Le preguntaba a uno de los componentes de The Cherry Boppers tras el concierto de Osaka Monaurail de ayer si había tomado nota de los pasos de baile para incorporarlos en su próximo show y me confesaba que era imposible, que eso sólo lo podía hacer un japonés.

Efectivamente, cuando un nipón se propone copiar algo lo consigue, ya sea bailar sevillanas o convertirse en la reencarnación de James Brown. Mucha técnica y movimientos sincronizados al milímetro. No hace falta más espectáculo. Pero hay algo, llámalo duende, soul o como quieras, que no se consigue ensayando. No, éste no ha sido el concierto del año, pero sí el más divertido. No te lo pienses si tienes la oportunidad. Imprescindible.

Qué diferente es la cultura y como nos atrae todo lo que nos llega de aquel país. Dicen que allí han sido cabeza de cartel de los festivales más famosos, aquí no llegaron a llenar el Antzoki, pero casi, sólo es cuestión de que se corra la voz. Desde el momento que salen los ocho miembros de la banda al escenario, chiquitines y trajeados (los cuatro vientos adelantados y con sombrero, los dos guitarras, bajo y batería jovencísimos detrás), hieráticos, te das cuenta que aquello va a ser muy especial.

Tras tres piezas instrumentales sale a escena su frontman Nakata Ryo y todo, de repente, da un giro inesperado. Basta un mínimo gesto con el pie, un chasquido de dedos de este maestro de ceremonias para que toda la banda comience a moverse al mismo tiempo, en delirantes coreografías de las que no se salvan ni las trompetas girando sobre un dedo. Muy gracioso.

Cantar lo que se dice cantar tampoco parece que es lo suyo, pero creerme si os digo que sólo por verle moverse como un poseso, atreverse con el moonwalker y algún que otro espagat ya merece la pena. Eso sí, más que a ese James Brown con el que lo comparan en las notas de prensa a mi me recordaban a la versión japo de los Blues Brothers, lo cual tampoco está nada mal.

Muchas versiones con toda la colección de clásicos del blues y soul llevadas al terreno del funk, e incluso acercándose al jazz. Quizás demasiados momentos instrumentales en los que cada miembro de la banda se acercaba al micrófono central para hacer un sólo con su instrumento. El de guitarra fue impresionante y los vientos parecían que iban a explotar. Qué intensidad.

Aquí no hay lugar a la improvisación, cada gesto, cada chiste (y hubo unos cuantos) está ensayado y forma parte del guión. Una joven japonesa del público se acercó en un par de ocasiones al escenario, arrodillándose y portando un folio en sus manos con algó escrito en japonés y, educadamente, no se movía de allí hasta que tenía la seguridad de que lo habían léido. Supongo que les estaría haciendo alguna petición, hasta para esto son diferentes, aquí lo haríamos pegando un grito.

La gente reaccionó, se movió, bailó y al menos yo disfrute más que hace unos días en esta misma sala con Eli Paperboy, la voz que necesitaría esta banda para liarla muy gorda. Aún así, entre broma y broma, y de coreografía en coreografía se nos pasó la hora y veinte tan rápido que casi ni nos enteramos. Pero para rápida la japonesa del público que salió escopetada hacia los camerinos. Un par de temas más, o tres, o cuatro… tampoco hubiera estado nada mal, con lo que nos cuesta por aquí romper el hielo, tampoco es cuestión de dejarnos así para una vez que nos arrancamos.

Cada día lo tengo más claro que lo que le pido a un concierto es sobre todo diversión. Muchas veces salir un martes por la noche de casa con este frío y teniendo que madrugar al día siguiente supone un esfuerzo, pero regresar con una sonrisa de oreja a oreja lo compensa todo. Sí, en cualquier momento podrían haber gritado un ¿Cómo están ustedes? y absolutamente todos los que estábamos allí ya sabéis lo que hubiéramos contestado.

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