Opeth — Sorceress (a favor)

Son ya cinco años desde que Opeth dinamitaran el panorama metal con su clara renuncia al death metal que llevaban tocando desde sus inicios para volcarse por completo en ese rock progresivo que, en mayor o menor grado, siempre ha estado presente en su sonido. Desde entonces, el debate sobre el movimiento ha ido repitiéndose en bucle a lo largo del tiempo, con detractores y defensores soltando siempre los mismos argumentos sin llegar a cansarse nunca de soltarlos. Mientras tanto, Mikael Åkerfeldt se mantiene firme con su decisión creativa y sin el menor atisbo de arrepentimiento,

Centrar otra vez el debate en las posibles reacciones del público ante el nuevo trabajo de los suecos sería realimentar ese bucle, porque casi todos tenían bastante clara su opinión al respecto prácticamente desde el anuncio del lanzamiento del disco. Al que no estaba convencido con este viaje a las raíces seguirá en las mismas y al que se maravilló con discos como Heritage (Roadrunner, 2011) y especialmente Pale Communion (Roadrunner, 2014) encontrará mucho de su gusto aquí. Por ello, conviene aquí centrar más que nunca el foco en el propio esqueleto del álbum que, al mismo tiempo, ofrece respuestas a preguntas viejas y plantea nuevas cuestiones.

Opeth manteniéndose en sus trece

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Como es lógico, viendo el pleno convencimiento de Åkerfeldt con su decisión, Sorceress (Nuclear Blast, 2016) es un disco que transita por el sendero marcado por sus dos predecesores. En cierto modo, supone un avance con respecto a los mismos. Ligero, pero avance al fin y al cabo. Una vez se ha acudido a la esencia más pura del rock progresivo setentero, el grupo poco a poco ha podido ir creciendo y desarrollando más su personalidad y sus dejes una vez se ha interiorizado el nuevo punto de partida.

En cierto modo, un adelanto como ‘Sorceress’ daba ciertas alas a su sonido y esperanzas para los que seguimos al grupo. No sólo era un single muy efectivo, sino que su tono tan duro, tan Black Sabbath sin dejar de ser Opeth, presagiaba un paso adelante en su sonido, buscando nuevas perspectivas desde las que afrontar su música. Una vez escuchado el disco al completo vemos que la progresión no ha sido tan drástica, aunque sí que hay novedades en el estilo con respecto a Pale Communion.

Una vez se ha acudido a la esencia más pura del rock progresivo setentero, el grupo poco a poco ha podido ir creciendo y desarrollando más su personalidad

Sobre todo en la segunda mitad, vemos florecer aspectos que en trabajos anteriores tan sólo habían insinuado, como la influencia oriental que se desata en ‘The Seventh Sojourn’, los ramalazos de blues y rock duro de la espectacular ‘Strange Brew’ -que ayuda a echar un poco de menos a Graveyard– o la fuerte influencia de Steven Wilson en ‘A Fleeting Glance’, que a mí me transmite sensación de querer figurar en The Raven that Refused to Sing (and Other Stories) (Kscope, 2013).

No obstante, también son capaces de mostrarse muy habilidosos en la que ya está siendo su nueva zona de confort. Aparte de la mencionada ‘Strange Brew’, temas como ‘Chrysalis’ y ‘Era’ se erigen como los temas más redondos de este Sorceress, alcanzando puntos de pura efervescencia creativa y compositiva de esa que nos deja los ojos como platos cuando escuchamos a Opeth. También cuando se tiran más de lleno al folk como en la exquisita ‘Will O The Wisp’, una de las más hechizantes del álbum.

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Sin embargo, también hay ciertas fracturas dentro de la brillantez a la que nos acostumbran los suecos. Muchas de las piezas de Sorceress terminan pecando de uno de los grandes defectos de Heritage que parecían haberse solventado en Pale Communion: el desarrollo y la construcción de las canciones. A veces Opeth terminan embarullándose sobre ellos mismos y terminan dispersándose, diluyendo el impacto que podrían llegar a tener ciertos temas. haciendo de este un disco al que cuesta mucho entrar de primeras. Lo podemos ver en temas como ‘The Wilde Flowers’, que no terminan de funcionar todo lo que deberían aunque tengan puntos de mucha magia y, en este caso concreto, unos fabulosos últimos segundos que nos dan ganas de perdonarles todo.

También hay que incidir un poco más en algo que ya he mencionado anteriormente. Aun con sus matices, Opeth parecen haber encontrado una nueva zona de confort desde la que se sienten muy a gusto, siendo este ya el tercer álbum consecutivo en este palo que nos encontramos. Poca pega le pongo al álbum en ese aspecto porque han vuelto a demostrar que se mueven como pez bajo el agua en este sonido y vuelven a demostrar su sobrado talento. Dicho esto, también creo que va siendo hora de que ellos mismos se vayan planteando si piensan dirigirse a alguna dirección concreta o si están del todo satisfechos aquí donde están. Otro trabajo en esta misma línea más adelante puede correr el riesgo de que nos termine sabiendo a poco o incluso hartando por estar recorriendo siempre las mismas cuatro esquinas. En conclusión, toca ir pensando en un avance más serio.

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8/10

Aún con las mencionadas fracturas, el disco sigue rayando a un nivel sensacional, el esperable para una banda como Opeth. Baja el escalón que se había subido con su anterior obra, pero nos mantiene dentro de lo acostumbrado, que no es poco y no debemos olvidarlo. Es posible que haya gente que esta vez no esté tan dispuesta a reirle tanto la gracia a Åkerfeldt, aludiendo al carácter de disco menor que parece transmitir Sorceress, pero no debemos perder la perspectiva con estos suecos y, dando su justo recorrido a la obra, terminamos apreciando esa maestría tan suya, esa capacidad para dejarnos boquiabiertos con sus instrumentos, y vemos que no andan tan lejos de su mínimo exigible. Y no es fácil, porque ese listón es bien elevado.

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