Ólafur Arnalds y la edad de oro

No sé cómo se controlan cosas tan abstractas como el hecho de ser consciente de que uno está viviendo un momento que, de una forma u otra, pasará a la historia. Es decir, quitando guerras o acontecimientos absolutamente extraordinarios, como el descubrimiento de los antibióticos, la llegada a la Luna o el nacimiento del cine, es difícil saber si se está asistiendo a un instante especialmente destacable en algo.

Intentar hacerlo, además, supondría un doble riesgo. Decir que “es un momento histórico” sobre lo que sea, hará que la hemeroteca nos pinte la cara dentro de unos años con un “pues tampoco era para tanto”, y seamos condenamos a la horca por hipérbole. O que alguien simplemente nos acuse de temeridad, y que tengamos pocos argumentos para defendernos.

Toda esta introducción sobre momentos extraordinarios viene al caso porque, quizás de forma equivocada, tengo la sensación de que estamos asistiendo a uno. O a algo parecido a uno. Concretamente en el apartado de la música neoclásica, con una serie de nombres que están llevando al género a un punto en el que uno se pregunta si, quizás, este es el momento en el que la etiqueta goza de unos mayores índices de calidad. De muchos de esos nombres ya os hemos venido hablando. De algunos otros todavía no.

Disculpe el lector si estima que me olvido de figuras imprescindibles, pero en los últimos años hemos presenciado el crecimiento de Jóhann Jóhannsson, uno de los nombres más grandes del género en la actualidad, otros más jóvenes que han mostrado enormes aptitudes desde hace ya una década, como Nils Frahm. Autores más veteranos han coqueteado en numerosas ocasiones con la neoclásica, como Yann Tiersen, o empiezan a experimentar con la misma, llegados de otros lugares y obteniendo resultados extraordinarios, como el más reciente Keaton Henson. Súmenle nombres como Max Richter o el ya entrado en años Ryuichi Sakamoto, y empezaremos a encontrarnos un conjunto de autores, coincidentes en época, realmente dignos de admirar.

Ólafur Arnalds: el futuro de la neoclásica

Entre esos nombres que no habíamos mencionado en esta página hasta hoy destaca el de un (¿cómo no?) islandés que no llega a los 30 años: Ólafur Arnalds. Y lo cierto es que a pesar de su corta edad, el hombre lleva ya un par de ciclos olímpicos regalándonos música de extraordinaria belleza. Llegado del mundo del hardcore (tantos y tantos artistas a medio camino entre terrenos aparentemente opuestos, no hace mucho os hablamos de otros), Ólafur se estrenó con Eulogy for Evolution (Erased Tapes, 2007) con los veinte apenas cumplidos. Entregando una trabajo de una belleza tan madura y natural que era casi imposible pensar que detrás del piano de ‘0040’, de la inmensidad doméstica de ‘3055’ o de ese homenaje al ‘Sur le fil’ de Tiersen, con apocalipsis final que supone ‘3326’ pudiese haber alguien con tantísimo futuro.

No es esta la historia de un artista que tuviera que darse a conocer en pequeños garitos para, de forma progresiva o vía pelotazo, acabar triunfando. Podo después de su debut llegó el Ep Variations of Static (Erased Tapes, 2008), tras girar con Sigur Rós y empezar a llenar, él solito, teatros bien emblemáticos por toda Europa. Ese primer Ep dejaba entrever la querencia que Arnalds siempre ha tenido por el ambient y el experimental. Metiendo voces con cierto misterio entre sus composiciones.

Aunque el punto fuerte del islandés, aquello donde basa casi todo su poder, es el manejo de dos instrumentos clásicos por antonomasia: piano y violín. Lejos quedan aquellos inicios en las percusiones de su etapa metal. Casi ni rastro de ellas en su carrera. Piano y violín forman el discurso casi único de sus siguientes Ep’s, Found Songs (Erased Tapes, 2009) y Dyad 1909 (Erased Tapes, 2009). El primero fue un trabajo delicado y corto, con siete temas entregados uno cada día de la semana. Sirviendo de confirmación de un artista que, desde una perspectiva actual, había sido capaz de releer conceptos más clásicos. Incluyendo (escasos) componentes electrónicos, como el que retuerce tus nervios en ’Til enda’, y jugando con tu mente y tus emociones con un atrevimiento descarado e impropio.

Es a finales de la década pasada, con su segundo Lp, donde Ólafur Arnalds empieza a alcanzar un nivel de excelencia que ya lo pone en el grupo de cabeza de la etiqueta de la que hoy es uno de sus abanderados. Ese fino y atento …And They Have Escaped The Weight Of Darkness (Erased Tapes, 2010) consiguió enamorarnos definitivamente de alguien que a esas alturas había hecho ya méritos suficientes para ganarse la admiración del más sibarita. Quizás sea su mejor disco hasta la fecha. Ese momento en el que todas las piezas de cristal sensible y quebradizo se enganchan como si hubiesen nacido juntas, como si hubiesen salido del mismo horno.

Es cierto que …And They Have Escaped The Weight Of Darkness es el disco más “accesible” de Ólafur Arnalds. Aquel que se aleja de la visión más clásica de lo clásico. El que introduce más bases electrónicas, alguna guitarra eléctrica y un levísimo acercamiento al pop. Su disco más Sigur Rós, por decirlo de alguna forma. De los Sigur Rós de antes de Takk. Un disco luminoso, feliz y optimista, pero sin dejarse llevar por aspavientos ni alharacas. Una joya absoluta.

Tras otro escueto paso por la entrega de una canción diaria que formarían un Ep, esta vez bajo el nombre de Living Room Songs (Erased Tapes, 2011), llegó el momento que parecía escrito hace años. Juntar a Ólafur Arnalds y al cine. Sus propuestas, su comunión de sonido, sensibilidad e incluso imagen sin necesidad de pantalla, parecían destinadas a acabar musicando películas antes o después. Fue Sam Levinson quien le dio la alternativa en Another Happy Day, una película en la que lo más destacable es, precisamente, la labor de un Arnalds que tuvo una aportación mucho más mediática con ‘Allt varð hljótt’, para la banda sonora de la primera parte de la saga Los juegos del hambre.

Es en estos años más recientes en los que el nombre de Ólafur empieza a crecer, a gozar de mayor popularidad. Aunque sin embargo lo hace de la mano de un disco, For Now I Am Winter (Mercury Classics, 2013), que para mí supone un leve paso atrás en su discografía. Tras el cambio de discográfica, Ólafur también incluye la presencia de las voces de Arnor Dan en su sonido, mucho más orquestal, más señorial y revestido de más capas. Aunque su trabajo vuelve a ser notable, quizás el amor que es necesario sentir por …And They Have Escaped The Weight Of Darkness pase factura.

Tampoco conviene ponerse catastrofista. Ólafur Arnalds no va a dar demasiado hueco a los agoreros y, en realidad sin salir del propio 2013, se saca de la manga una obra casi maestra. De nuevo una banda sonora, esta vez para televisión, para la serie Broadchurch, lo pone en cotas de calidad brutales. El niño prodigio al que quizás había la tentación de matar antes de tiempo, se revuelve y manifiesta que el talento no va a abandonarlo con facilidad. Inquieta y emociona a partes iguales, virtudes habituales en Ólafur, que, de la mano de otro gran talento de la neoclásica actual, Nils Frahm, lanzaba poco antes su primera colaboración: Stare (Erased Tapes, 2012). Un experimento mucho más cercano al ambient que a la clásica. Una conjunción perfecta de distintas inspiraciones, propia de quien lleva varios años trabajando juntos.

Y mientras tenemos pendiente de escucha ese The Chopin Project (Mercury, 2015) que recientemente ha lanzado de la mano de Alice Sara Ott, Ólafur Arnalds también ha ido dando sus primeros y decididos pasos en el ámbito de la electrónica pura y dura, aunque como hemos dicho esos ingredientes siempre han formado parte de su carrera en solitario. Junto con Janus Rasmussen ha fundado Kiasmos, que ya en 2012 entregó su primer Ep, Thrown (Erased Tapes, 2012), y que ha finales del año pasado lanzó, bajo nombre homónimo, su Lp de debut, un trabajo atrayente y algo adictivo. Confirma Ólafur su categoría de hombre todoterreno, aunque especialmente hábil en lo clásico, y lo importante de subrayar su nombre como uno de esos especialmente importantes a seguir en el futuro.

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