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Panopticon — Autumn Eternal

Las composiciones de Austin Lunn siempre habían contado con la dosis exacta de poética narrativa y brutalidad ejecutoria. Desde sus inicios, pero especialmente en sus dos últimos trabajos en solitario, Lunn había amasado tanta delicadeza como fuerza coercitiva, resultando en un prodigio de la naturaleza tan abrumador como bello. Sucedía de forma más acuciada en Roads to The North (Bindrune, 2014), aquella huída de la política donde el Bluegrass jugaba un papel determinante en la forma final del disco; y sucedía también en Kentucky (Handmade Birds, 2012), donde a Lunn el relato sobre las paupérrimas condiciones de la minería en su estado natal se le adornaba de florituras acústicas en canciones exageradamente Black Metal. Autumn Eternal (Bindrune, 2015), la tercera entrega de una trilogía conmovedora, es la joya de su corona.

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¿En términos de calidad pura? Lo desconozco. Ningún otro disco de Panopticon me resulta tan accesible como Kentucky. Antes de que Lunn tendiera a un oscurantismo mal disimulado, las canciones revolucionarias de aquel disco respiraban — eran puros soplos de aire fresco, por más contradictorio con la idea de Black Metal que esto pueda parecer — . Roads to The North quizá sea el acabado estético más logrado entre dos géneros que jamás aparentaron tocarse en sus extremos, de modo que su mérito conceptual y técnico prevalece. ¿Y Autumn Eternal? Es la joya de la corona, decía, porque resume a la perfección la tensión constante a la que Lunn, como escritor, se somete en sus creaciones: la belleza de la creación frente al terror de la destrucción; una flor a punto de marchitarse frente a la tormenta definitiva; un equilibrio, ahora, perfecto.

En Autumn Eternal, Austin Lunn logra el equilibrio perfecto entre la belleza de la creación y el terror de la destrucción. Es emocionante y es perturbador

Nada lo prueba con tanto entusiasmo como el inicio espiritual, paisajístico y autoreflexivo de Autumn Eternal. Lunn juega primero al despiste, y, en el disco de la trilogía donde el Country tiene menor presencia, nos saluda alegremente con una somera pieza acústica preñada de melancolía. Las benevolencias terminan con prontitud: ‘Into the North Woods’, como ya sucediera en Kentucky con la sobrecogedora ‘Bodies Under the Falls’, irrumpe con la fuerza de todos los océanos en un ejercicio de puro, estricto Black Metal. A partir de ahí, Lunn se deja llevar por el paisajismo sonoro que tanto, tan bien y con tan buen gusto borda, para degenerar finalmente, tras un excelso punteo de guitarra, en una recta final marcial — ese redoble de tambores — envuelto en atmósferas sintéticas.

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Resuenan trompetas en el horizonte. Se apagan los colores del otoño. ¿Qué es esa figura extraña que acecha más allá de la montaña? ¿Será el bien, será el mal, habré de reír, habré de llorar? Lunn se convierte en bardo blanco y negro a un sólo tiempo. El acabado es inmejorable.

Matices: si en sus dos discos anteriores tendía a ofrecer momentos de respiro al exhausto oyente, Autumn Eternal opta directamente por la continuidad narrativa. No hay cortes acústicos, a los que ahora Panopticon mira con desprecio, sino ocasionales cambios dinámicos dentro del contexto de cada canción. Así, Autumn Eternal se convierte, de forma mucho más pronunciada que sus trabajos anteriores, en una masa corpórea casi homogénea, donde las aristas entre canciones pierden la totalidad de su referencia. Lunn decide sucumbir a la novela-río que lleva dentro y transformarla en un continuum sonoro donde, por segundos, cada sección es mejor que la anterior. ‘Autumn Eternal’ coloca el listón tan alto que parece insuperable.

Autumn Eternal: una gigantesca ballena blanca

Es una falsa ilusión: en este trabajo, en los últimos tres años de Panopticon, el listón siempre se mantiene a la misma altitud, sin altibajos, en un pisito estratosférico al que otros no alcanzan a rozar ni siquiera dando saltos. ‘Oaks Ablaze’ es, de nuevo, volver al campo de batalla, una nueva muesca en el revólver mediante la que Lunn parece expiar todos sus pecados culpando al resto de la humanidad por ellos. “No vengáis, no soy agradable”, exhala por los cuatro costados ‘Oaks Ablaze’ en su inicio. Pese a todo, Lunn no es el más animal de cuantos impresionistas del Black Metal pueblan nuestra dichosa generación, y Panopticon siempre mantiene licencias amistosas para con todos los oyentes. En cualquier caso, este es un disco denso, de género, bordado, difícil. Breve receso en el tramo central de la canción y cierre de tinte melódico.

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A la altura de ‘Sleep To the Sound of the Waves Crashing’, Autumn Eternal es una bestia desatada, una gigantesca ballena blanca, violenta, cuya locura animal sólo es equiparable a la de Ahab, hombre abstraído por el fuego interno de sus obsesiones, siempre en combustión. Ambos terminarán varados en la orilla de los violines que matizan la brutalidad de sus blastbeats, de los riffs que azotan como campanas repicando en el campanario. Lunn fusiona, en una transición imponente, instrumentos de cámara con una canción tan salvaje como cualquier otra de Exercises in Futility (No Solace, 2015). La calma ofrece remansos de duelo, que no de paz: el tono funerario de los violines es premonitorio, y el crescendo de ‘Sleep To the Sound of the Waves Crashing’ es aniquilado, volado en mil astillas de madera, por el eterno e incontenible choque de dos fuerzas de la naturaleza condenadas a no comprenderse.

El corazón de Autumn Eternal está hecho de mimbres descorazonados, e impulsado por una fuerza desatada. Por momentos, es un disco incontrolable, una bestia bellísima

Este y no otro es quizá el punto álgido de Panopticon, el estallido de rabia y violencia definitivo. Oscuro y profundo, tétrico y horrorífico, Autumn Eternal desciende progresivamente al terreno emocional, de tintes paisajísticos, definitorio de su primer tramo y del Black Metal de Austin Lunn. ‘A Superior Lament’, de hecho, se viste en su puente de instrumentación Post-rock y de voces melódicas, humanas, y se ejecuta en su tramo final con un sentido de la belleza tan épico como otoñal, de mil colores entristecidos, a golpe solemne de riff. Es la particular poesía enloquecida de Lunn, la mente de un hombre donde el Black Metal puede ser un género bonito de un modo descarnado, no al modo agallochiano, sino en su versión más extrema y pesada.

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8.8/10

Y de hecho lo es. Paseen sus pañuelos de seda, acaricien sus mejillas con delicadeza, aparten las lágrimas antes de que caigan a la comisura de los labios: ‘The Wind’s Farewell’ suena a despedida instrumental cargada de lamento romántico, de fusión con un paisaje soberbio donde las múltiples capas de guitarra, sostenidas ahora por una base rítmica más suave, penetran en el alma como rayos de sol tardíos. Panopticon, Autumn Eternal, cae en la retórica desmedida, al igual que yo en esta crítica preñada de parabienes para uno de los discos a los que más he recurrido este año. Austin Lunn cuenta con un sentido compositivo privilegiado, y en Autumn Eternal ha bordado la opera imposible que su cabeza parecía anhelar durante años.

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