que recuerda inevitablemente a Frou Frou o Imogen Heap. Y de nuevo en la cara más divertida del disco, ‘We Turn It Up’, con unos quizás sobreproducidos arreglos electrónicos que de cualquier forma cumplen su cometido sin llegar a ser demasiado recargados, para terminar con la vertiente introspectiva de Oh Land una vez más en el misterioso y sugerente ‘Rainbow’.

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Así que ya veis, si sois de los que no tenéis problemas con el pop sin guitarras, no dudéis en sumergiros en el universo de Oh Land, ya que con un disco como éste, viene a debutar de la mejor manera posible, entrando con buen píe en un mundo tan competido como éste, aunque ella entra pisando fuerte.

Sólo queda ver si lo que nos ofrece Nanna Øland cuaja por un lado (más le vale, al estar fuera de la danza definitivamente a causa de la lesión que os comentaba) y si es capaz de mantener el nivel con el listón que ella misma se ha autoimpuesto.

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