Hay mil cosas que decir ante el maestro Paco de Lucía. Ayer el guitarrista algecireño en los Veranos de la Villa 2010 de Madrid volvió a repetir de blanco y negro. Camisa blanca, chaleco negro, pantalón a juego y unos botines propios de alguien de su porte. El vestuario que suele lucir en los conciertos. Un uniforme para lograr el respeto que se merece la guitarra flamenca que durante más de dos horas convirtió en puro arte.

Semblante rígido, postura casi inmóvil, una pierna en el aíre apoyada sobre la otra o bien apoyada en el suelo o en una de las patas de la silla de mimbre en la cual estaba sentado. Sus manos y brazos eran los que se movían y hacían creer que el mastil de la guitarra dejaba de tener 19 trastes para duplicarlos o tripicarlos. Sobre el escenario: magia.

Diez de la noche, una acústica perfecta para el maestro español rodeado de grandes artistas que lograron dar aún más vida a un concierto ya de por sí especial. Entre ellos, una armónica que impresionaba en el manejo de Antonio Serrano, también a los teclados, una segunda guitarra con el duende flamenco a cargo del sobrino del de Algeciras, Antonio Sánchez, un bajo que parecía convertirse por envidia en la tercera guitarra flamenca a cargo de Alain Pérez, y en las percusiones otro conocido por el público, Piraña, que se encargó de mantenerse en una sombra parcial durante todo el concierto.

La noche era para Paco de Lucía, quien dejaba el testigo en algunos ratos a dos cantaores que erizaban el bello vello cada vez que se disponían a deslumbrarnos con su arte gitano. Duquende ya es una de las figuras asentadas del sector pero como aquí se trata de mezclar sabiduría y juventud, la segunda carta era para David de Jacoba, que tiene uno de esos chorros de voz dignos de emocionar con la letra más trivial. Por suerte, lejos quedan ese tipo de letras aquí.

Ayer se habló sobre todo de desamor, del grito gitano expresado de una manera vibrante, difícil de descifrar si el oído no se ha hecho a él. Amor desgarrador, pasión que era buscada gracias a una maestría en la ejecución que provocaba un constante olé interno que se decía al final de cada solo con todo el público (lleno absoluto) aplaudiendo cada ejecución.

Farruco fue quien canalizó esa manera de vivir las canciones en unas pequeñas gotas de arte flamenco que nos deleitó en algunas partes del concierto cuando salió a bailar. Su taconeo ya era de por sí el ritmo más emotivo. La manera de burlar al tempo sólo con sus tacones fue bellísimo.

El concierto tuvo dos partes, un descanso entre medias y un bis de los que un maestro como Paco de Lucía sabe elegir para producir un olé espontáneo en cuanto sonaron los primeros compases de ‘Entre Dos Aguas’. De esta manera se ponía el broche a una noche de puro arte. Un arte que tuvo grandes momentos que es imposible narrar con simples palabras ante la belleza de los grandes, como el juego de guitarras que hicieron al final Paco de Lucía y Antonio Serrano, entre muchos otros detalles. Si el de Algeciras cogiese ese teclado y lo tirase al suelo para que Farru lo destrozase con su zapateado el conjunto quedaría aún más perfecto de lo que es.

Fotos | Zimbio

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